6 de Febrero
Viernes IV Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 febrero 2026
Meditación
No es la primera vez que el evangelio alude a la fama de Jesús, la cual se iba acrecentado en la medida en que éste extendía el radio de sus actuaciones. Jesús y sus milagros han adquirido ya tal notoriedad (y sonoridad), que han llegado a oídos de los grandes jerarcas de la nación, concretamente al rey Herodes II de Judea (Herodes Antipas), sucesor de aquel Herodes I de Judea (Herodes el Grande) que provocó la matanza de los inocentes.
Por lo que se ve, en la corte del rey había diferentes opiniones acerca de Jesús. Unos decían que era Juan el Bautista redivivo (puesto que había sido decapitado no mucho tiempo atrás por orden del mismo Herodes). Otros decían que era una reencarnación o representación de Elías (del cual se decía que estaba para venir). Y otros decían que era simplemente un profeta equiparable a los antiguos profetas de la tradición judaica.
Herodes, al oír semejantes opiniones, decía: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él.
La expresión del rey es significativa, y revela una herida nunca cerrada y un sentimiento de culpabilidad, respecto de aquel Juan el Bautista cuya voz él había silenciado porque le estaba acusando continuamente (pero con justicia) de una conducta reprobable.
Herodes era consciente, por tanto, de haber dado muerte a un inocente, y verdadero profeta del Altísimo, por el simple deseo de congraciarse con sus invitados, y por haber sido incapaz de sofocar las exigencias vengativas de su mujer Herodías (que aborrecía a Juan porque le acusaba de sus desmanes y caprichos). Y como no soportaba la verdad que brillaba en las ardientes palabras de Juan, decidió cerrarle la boca para siempre.
Por eso, a la primera ocasión que tuvo Herodías pidió la cabeza de Juan, y además en una bandeja de plata. No le bastaba con verle encarcelado, pues incluso en la cárcel la presencia de Juan seguía siendo molesta, ya que seguía censurando su conducta ilícita o adulterina.
Pero el verdadero profeta nunca se doblega a los deseos de los poderosos (porque no está a su servicio), sino al servicio de alguien que está por encima de ellos (al servicio de Dios y de su ley).
Y en semejante situación no es extraño que surja un conflicto de intereses y de poderes: el interés del poderoso (que no suele detenerse, en su injusticia ejercida sobre los más débiles) y el interés de Dios (que no puede tolerar semejante quebrantamiento de la justicia).Por eso el profeta, que sirve a los intereses de Dios, tiene que levantar su voz contra ese crimen, aunque en ello le vaya la vida. Esto es lo que le sucedió a un mártir de la verdad como Juan el Bautista, cuya palabra resultó intolerable para los poderosos de este mundo. Primero lo encerraron en la cárcel, y después lo mandaron decapitar porque ni siquiera encarcelado podían doblegarlo. Su alma era tan libre que no había manera de encadenarla, sino desterrándola de este mundo.
El rey Herodes, entre sorprendido y apenado ( porque tenía también a Juan por profeta), decidió conceder a Herodías y su hija lo que pedían, y mandó decapitar a Juan en la cárcel. La cabeza les fue entregada en una bandeja. Finalmente, refiere el evangelista, los discípulos de Juan recogieron el cadáver y lo enterraron. Y después, fueron a colocarlo en su sepulcro.
La tristeza de Herodes, que era consciente de su cobardía, se había convertido en una enfermedad crónica. No es extraño que los remordimientos de conciencia no le dejaran dormir, o que muchas noches se le apareciera el fantasma de aquel hombre decapitado, o de su cabeza removiéndose sobre la bandeja. Y por eso no sorprende que ahora diga de Jesús: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado para pedirme cuentas de lo que hice.
El fantasma de Juan lo perseguía, y sucede que los poderosos son más débiles y pusilánimes de lo que aparentan ser en su palacio. Y cuando les falla el más mínimo resorte en el que apoyan su poder, se desmoronan. Son ídolos con pies de barro.
Sin embargo, el profeta, cuanto más débil y debilitado parece, o cuando dispone de menos recursos o libertad de acción, más se acrecienta su figura y más crece su dignidad. Y más se afianza su misión, porque tendrá continuadores que tomen el relevo. Es verdad, los profetas resucitan porque siempre tienen seguidores, y porque el mismo Dios está detrás de ellos y de su misión, la cual no puede fracasar.
Act:
06/02/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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