21 de Enero
Miércoles II Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 enero 2026
Meditación
El texto evangélico de hoy nos traslada de nuevo al ámbito de las controversias de Jesús con los fariseos, a propósito de la observancia del sábado. Jesús se encuentra en la sinagoga, como era su costumbre, y allí se encuentra también un hombre con parálisis en un brazo.
No parece que la presencia del paralítico en la sinagoga fuese casual (coincidir con Jesús, y en sábado), y da la impresión de que hubiese sido llevado allí por los mismos fariseos, como cebo para acusar a Jesús. Es lo que insinúa el evangelista, cuando dice de ellos que estaban al acecho para ver si curaba en sábado y poder acusarlo.
Hacen los fariseos de aquel paralítico, por tanto, un medio al servicio de sus malévolas intenciones, que no son otras que encontrar un motivo de acusación contra ese maestro trasgresor.
Jesús acepta el desafío que le proponen, lanzándoles un pulso en toda regla. Y por eso, dirigiéndose al paralítico le dice, como retando a sus adversarios: Levántate y ponte ahí en medio. El movimiento de Jesús es manifiesto, y acaba de aceptar el reto de sus acusadores.
Tras hacer del paralítico el centro de todas las miradas, Jesús les dirige una pregunta que no deja escapatoria: ¿Qué está permitido en sábado? ¿Hacer lo bueno o lo malo? ¿Salvar la vida a un hombre o dejarlo morir? ¿Qué podían responder a esto? ¿Que en sábado no estaba permitido hacer el bien o salvar la vida de alguien?
La contradicción entre la observancia sabática y la buena acción resultaba demasiado flagrante. ¿Cómo prohibir la práctica del bien en sábado? ¿Acaso el sábado no era una ley de cuño divino? ¿Cómo podía Dios prohibir la buena actuación en el día consagrado a él?
Los fariseos tenían claro lo que no estaba permitido en sábado (no trabajar, no encender fuego, no caminar más de un determinado número de pasos, no hacer negocios, no traficar con dinero, no viajar...). Pero lo que no tenían tan claro es lo que estaba permitido, ni lo que realmente había que hacer en sábado.
Así que ¿acaso la ley del descanso sabático podía convertirse en una barrera que limitase la práctica del bien? ¿O es que la buena acción puede estar condicionada por algún límite temporal o legal? ¿No es la ley la que tiene que amparar el bien? Porque no sólo está permitido hacer lo bueno en sábado, sino que está incluso recomendado. Hacer el bien debe ser una obligación moral para todo hombre, en cualquier circunstancia de espacio y tiempo.
Jesús lleva el caso hasta su extremo, pues no parece que aquel paralítico del brazo se encontrase en peligro de muerte, o exigiese una cura de urgencia o una rápida intervención.
En este contexto, adquiere aún más relieve la actitud desafiante del maestro taumaturgo, como si Jesús quisiera cuartear su mentalidad haciéndoles ver no sólo que la ley del Sábado admite excepciones (algo que ya sabían y practicaban ellos), sino que el código del buen obrar puede muchas veces obligar a transgredir una ley tan sagrada como ésta: ¿Qué está permitido en sábado: salvar la vida a un hombre o dejarlo morir?
La pregunta no dejaba alternativa, pues en ninguna circunstancia se debe preferir dejar morir a una persona que salvarla, si ello es posible. La vida humana es un valor supremo, que debe ser custodiado por toda ley.
Aquí encuentra su lugar idóneo el dicho de Jesús: El sábado (la ley) se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. En este caso, lo que parecía en juego no era la vida del paralítico, sino únicamente su salud. Pero Jesús parece recrearse en extremar las cosas.
Aquellos aprendices de jueces no encontraron la respuesta adecuada y prefirieron callar. ¿Cómo iban a decir que en sábado no estaba permitido hacer lo bueno? ¿Es que la ley del descanso sabático no era buena? ¿Es que observar esta ley no era bueno?
Se suele decir que "el que calla otorga", pero el silencio de los fariseos no era un asentimiento, sino sólo una falta de respuesta y, como delata su inmediata reacción, un adentramiento en el castillo de su propia obstinación.
No encontraron los fariseos respuesta, pero tampoco dieron su brazo a torcer. Su obstinación no les permitía reconocer que no sólo se podía hacer el bien en sábado, sino que se debía hacer el bien, siempre que se ofreciera oportunidad de ello; y la curación de un enfermo era una buena oportunidad para la práctica del bien y para honrar el Sábado.
Y llegó el momento de la actuación. Para que la cosa no quede sólo en una simple discusión doctrinal, Jesús, aunque indignado y dolido por la obstinación de sus contrincantes, se pone manos a la obra, y le dice al paralítico: Extiende el brazo. Y el brazo quedó restablecido.
La culminación del acto acabó desatando la ira contenida de sus acusadores, y en cuanto salieron de la sinagoga (nos informa Marcos) los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.
Enemigos tan irreconciliables como fariseos y herodianos (los unos enemigos, los otros amigos del régimen imperante) se ponen de acuerdo, porque les une un mismo propósito. Tanto para unos como para otros, Jesús resulta un estorbo, alguien que pone en riesgo sus propios intereses.
Jesús se había limitado a hacerles ver que su interpretación de la ley estaba equivocada, y que una ley como la sabática no podía ser de ninguna manera un impedimento para la práctica del bien, que en último término el espíritu de la ley (de toda ley).
Jesús resquebrajó así la mentalidad monolítica y rocosa que mantenía a los fariseos aferrados a su concepción legalista. ¿Hacemos nosotros lo mismo? Porque todos disponemos de hábitos mentales que el tiempo ha ido endureciendo y esclerotizando, y que también tenemos que remodelar.