4 de Marzo
Miércoles II de Cuaresma
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 marzo 2026
Meditación
En su trayecto hacia Jerusalén, Jesús hace hoy partícipes a los Doce de los acontecimientos que se avecinan: El Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes, será condenado a muerte y ejecutado por medio de paganos que lo llevarán a la cruz; y al tercer día resucitará. Como se ve, estamos ante un recuento anticipado del kerigma o anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
En este contexto se acerca a Jesús la madre de los Zebedeos, y con sus hijos (Santiago y Juan) presentes le hace una petición: Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Al parecer, deseaba buenos puestos para sus hijos.
Jesús, que ve la ambición que esconde esta petición, les contesta: No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Le responden: Lo somos. Y él añade: Mi cáliz lo beberéis, pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.
A juicio de Jesús, aquella petición estaba muy desorientada. Él acababa de anunciarles su muerte próxima y ellos siguen pensando en un reino terreno, similar a los reinos humanos, en los que el poder se reparte en función de las preferencias del mandatario supremo. Pero el reino de Cristo es de otro estilo e implica compartir destino mortal con él, beber el cáliz de amargura que le va a ser entregado. Ser capaces de beber este cáliz es ser capaces de martirio.
A la pregunta sobre esta capacidad martirial, ellos responden según su propio grado de conciencia: Lo somos
. Pero ¿lo eran realmente? Jesús les anticipa que en su momento lo beberán, porque conocerán el martirio, como él. Pero el puesto a ocupar en el Reino no es cosa suya, sino de su Padre.Ante la petición de los Zebedeos, cargada de ambición humana, Jesús parece significar que el acceso a su Reino pasa por la participación en su destino sufriente (el cáliz que se le dará a beber es siempre el cáliz de la pasión y muerte anunciadas), es decir, por el martirio. Su Reino es esencialmente un reino de mártires, al menos potenciales. Es decir, de personas dispuestas a dar la vida por su causa.
Por eso, la actitud que los Zebedeos muestran en su petición es tan diametralmente opuesta a la actitud que debería tener todo aquel que desee compartir reino con Cristo. De hecho, aquella petición provocó de inmediato la indignación de sus compañeros (los otros diez), que vieron en ella una actuación poco lícita, por no decir poco limpia. También ellos rivalizan con los dos hermanos en ambiciones.
Estando así las cosas, Jesús les reúne para adoctrinarles: Sabéis que los jefes de los pueblos os tiranizan y que los grandes os oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos.
Son muchos los casos de tiranía y de opresión por parte de reyes y emperadores que ofrece la historia en su recorrido por el tiempo. Pero estos no deben ser nunca modelo de conducta para ellos y sus gobiernos. Entre ellos no deben regir los criterios que rigen en el mundo, sino que el que quiera ser grande (que es lo que querían los Zebedeos y los que rivalizan con ellos, y quizás lo que queremos todos) que sea vuestro servidor.
Aquí, la grandeza se mide por la capacidad de servicio. San Pablo dirá que el más grande es el amor. Y el amor es servicial. La grandeza de una persona se mide por su capacidad de entrega al servicio de los demás (procurando su bien) en el amor. La donación en el amor presente en una persona es la que le hace grande, porque lo más grande es el amor. Por eso es también lo que más engrandece.
Siempre nos resultará difícil conciliar los miembros de esa extraña ecuación: la primacía y la esclavitud, ser primero y ser esclavo. Porque el esclavo, en toda sociedad, ha sido siempre el último en dignidad, en consideración social; tan último que se le ha equiparado a un animal doméstico o a una mercancía que se puede tasar, comprar y vender.
La comparación resulta extrema, pero iluminadora. A los ojos de Dios, la primacía la tienen no los esclavos forzados a serlo, pero sí los que por amor están dispuestos a servir a sus hermanos hasta el punto de prestarles un servicio de esclavos, es decir, de quienes no pueden reclamar derechos porque no los tienen.
Pero Jesús dice todavía más, y recuerda que él ha venido para dar su vida en rescate por muchos. En su servicio no nos ha dado simplemente ciertas prestaciones sociales sin exigir nada a cambio (el trabajo de un esclavo que no reclama ningún derecho), sino su propia vida como rescate.
Ese es el precio de la redención y la densidad de su servicio. Por eso, Dios le otorga la primacía, el nombre sobre todo nombre, el homenaje de la genuflexión (de toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo) y el señorío sobre toda criatura para la gloria de Dios Padre.
Pues bien, esa primacía podrá ser participada por todo aquel que decida, como él, dar la vida en rescate (en bien) por los demás. Esta es la grandeza que distingue a los santos y a los mártires, la grandeza del amor, que nos ofrece la oportunidad de ocupar los puestos reservados por el Padre en el Reino de los Cielos. Lo demás es ambición vana y fugaz.
Act:
04/03/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()