5 de Marzo

Jueves II de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 5 marzo 2026

Meditación

         Jesús dirige hoy la palabra a los fariseos, y lo hace en ese lenguaje parabólico al que tanto solía recurrir: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

         La escena es fácilmente representable, y por ello no es necesario conocer ni la localidad en que esto sucede, ni el nombre del rico, porque en cualquier lugar del mundo puede repetirse lo descrito.

         Del hombre rico sólo se dice que vestía de lujo y que banqueteaba espléndidamente a diario. No se le describe como hombre malvado, y tampoco se dice de él que fuera el causante de la miseria del pobre mendigo, ni que lo hubiera maltratado, injuriado, despreciado o humillado. Es simplemente un rico que vive para el disfrute de sus riquezas, envuelto en la esplendidez que le ofrecen sus propios recursos.

         Pero el rico está de tal manera embargado por la suntuosidad y el boato de sus vestidos y banquetes, que no tiene ojos para ver la miseria que está tan próxima a él, ni sensibilidad para compadecerse de ese mendigo harapiento y llagado que se encuentra a su puerta. Porque Lázaro no es sólo un mendigo, sino un mendigo enfermo y hambriento.

         Tal suele ser la situación de esos mendigos que encontramos a diario a las puertas de nuestras casas, supermercados e iglesias. A la mendicidad suelen añadir la marginalidad, la enfermedad, el alcoholismo, la falta de higiene, la mala alimentación.

         Al relatar la situación del mendigo, Jesús acentúa los rasgos más dramáticos de la escena: Lázaro estaba cubierto de llagas, y ansiaba saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, aunque nadie se lo daba. Los comensales derrochan la comida hasta tirarla para que se la coman los perros, aunque nadie repara en la presencia de aquel mendigo (tan cercano y tan invisible) para llevarle un pequeño resto de la misma. Los perros se acercan a lamerle las llagas al mendigo, pareciendo mostrar más sensibilidad que los humanos.

         Pues bien, se acabó la vida (esta vida temporal) para ambos; primero para el mendigo, más propenso a la muerte que el rico; después, también para el rico, cuyas riquezas no le pueden preservar de la misma muerte que acecha al pobre. Al rico lo enterraron.

         De Lázaro no se dice que tuviera entierro. Pero sí se dice que los ángeles le llevaron al seno de Abraham, mientras que su descuidado vecino fue conducido al infierno. Y estando en semejante situación, en medio de los tormentos, implora clemencia: Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.

         La súplica del rico, ya muerto, pero consciente, delata que reconoce en el Lázaro elevado al seno de Abraham al mendigo echado en su portal, pero ignorado por todos, incluido él mismo. Luego lo conocía, lo había visto, aunque no le había prestado ninguna atención. Y este es su pecado: su insensibilidad para con la miseria ajena, su carencia de misericordia para con el prójimo necesitado, un pecado de omisión.

         La súplica del rico revela también el cambio producido con la muerte, pues el que antes banqueteaba espléndidamente ahora suplica una gota de agua al que antes mendigaba las migajas de su banquete.

         En su respuesta, Abraham refuerza esta inversión, cuando le dice al rico torturado por las llamas: Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males. Por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

         En su simplicidad, la vida del más allá se presenta como el reverso de lo experimentado en el más acá: el que aquí vivió en el deleite, allí padecerá; el que aquí vivió en la aflicción, allí recibirá consuelo. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados, había profetizado Jesús.

         Pero hay más: entre ambos estados post mortem, aquel en el que está Lázaro, abrazado por el consuelo divino, y aquel en el que se encuentra el rico, torturado por las llamas y afligido por los remordimientos, hay un abismo inmenso, un abismo infranqueable para los moradores de ambos lados, de tal manera que ya no es posible alterar las cosas, ni trasladarse de un lugar a otro, porque la frontera de la muerte y la superación del límite temporal han conferido a tales estados el carácter de definitivos. Es el abismo que separa la bondad de la maldad, la compasión de la insensibilidad, la verdad de la mentira.

         Pero resulta curioso que, en semejante situación de penalidad, el rico parezca recuperar o adquirir sensibilidades perdidas. Ha comprendido que su estado es irreversible, que el abismo separador no le permitirá salir de él; pero lo que no es irreversible es la situación de sus cinco hermanos que aún viven en el mundo. Por eso le pide a Abraham que mande a Lázaro a casa de su padre para que, con su testimonio, evite que vengan también ellos a este lugar de tormento.

         Parece como si de repente se hubieran despertado en el rico sentimientos de compasión (los que no tuvo para con el mendigo apostado a su puerta) hacia sus hermanos de sangre, a quienes quiere evitarles el doloroso destino que les está reservado si no cambian de vida.

         No era precisamente éste un sentimiento diabólico, sino muy humano. Y tanto que resulta extraño en un condenado. Pero esto es lo que Jesús refleja en su parábola. Este sentimiento, sin embargo, no parece que pueda cambiar la situación del condenado.

         La respuesta de Abraham a la propuesta del rico preocupado por su familia subraya los cauces ordinarios de los que Dios se sirve para comunicar su mensaje, esto es, sus advertencias, sus mandatos, sus promesas, sus planes, a los hombres: Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.

         El rico cree que estas mediaciones no son suficientes para ciertas posturas humanas que necesitan de actuaciones más contundentes e irrefutables, como la aparición de un muerto. Y por eso dice: Si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abraham le replica con extrema paciencia: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

         Es verdad que la aparición de un muerto, por su carácter extraordinario e inusual, crearía sensación en los testigos de la misma; pero muy pronto podría ser contrarrestada por la fuerza de los argumentos en contra: ¿Por qué no considerar que se ha tratado de una alucinación?

         Existen las creaciones imaginarias o fantasmagóricas, que pueden confundirse fácilmente con la realidad, pero que son irreales, pura fantasía. ¿Quién podría garantizarnos que no hemos sido engañados por este fenómeno? Bastaría, pues, emplear estos razonamientos para desactivar la presunta y aparente presencia de un muerto en medio de los vivos.

         También hay un abismo que separa a los vivos de los muertos de este mundo. La sentencia del patriarca sigue, pues, en pie: ahí tienen a los profetas que Dios envía para comunicar sus planes; si no les escuchan a ellos, tampoco escucharán a un muerto.

         Ahí tenemos al mismo Hijo de Dios encarnado que nos ha descubierto con su palabra los misterios del más allá. Él contactó transitoriamente con sus discípulos tras haber rebasado la frontera de la muerte y haber penetrado en el más allá. En cuanto resucitado y aparecido a sus discípulos es en cierto modo ese muerto enviado para advertir a los vivos de la existencia de un más allá de consuelo o de desconsuelo.

         Aun así, sigue sin ser creído por muchos: por todos esos que exigen para sí una aparición del Resucitado similar a la que tuvieron sus discípulos de la primera hora o por todos aquellos que no exigen nada porque no esperan nada, y que no admitirían en ningún caso la aparición de un muerto.

         En cualquier caso, la parábola de Jesús nos muestra qué hay más allá (de la muerte), y que ese más allá depende del estilo de vida sostenido en el más acá. Para ser más precisos, de la conducta tenida con nuestros hermanos, especialmente con esos indigentes sin techo ni hogar que encontramos con frecuencia apostados a las puertas de nuestras casas, y a quienes no les abrimos estas puertas por los muchos riesgos y complicaciones que ello seguramente implica.

         ¿Podemos evitar que esta parábola se convierta para nosotros en un certero e insoslayable examen de conciencia? Si no es así, ¿no habremos perdido o estaremos perdiendo quizá sensibilidad en nuestra conciencia? Ello sería probablemente un alarmante síntoma de que algo importante en nosotros está muriendo.

 Act: 05/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A