3 de Junio

Miércoles IX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 junio 2026

Meditación

         En cierta ocasión, refiere hoy el evangelista, se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección. Sabemos por la historia que los saduceos eran miembros de la aristocracia judía y que se mostraban doctrinalmente contrarios a la idea de la resurrección de los muertos. Esta información refuerza la precisión evangélica, que les presenta como enemigos de la resurrección.

         En su empeño por desacreditar esta fe, los saduceos le plantean hoy a Jesús un caso límite, que les permite presentar la resurrección como algo inconveniente e insostenible. Se trata de una mujer que ha estado casada con 7 hermanos, tras haber enviudado de cada uno de ellos y haberse vuelto a casar con el siguiente, conforme a la ley mosaica del levirato que dice: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.

         Tenemos, pues, a una mujer que ha estado legítimamente casada con 7 hombres. La cuestión que se plantea es la siguiente: Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella?

         En el caso de que haya resurrección, ésta nos introduciría en la vida eterna. ¿De quién será mujer por toda la eternidad la que ha estado casada con 7 maridos en el tiempo? ¿No se haría agravio al resto si se le asigna un solo marido? ¿Y si se recuperan todos los vínculos matrimoniales disueltos con la muerte, y se la considera casada con los siete? ¿No se estaría legitimando la poligamia o poliandria en el cielo?

         La circunstancia es límite, pero podría valer para cualquier caso de segundas nupcias: un marido casado por segunda vez con otra mujer, o una mujer casada por segunda vez con otro hombre. Si la resurrección recupera las vidas de los muertos, se verían unidos en matrimonio con varias personas simultáneamente. La resurrección vendría a consagrar e inmortalizar semejantes uniones poligámicas.

         Este es el razonamiento saduceo, un pensamiento que les lleva a descartar la resurrección como inadecuada, puesto que daría origen a una vida en la que se producirían situaciones realmente embarazosas.

         Jesús, en su respuesta a la cuestión planteada, acentúa el contraste entre la situación (marital) de hombres y mujeres en esta vida y su situación (angélica) en la otra. Un contraste que es el que pone de manifiesto la falsedad del razonamiento saduceo, como afirma Jesús: Ni entienden las Escrituras ni el poder de Dios; pues tanto las Escrituras como el poder de Dios permiten creer en la resurrección.

         Su incredulidad se debe a que no dan fe a la revelación contenida en las Escrituras ni al poder de Dios, puesto que la resurrección es un acto del poder divino. Y su actitud racionalista les coloca en un camino errado. Estáis muy equivocados, les dice el Maestro, que añade: Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán. Serán como ángeles del cielo.

         Según esta observación, en la vida futura (esa vida a la que nos da acceso la resurrección), y entre los resucitados, ya no habrá matrimonios ni relaciones matrimoniales, como no hay matrimonios entre los ángeles. Dado que seremos como ángeles, la institución matrimonial no tendrá ya ningún sentido ni funcionalidad.

         El amor excluyente y pasional de los cónyuges se verá superado. No seremos ángeles, puesto que somos hombres. Pero sí seremos como los ángeles en lo que se refiere a la corporeidad (gloriosa), a la inmortalidad y a la espiritualidad. ¿Qué necesidad hay de matrimonio entre seres inmortales, o entre seres dotados de cuerpos gloriosos?

         Y como no habrá matrimonios, tampoco habrá poligamia y menos aún promiscuidad. Pero sí habrá fraternidad, puesto que habrá hijos de Dios (en plural) e hijos de Dios resucitados. Es precisamente la participación en la resurrección la que nos hace definitivamente hijos de Dios, y tan definitivamente que ya nada ni nadie nos podrá arrebatar esta condición filial y fraternal, pues la filiedad deriva en fraternidad.

         Somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre. Luego no habrá matrimonios, pero amor mutuo (amor de hijos y de hermanos) y amor plenificante (capaz de colmar las ansias de unidad que bullen en el corazón humano).

         Jesús completa su respuesta remitiéndose a la Sagrada Escritura, palabra autorizada no sólo para él sino también para los saduceos. Concretamente, menciona Jesús el episodio teofánico del libro del Éxodo, en el que Moisés contempla una zarza ardiendo que no se consume y se dirige al Señor llamándole "Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob".

         Con ello, interpreta Jesús que todos ellos son contemporáneos habiendo pertenecido a generaciones distintas. Y que si los personajes mencionados estuvieran muertos, Dios ya no sería su Dios. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

         Moisés se refiere a Dios, el que ha entrado en contacto con él, como "Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob", porque para él todos ellos están vivos. De no estarlo, habría dejado de ser su Dios.

         Jesús presenta las palabras de Moisés como una indicio de que hay resurrección de muertos, puesto que su Dios es también el Dios de sus antepasados Abraham, Isaac y Jacob (que ya murieron, pero que tienen que estar vivos para que Dios sea también su Dios). Para estar vivos, tras haber muerto, tienen que pervivir tras la muerte, o tienen que resucitar.

         El recurso de Jesús a este pasaje de la Escritura, y la interpretación que ofrece de él, revelan con toda claridad su postura doctrinal a favor de la resurrección. Y tras ello, no se atrevieron a hacerle más preguntas. Ahí concluye el debate, pero no las consecuencias que podemos extraer. Porque si creemos en la resurrección hemos de mirar la vida que ahora disfrutamos, y en la que padecemos temporalmente, con otros ojos.

         Aunque la vida, por el hecho de ser vida, se resista siempre a la muerte, ésta puede ser bienvenida como tránsito hacia la otra vida, a través del trámite la resurrección. Así, la vida mejor no nos resultaría tan tenebrosa, y podríamos tener una actitud más positiva ante ella.

         Hay quienes han comparado la muerte con un parto que nos traslada de la vida intrauterina a la vida extrauterina, y de la vida temporal a la vida eterna. No obstante, es verdad que en el parto no muere nada, mientras que en la muerte sí que fenece algo (la vida temporal). Y también que en el parto hay certeza de nacer a la vida temporal, mientras que en la muerte no tenemos esa certeza por falta de fe. Si tuviéramos la certeza que otorga la fe, viviríamos con otro ánimo el trance amargo de la muerte. Que Dios aumente nuestra fe.

 Act: 03/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A