1 de Junio
Lunes IX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 1 junio 2026
Meditación
Jesús continúa
hoy con su relato parabólico, y esta vez se dirige especialmente a los dirigentes del pueblo, a los sumos sacerdotes, a los letrados y a los senadores. Les habla de un propietario que plantó una viña en su terreno, la acondicionó, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.Cuando llegó el tiempo de la vendimia, el propietario envió a su criado para que le entregaran los frutos que le correspondían (su tanto por ciento) como propietario de la viña. Pero los labradores reaccionaron de manera violenta, apaleando y despidiendo con las manos vacías a aquel emisario.
Seguidamente, el dueño les envió a otro criado, porque se creía con derecho a percibir su parte establecida por contrato. Pero con éste actuaron del mismo modo, lo insultaron y lo descalabraron. El propietario siguió enviándoles a otros emisarios, provocando aún más la ira de aquellos labradores que llegaron incluso al asesinato. Ahora no se limitan a insultar y a apalear a quienes se les envía, sino que los matan.
Por último, y viendo que todo es inútil, el propietario de la viña decide enviarles como emisario a su propio hijo, pensando que a éste le respetarían. Pero no fue así, y aquellos labradores sin escrúpulos, al ver al hijo, se dijeron: Lo matamos y nos quedamos con la herencia. Y así lo hicieron: agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
La pregunta que queda latiendo en el aire es ésta: ¿Qué hará el dueño de la viña con aquellos labradores? La respuesta parece sugerida por los mismos oyentes de la parábola, que son invitados a completarla: Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros.
Pero los que dan esta respuesta no parecen caer en la cuenta de que están dictando sentencia contra sí mismos, porque Jesús les estaba identificando con esos labradores que, llevados por la codicia, estaban dispuestos a cometer todo tipo de tropelías, llegando al extremo de asesinar a los mismos mensajeros (entre los cuales se encuentra también el hijo) que eran enviados para reclamar el fruto preceptivo.
Obrando así, los dirigentes judíos estaban dando cumplimiento a la profecía que anticipaba el rechazo de la piedra angular por parte de los arquitectos: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Él mismo, el relator y protagonista de la parábola, es esa piedra angular desechada por los entendidos.
En su parábola, Jesús estaba describiendo la historia del pueblo de Israel, esa viña del Señor que había sido entregada por Dios, a modo de arriendo, a los dirigentes judíos, para que le devolvieran los frutos a su tiempo.
Dios había implicado a ciertas personas (a sus profetas) en esta tarea de reclamación, pero estos habían sido ignorados, despreciados e incluso asesinados. Y finalmente envió a su propio Hijo, que al tiempo del relato no había sido aún apresado (empujado fuera de la viña y asesinado), pero que lo será no mucho después de la narración.
Se trata de un desenlace vital que formaba parte de esta historia de infidelidad e injusticia escrita por aquellos a quienes les había sido encomendada la viña del Señor, el pueblo elegido.
Cuando oyeron la conclusión del relato de Jesús, aquellos sumos sacerdotes y fariseos comprendieron que hablaba de ellos, y por eso creció su indignación contra él e intentaron echarle mano. Pero no lo hicieron porque temían a esa multitud enfervorizada que le rodeaba y le tenía por profeta.
Jesús les había dicho que se os quitará a vosotros el reino de los cielos, y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos. La viña del Señor no es ya implemente el pueblo elegido, sino la comunidad mesiánica (el Reino de los Cielos), que se había dado en arriendo a los que tenían por misión trabajar y cultivar los frutos latentes en esa viña plantada por él mismo.
Esos arrendatarios, siendo simples administradores de unos bienes que no les pertenecían, pretendieron ilegítimamente hacerle con la propiedad de los mismos para manejarlos a su antojo, adquiriendo sobre ellos un dominio soberano que arrebataron a su dueño y Señor.
Tal fue seguramente el primer pecado de aquellos labradores (= sumos sacerdotes): pretender usurpar a Dios el dominio absoluto sobre su viña, su ley y sus designios. Y para ello se vieron obligados a matar a los enviados de ese Dios que se habían presentado a ellos reclamando lo suyo.
Entre esos enviados estará también su propio Hijo, llegado en un último envío para reclamar lo mismo que habían reclamado los profetas anteriores a él: los frutos que Dios espera obtener de lo sembrado por él mismo en la historia de su pueblo.
Dado que los dirigentes judíos harán oídos sordos a la reclamación de Dios por medio de su Hijo, silenciando finalmente su voz y arrancándolo de la tierra de los vivos, les será quitado sin ningún miramiento ese Reino que les había sido entregado en cuanto pueblo elegido, para serle dado a otro pueblo y a otros dirigentes que produzcan sus frutos a su tiempo. Tal sería el pueblo salido del costado de Cristo, el pueblo de la nueva alianza.
Pero la historia no acaba aquí, porque lo mismo que fue arrebatado este Reino al pueblo judío, le puede ser arrebatado de nuevo al pueblo cristiano, si no da el fruto que Dios espera de él. Y el pueblo es en gran medida lo que hacen sus guías y dirigentes.
De ahí el importante papel de la jerarquía de la Iglesia, en la conformación y fructificación de esa Iglesia (resp. pueblo) a cuya cabeza está. Dios nos ha entregado ahora su viña, los bienes del Reino (su palabra, su ley, sus sacramentos, sus consejos, su evangelio, su Espíritu, sus dones salvíficos), y lo que quiere es que la hagamos fructificar con nuestro trabajo.
Si pasara el tiempo, y llegaran los tiempos de la recolección, y silenciáramos la voz de sus profetas (que él sigue enviando tras la muerte y resurrección de su Hijo), y siguiéramos sin dar el fruto esperado, puede que se nos quite también a nosotros el reino de Dios, y no sólo como campo de trabajo sino también como recompensa.