4 de Febrero

Miércoles IV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 febrero 2026

Meditación

         El evangelista sitúa hoy a Jesús en su tierra, concretamente en Nazaret, en compañía de sus discípulos. Llegado el sábado, y según costumbre, Jesús acude a la sinagoga judía y allí enseña como cualquier rabino, a partir de los textos proclamados de las Sagradas Escrituras (en este caso, del AT).

         La multitud congregada, precisa Marcos en sintonía con otros relatos evangélicos como el de Lucas, le oía con asombro y se preguntaba: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él.

         Del asombro inicial pasan, pues, casi sin solución de continuidad, a la desconfianza final. Y todo porque le conocían como el carpintero o como el hijo de María.

         Es este conocimiento previo y pretérito el que les impide aceptarlo en el modo en que ahora se les presentaba, como el portador de una sabiduría asombrosa y como el autor de unas acciones milagrosas. La imagen todavía reciente del Jesús carpintero no les permite asimilar esta otra imagen, más actual, del Jesús maestro y profeta.

         A los nazarenos les parece imposible que ambas imágenes pudieran confluir en la misma persona, y por eso desconfían de lo que ven y de lo que oyen, sobreponiéndose a su inicial asombro y como si éste fuera fruto de una alucinación o un espejismo engañoso.

         Jesús era para sus paisanos alguien demasiado conocido (incluso por su contexto familiar) como para ser reconocido ahora como profeta o portador del mensaje divino. Y la desconfianza provocada por ese conocimiento natural o familiar acabó degenerando en una atmósfera de frialdad, hasta estallar en brotes de ira descontrolada (como nos recuerda el relato de Lucas, cuando alude al hecho de que quisieron despeñarlo por un barranco).

         A ello contribuyeron, sin duda, las palabras del mismo Jesús, echándoles en cara su incredulidad y censurando su actitud: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Se hacía realidad histórica así la sentencia del evangelista Juan: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.

         Es históricamente constatable que Jesús encontró más oposición a su mensaje y actividad mesiánica entre sus paisanos y parientes, pero ¿por qué? No hay otra razón que la del conocimiento parental o de paisanaje, que actuaba como barrera y prejuicio difícil de superar. Sólo esto explica que un profeta sea menos apreciado (o más despreciado) en su tierra o en su casa.

         Y es que hay conocimientos que, sin ser falsos, pueden convertirse en un verdadero obstáculo para sucesivos reconocimientos. Y aceptar a Jesús (el carpintero) como profeta era reconocer la verdad completa del que hasta entonces no se había manifestado en esta condición.

         Aun a sabiendas de esto, y de que no desprecian a un profeta más que en su tierra, Jesús fue a su tierra (quizás para confirmar esta apreciación), y allí se extrañó de su falta de fe Y no pudo hacer allí ningún milagro, exceptuando la curación de algunos enfermos.

         Resulta asombroso el poder fáctico que se concede a la incredulidad. Por falta de fe, Jesús no pudo hacer allí milagros. Y eso que le habían pedido hacer los milagros que había hecho en Cafarnaum y en otros lugares (por lo visto, no desde la fe sino desde la desconfianza).

         La incredulidad tiene el poder de desactivar la beneficencia del mismo Dios. No su capacidad de hacer el bien, que permanece inmutable, sino su concreta activación y ejercicio.

         Pero también aquí se pueden establecer diferencias, pues también hay faltas de fe (como las que Jesús encontró en sus discípulos, también hombres de poca fe) superables y no paralizantes de la actividad benéfica y milagrosa. Dada nuestra fragilidad e ignorancia humanas, a Jesús no puede extrañarle nuestra falta de fe, pero sí esa obstinación farisaica, y casi sobrehumana, a negarnos a reconocerle como al que viene de parte de Dios con un mensaje de salvación, acompañado de efectos saludables.

         Si el Hijo de Dios se ha encarnado es para que el conocimiento humano de Jesús nos ayude a reconocerle como tal Hijo. Pero puede suceder, y de hecho sucede, que tal conocimiento se convierta en un obstáculo para el reconocimiento de su plena realidad (que implica el reconocimiento de su divinidad).

         Sin este supuesto, la biografía de Jesús será siempre una página de nuestra historia no del todo explicada o insuficientemente entendida. Ojalá que el Señor derribe las paredes de nuestras desconfianzas, y nos abra al horizonte inabarcable de la fe.

 Act: 04/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A