2 de Junio
Martes IX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 2 junio 2026
Meditación
El evangelista nos refiere hoy que los dirigentes judíos enviaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes para cazarlo con una pregunta. El hecho de que quienes le hacen la pregunta sean fariseos y herodianos ya revela la mala intención de los encuestadores, pues mientras que los fariseos eran (en general) contrarios al gobierno de Roma y al pago de impuestos a un gobierno extranjero, los herodianos eran (por conveniencia) conformistas con la situación y favorables al régimen imperante y a la contribución exigida.
La pregunta capciosa era ésta: Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa nadie, porque no te fijas en las apariencias sino que enseñas el camino de Dios sinceramente. ¿Es lícito pagar impuesto al césar o no? ¿Pagamos o no pagamos?
A esta pregunta, los herodianos responderían que no sólo es lícito pagar el impuesto al césar, sino justo y necesario, pues los judíos también formaban parte del Imperio Romano, y tenían que contribuir a su mantenimiento y esplendor.
Los fariseos, en cambio, responderían que no es lícito que el césar romano exija pago de impuestos a los judíos, pues su régimen imperial está basado en la injusticia y la opresión, mientras que los judíos son el pueblo liberado por Dios de Egipto y de todos sus enemigos. Sólo Dios, por tanto, y las autoridades investidas por Dios, podrían reclamar el pago de los impuestos.
Ante esta alternativa, la respuesta de Jesús acabaría situándole en un partido o en el otro, reduciendo el horizonte de su misión a los límites de una determinada perspectiva política o ideológica. Y por eso, captando la hipocresía y doblez de sus encuestadores, les replica: ¿Por qué intentáis cogerme? Traedme un denario, que lo vea.
El denario era la moneda (oficial) con la que se pagaban los impuestos. Se lo trajeron, y él les preguntó: ¿De quién es esta cara y esta inscripción? Le contestaron: Del césar. Y Jesús sentenció: Lo que es del césar pagádselo al césar, y lo que es de Dios a Dios.
Aquella respuesta les desarmó, dejándoles sin recursos argumentativos. Se quedaron admirados, dice el evangelista.
Pero reparemos un poco más en la ingeniosa respuesta del Maestro. La moneda que le presentan llevaba evidentemente impresa la imagen e inscripción del césar romano, porque había sido acuñada por su gobierno y bajo su imperio. En semejante situación, lo lógico es pensar que el césar pueda exigir el pago de impuestos con la moneda acuñada bajo su régimen gubernativo.
Los impuestos son siempre (o deben ser, al menos) la contraprestación a unos servicios de los que se benefician todos los ciudadanos. En este sentido, Jesús no ve inconveniente en que el césar romano pueda cobrar tales impuestos, pues al fin y al cabo es su moneda.
Según esto, Jesús parece aliarse más bien con los herodianos. O al menos no se pone de la parte de quienes preconizan una sublevación social para echar abajo a un gobierno extranjero que ha impuesto injustamente su dominio. Su trato con los militares extranjeros, como el centurión de Cafarnaum, fue siempre exquisito. Y no parece tener, pues, ningún tipo de xenofobia, ni albergar sentimientos nacionalistas como muchos de sus contemporáneos.
Pero después de haber dicho "dad al césar lo que es del césar", añade: Y a Dios lo que es de Dios. Si todos los ciudadanos del Imperio pagan impuestos, y los judíos son también ciudadanos del mismo Imperio, es justo que paguen impuestos como los demás. Pero no hay que olvidar, viene a decir Jesús, que Dios es también dueño y Señor, y mucho más que el césar. Por tanto, también a él hay que darle lo que es suyo.
Aquí no se trata propiamente de impuestos, sino de devoluciones. Dios espera que le devolvamos lo que es suyo. ¿Y qué es de Dios? Sin duda, todo lo que somos y tenemos. Dios es, respecto de nosotros, el Creador. Y el Creador tiene un dominio mayor sobre cada criatura suya que los gobernantes de turno. Pertenecer a Dios significa ser enteramente de Dios, con todo lo que tenemos y hemos adquirido.
En nosotros, hechos a imagen de Dios, está grabada la imagen e inscripción de Dios, lo queramos reconocer o no. Y lo que es de Dios, porque lleva su imagen y su sello, debe serle devuelto cuando sea reclamado. De hecho, esto es lo que sucede forzosamente con la muerte.
De nosotros, criaturas libres, se espera una respuesta consciente y agradecida. Porque así como Dios nos ha dado la vida, así nos puede exigir su devolución. Estemos prestos a darle lo que es suyo. Negarse a ello, además de inútil, sería un acto de rebeldía e insumisión poco inteligente.
No debemos olvidar, tampoco, que Dios es infinitamente más generoso que nosotros, y que el impuesto que él reclama no lo ha pagado él con antelación, para seguir dando mucho más de lo que pide. Entre otras cosas, Dios nos puede pedir parte de nuestras posesiones, para socorrer a los demás. Es la dimensión solidaria de Dios, o impuesto de Dios.
Como vemos, la respuesta de Jesús se sitúa en otro nivel bien distinto al de las disputas políticas e ideológicas sobre la financiación del estado judío. Que Dios no permita que perdamos esta lucidez mental, y la verdadera dimensión de las cosas.