15 de Marzo
Domingo IV de Cuaresma
Equipo de LiturgiaMeditación
En esta vida hay miradas muy diversas. Hay quienes se quedan en la apariencia de las cosas, mientras otros miran su interior. Hay quienes muestran incredulidad o desconfianza, mientras otros reflejan fe. Hay quienes miran con ojos limpios, mientras otros lo hacen con ojos turbios. Algunos ven la vida con pesimismo, y otros con optimismo. Y hay quienes creen ver, pero en realidad no ven o están ciegos para ciertas cosas.
La 1ª lectura de hoy nos habla de la mirada de Dios, de un Dios que no se limita a ver las apariencias (pues ésta no son el todo de la realidad) sino sólo lo que aparece de ella. Es verdad que las cosas y personas se nos muestran en primer lugar en su apariencia. Pero ésta no lo dice todo, y además de la apariencia está el interior, que no siempre aparece o se nos revela del todo.
Cuando Samuel tiene que elegir al futuro rey de los judíos de entre los hijos de Jesé, se fija primero en el mayor (el más alto y el más fuerte). Pero Dios le obliga a fijarse en el menor (el más pequeño y el más inexperto), y le dice: No mires las apariencias, pues el Señor mira el corazón. Y conforme a esa mirada al interior, elige.
Más que lo que aparece, a Dios le importaba lo que llevaba dentro. Esta mirada es mucho más profunda y certera. Conoce mejor la realidad. Ve las cosas como son y no simplemente como aparecen. Y el ser se nos ofrece muchas veces oculto o disimulado.
El evangelio de Juan se mueve en esta paradoja: la de aquellos que creen ver (y según esta visión juzgan y sentencian, pero en realidad están ciegos), y la de quienes, estando ciegos, empiezan a ver porque se han dejado curar o iluminar por el que puede devolver la vista o puede dar luz (porque es la misma luz, que viene a iluminar a los que viven en las tinieblas).
Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento, y ante esta realidad tan penosa para un ser humano, los apóstoles se preguntan de inmediato por la causa o el por qué: Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego?
Suponen los apóstoles que la causa es el pecado del que sufre la maldición (o la desgracia) o de sus padres (puesto que es ciego de nacimiento). Y tras la desgracia descubren la existencia de una culpa que explicaría el hecho aflictivo como un castigo, pues el mal tiene que ser culpable. De lo contrario habría que atribuírselo al mismo Creador del universo.
Jesús no responde a esta inquietud intelectual que indaga en la causa de las cosas, pero sí responde al para qué: Éste está ciego, y nació ciego, para que se manifiesten en él las obras de Dios. Es decir, para que en su curación resplandezca el actuar poderoso de Dios.
Y así fue. En su curación se manifestó el poder y la misericordia de Dios de manera admirable, esa misericordia que es como el bálsamo que se derrama sobre las heridas de los miserables de este mundo. Dios es misericordioso no sólo porque se compadece de las miserias humanas, sino porque las pone remedio. Es lo que hizo con este ciego por medio de Jesús, que le dice: Ve y lávate en la piscina de Siloé. Y tras lavarse recobró la vista.
Pero aquella acción se convirtió en seguida en objeto de polémica por parte de los que no querían ver en la actividad benéfica de Jesús la mano misericordiosa de Dios. Su incredulidad (y sus prejuicios) les cegaba. Habían visto la obra admirable (la recuperación de la vista de un ciego de nacimiento), pero se negaban a reconocerla como obra respaldada por Dios.
Pero hay más, porque aquellos incrédulos se indignan porque el ciego ha sido curado en sábado. Y por ello deducen que esta curación no puede venir de Dios (el promulgador del sábado), porque va contra la ley promulgada por él mismo.
La conclusión a que había llegado el ciego de nacimiento, a diferencia de los fariseos, era que si Jesús podía curar la ceguera (aunque fuera en sábado) no podía ser un pecador, como pretendían sus críticos, desautorizando la actuación del maestro de Nazaret.
La gratitud por el beneficio lleva al ciego al reconocimiento y a la fe. ¿Crees en el Hijo del hombre?, le pregunta Jesús más tarde. ¿Y quién es, para que crea?, contesta el ciego. El que habla contigo, el que te ha sanado. Creo Señor.
El encuentro con Jesús, su sanador, le ha llevado a la fe. Ahora ve mucho más de lo que alcanzar a ver sus ojos. Ahora ve en Jesús al Mesías, y en su curación la obra de Dios, y en los fariseos a personas cegadas por sus prejuicios, y en el pecado una oscuridad mayor de aquélla en la que se encontraba por ser invidente.
El ciego ha pasado a ser hijo de la luz, de ciego de nacimiento que era. Ha pasado a ser alguien que vive a la luz no sólo del sol o las estrellas, sino a la luz de la verdad aportada por Jesús; alguien que se ha dejado no sólo curar, sino también iluminar por Cristo.
También nosotros hemos sido iluminados por esta luz; hemos pasado a ser hijos de la luz. Vivir como tales es nuestra obligación. Vivir como hijos de la luz es vivir dejándose iluminar por la palabra de Dios; es vivir en la bondad, la justicia y la verdad de Dios; es vivir buscando lo que agrada a Dios y huyendo de las obras de las tinieblas; es vivir en la esperanza de la contemplación de Dios cara a cara.
Act: