19 de Enero

Lunes II Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 enero 2026

Meditación

         Nos adentra hoy el evangelista en uno de aquellos días de ayuno riguroso, para todo judío respetuoso de sus tradiciones. Ayunaban los discípulos de Juan el Bautista y ayunaban los fariseos, y todos estaban de ayuno menos los discípulos de Jesús.

         Semejante descuido, que parece denotar falta de aprecio por las observancias preceptivas de la tradición judaica, no pasa desapercibido a los que estaban al tanto de todo lo que sucedía a su alrededor. Y de hecho, pronto llega la censura de los observantes: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?

         La pregunta era un reproche a la inobservancia de los discípulos de Jesús en materia de ayuno, como si el maestro de tales discípulos hubiese descuidado este capítulo de la disciplina penitencial y del manual del buen judío.

         Jesús habría podido responder a la crítica de los fariseos remitiéndose a la censura que hace el profeta Isaías de los ayunos de sus antepasados:

"Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores. Mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es este el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica? Mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?" (Is 58, 3-5).

         Pero no, en esta ocasión Jesús no responde con el ataque, y se limita a señalar una particularidad del momento para justificar la conducta de sus discípulos: ¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán.

         En tiempo de bodas no hay espacio para el ayuno, pues el ayuno es una práctica de carácter penitencial. También el ayuno tiene su tiempo, y por eso se señalan días de ayuno. Y los días que viven los discípulos de Jesús, en compañía de su Maestro, no son días para el ayuno, sino para disfrutar de esa compañía y sacar provecho de esa relación de amistad y discipulado.

         Son días para el aprendizaje y para el fortalecimiento de esa relación esponsal. Ya llegará el momento en que les arrebaten esa presencia (la presencia del novio) y se vean forzados a ayunar, haciendo duelo y guardando luto por el muerto.

         Porque ese será, en 1º lugar, el ayuno que les vendrá exigido: la privación de ese novio (amigo, maestro, señor), con el que han convivido durante algún tiempo y a quien han acompañado a todas partes como discípulos y testigos de su mesiánica actividad.

        Tras saborear la amargura de este ayuno, y tras ser privados de esta compañía, ya vendrán otros muchos ayunos exigidos por la misma misión. Son todos esos ayunos que acompañan al misionero que se ve obligado a renunciar a tantas cosas (patria, casa, familia, amistades, lengua, cultura, seguridades...) por imperativo de la misión asumida en nombre de Cristo.

         Jesús no parece conceder demasiada importancia al ayuno en sí mismo, sino que más bien lo ve como consecuencia de algo o en función de otra cosa. Hay ayunos que derivan de un seguimiento, de la asunción de un trabajo, de la consecución de un objetivo, de una relación personal o de un compromiso. Son el efecto de ese seguimiento, de ese objetivo pretendido o de esa relación que exigen tales privaciones.

         Son los ayunos del misionero que marcha a un país desconocido, o del estudiante que prepara una oposición, o del enamorado que por amor es capaz de renunciar a muchas cosas, o del atleta que para conseguir la victoria se abstiene de tantas apetencias.

         La privación por privación no tiene ningún sentido, y el ayuno siempre tiene su razón de ser en otra cosa, en aquello para lo que se ayuna. Por eso, subsiste únicamente como parásito de la limosna a la que se orienta, de la oración que le reclama, del amor por el que se ayuna.

         Por eso, cuando pierde esta correlación o funcionalidad, es equiparable (tal es la comparación que usa Jesús) al remiendo de paño que se coloca sobre un manto pasado, que la pieza (nueva) tira del manto (viejo) y deja un roto peor.

         Tales eran los ayunos que denunciaba el profeta Isaías, como no agradables a los ojos de Dios: los remiendos en unas vidas que no atendían a la voluntad de Dios (el cual prefería la misericordia al sacrificio y a los ayunos, sobre todo cuando estos estaban desconectados de la misericordia y sus obras, o eran causa u ocasión de disputas o acciones en las que brillaba por su ausencia la misericordia).

         Aquellas prácticas penitenciales tenían, por tanto, el aspecto de un remiendo en un manto viejo. No arreglaban nada de lo que estaba desarreglado en la vida de tales practicantes. Y como decía Jesús, nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revienta los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.

         Entre el vino y los odres tiene que haber correspondencia o maridaje (a vino nuevo, odres nuevos). Pues lo mismo sucede con las prácticas en las que se expresa la vida o la fe de una persona: a vida cristiana, prácticas cristianas.

         Para que una práctica (ya sea de oración, de limosna o de ayuno) sea cristiana tiene que llevar el carácter (espíritu y motivación) y la razón de ser de lo cristiano. Sólo ahí, enmarcadas en lo cristiano, y como expresión de la misericordia y del amor cristiano, tendrá su valor. San Pablo lo entendió perfectamente: Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor de nada me sirve (1Cor 13, 3).

 Act: 19/01/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A