22 de Febrero

Domingo I de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 febrero 20
26

Meditación

         La tentación en forma de incitación a la desobediencia, que es esencialmente negarse a escuchar a nuestro Creador (el que nos ha hecho y tiene para con nosotros planes de salvación), dando cabida preferente a otras voces que le son contrarias, está presente en la historia de la humanidad ya desde sus orígenes.

         Y no sólo lo está cuando el hombre se encontraba en estado de naturaleza caída o inclinada al mal (tras el pecado original), sino también cuando se encontraba en estado paradisíaco o estado de integridad e inocencia, sin que la concupiscencia tuviera aún fuerza propulsora. La ausencia de concupiscencia (no simplemente de deseo, sino el deseo desordenado) en el corazón de ese primer hombre (Adán) no eliminaba la posibilidad de la tentación, ni le hacía inmune a ella.

         Si en el paraíso nos encontramos ya con la tentación, cuánto más fuera del paraíso, en esta tierra en la que ha entrado el pecado y la muerte a consecuencia de aquel primer acto de desobediencia que acarreó efectos indeseados: desorden, instalado en la propia naturaleza, y muerte, ambas cosas con el sello de una servidumbre de la que necesitamos ser liberados por otro, puesto que los ya esclavizados carecemos de fuerza para llevar a cabo semejante empresa de liberación.

         Ese otro es aquel que con su obediencia hasta la muerte nos ganó el indulto de aquella antigua sentencia condenatoria y la vida. Es lo que nos da a conocer San Pablo: Por un solo hombre entró el pecado, y por el pecado (= la desobediencia) la muerte; por un solo hombre (Jesucristo), la gracia, que repara los efectos desastrosos del pecado, y la vida.

         No hay, por tanto, proporción entre lo causado por el pecado y lo obtenido y reparado por la gracia, que se da a raudales, que sobreabunda en beneficios, que nos da mucho más de lo que nos arrebató el pecado. El pecado nos arrebató la vida paradisíaca, pero la gracia nos da la vida eterna, que es infinitamente más que la vida en el Edén.

         Pero el hombre que con su obediencia nos abrió las puertas del cielo también pasó por la tentación, y no sólo tras los cuarenta días de ayuno en el desierto, sino en diferentes momentos de su corta vida. Y pasó por ella porque asumió una vida humana sometida a la prueba, como cualquier otra: en todo probado como nosotros menos en el pecado; pero también en la tentación.

         Y si Eva fue tentada en el paraíso, Jesús lo fue en el desierto, lugar extra-paradisíaco al que le había conducido el Espíritu para ser tentado. El mismo que le había traído a este mundo, le llevó a ese lugar de prueba (de tentación) que es el desierto; porque siendo el desierto un lugar terreno, tampoco está exento de tentación.

         Ya el mundo al que vino en virtud de su encarnación es lugar de prueba. No hay en él, por tanto, refugio (= desierto) en el que podamos estar a salvo de toda tentación. Ni siquiera el paraíso (lugar de armonía, felicidad y paz) impidió la comparecencia del tentador.

         Y es que la obediencia tiene que pasar por la prueba y acrisolarse en ella. Dios permite la tentación para enseñarnos a ejercitar la obediencia, pues éste es el único camino de salvación, el único modo de ser realmente como Dios. Es lo mismo que propone el tentador, pero por la vía de la desobediencia: Bien sabe Dios que cuando comáis de él (del árbol de la ciencia, y no se puede comer de él sin desobedecer al que había dicho: no comáis, porque su fruta es mortal) seréis como Dios.

         Pero en la tentación hay engaño y mentira, porque comiendo del árbol de la ciencia (desobedeciendo) no seremos como Dios, sino que se nos abrirán los ojos para ver nuestra desnudez (nuestro desorden y fealdad), y moriremos.

         Las tentaciones que sufre Jesús también invitan a la desobediencia, a seguir caminos contrarios o distantes a la voluntad de Dios y a sus planes salvíficos. Y él es el elegido para llevar a cabo esos planes: él es el Mesías, el Ungido para tal misión.

         Lo que le sugiere el tentador, ya sea éste el demonio en persona, Pedro o los miembros del Sanedrín, es que se aparte del camino de amor y obediencia (camino de cruz) que el Padre Dios le traza y emprenda un camino orientado al éxito y a la gloria mundana y sembrado de prodigios y signos espectaculares.

         Tras el tiempo prolongado del ayuno y de la oración (tiempo que le preparaba para la misión) el tentador se hace presente y le prueba, intentando desviarle de sus propósitos iniciales: Si eres Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes.

         ¿Y sólo para satisfacer el hambre sobrevenido tras un prolongado período de ayuno? Más bien para demostrarle con semejante prodigio que era realmente lo que decía ser: Hijo de Dios. Este sería sólo el comienzo de un largo camino en el que a golpe de prodigio acabase imponiéndose como Rey del mundo.

         Las tentaciones 2ª y 3ª refrendan esta orientación: Si eres Hijo de Dios, tírate desde el alero del templo. Y en ellas el demonio recurre al testimonio de la misma Escritura para dar más fuerza a la tentación: Porque está escrito: encargará a sus ángeles para que cuiden de ti, te sostengan y tu pie no tropiece (esos mismos ángeles a los que podría recurrir para hacer frente a los que perseguirán su muerte).

         Aquí el prodigio tendría una fuerza tan impactante, espectacular y poderosa que difícilmente podría encontrarse a alguien que se resistiese a la misma. Si el objetivo del Mesías era doblegar las voluntades rebeldes, sólo con dificultad podría hallarse un medio más eficaz que el que le propone el demonio.

         Pero Jesús rechaza la propuesta como una tentación digna de repudio. Y lo hace recurriendo a la misma palabra sagrada, invocada por el diablo: No tentarás al Señor, tu Dios. No lo tentarás como había hecho el pueblo de Israel exigiendo de él pruebas y más pruebas, señales y más señales.

         Tales exigencias de la criatura ante su Creador (algo, tan insostenible como las hipotéticas exigencias de la vasija al alfarero) son un poner a prueba (= tentar) al mismo Dios, pretendiendo doblegar su voluntad o someterla a nuestros caprichos o imposiciones. Ante Dios no estamos precisamente en la situación del que puede exigir, sino más bien del que sólo puede pedir (= suplicar) y agradecer.

         La última tentación, en sintonía con las dos anteriores, le presenta un modo fácil de hacerse con el señorío del mundo. ¿No había venido precisamente para ser Rey del mundo? Pues ahí estaba él para ofrecerle este reinado en bandeja de plata, aunque no sin una mínima condición: que se postrase ante él y lo adorase, es decir, que le rindiese tributo y le reconociese como su dios.

         El demonio se presentaba como dueño de ese mundo que le ofrecía (lo cual era engañoso) y reclamaba de él un acto de vasallaje (lo cual era un disparate). La respuesta de Jesús también está forjada en la palabra de Dios: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto. Sólo el Creador merece adoración, porque sólo él es Señor del mundo. El demonio no es más que una criatura que debe resignarse a su situación.

         Jesús, al rechazar esta propuesta de hacerse con el señorío del mundo (hombres y haciendas) sirviéndose del demonio y de sus malas artes, está rechazando a su vez un modo terreno y diabólico (y, por ello, contrario a la voluntad de Dios) de implantar su Reino, no teniendo otra misión que ésta.

         Toda tentación lo es porque pretende apartarnos de Dios y de sus planes, introduciéndonos en un camino de desobediencia que es siempre destructivo y últimamente diabólico. Porque ir (y actuar) contra la voluntad de Dios (voluntad salvífica) es ir contra nosotros mismos y nuestros anhelos de vida y felicidad.

         Desde que Cristo fue tentado se ha convertido para nosotros en modelo de cómo superar o vencer la tentación: recibiendo luz de la palabra de Dios para evitar engaños o espejismos de conquistas de poder (y de placer) a bajo coste; reconociendo humildemente lo que somos, criaturas; y manteniéndonos en un camino de obediencia (que implica fe). Sólo por ese camino podremos obtener lo que realmente deseamos: ser lo que estamos llamados a ser, esto es, deíficos.

 Act: 22/02/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A