10 de Abril

Viernes I de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 abril 2026

Meditación

         El evangelio nos presenta hoy una nueva aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, ésta vez no en Jerusalén y sus alrededores, sino en Galilea. Al parecer, Jesús había mostrado interés por encontrarse con ellos en Galilea.

         Galilea había sido el lugar de los inicios de la misión, el lugar del primer encuentro, el lugar de la vocación al seguimiento, el lugar de los orígenes. Y llevándolos allí quizás quería Jesús mantenerles en estos momentos lejos de Jerusalén, lugar del sacrificio. Quizás quería hacerles volver a los orígenes.

         El caso es que Jesús se les aparece junto al lago de Tiberiades, ese lago que había sido testigo de tantos discursos y actuaciones milagrosas del Maestro. El escenario parecía ideal para revivir aquellos momentos iniciales y entusiastas de la misión.

         Y lo hace tras haber visto cómo sus discípulos salían a pescar durante la noche sin haber logrado siquiera una presa. Se presenta en la orilla y, después de haber intercambiado un saludo, les dice: Echad las redes a la derecha de la barca y encontraréis.

         Ellos siguen el consejo, la echan y hacen una redada tal de peces que no tienen fuerzas ni para sacarla. Es en ese preciso instante cuando uno de aquellos discípulos pescadores, Juan, le dice a Pedro: Es el Señor. Tampoco esta vez parecen reconocerle por la vista, aunque estuviesen a cierta distancia, sino por otra cosa, por su atinada palabra o por su precisión para rentabilizar el esfuerzo de los marineros.

         Además, es sólo Juan, el amado del Señor, el que lo reconoce, Y así se lo hace saber a un Pedro que, atándose la túnica, se arrojó al agua para llegar el primero a la orilla. Luego se acercarían los demás, remolcando la red con los peces. Mientras tanto, Jesús les espera ya asando el pescado e invitándoles al almuerzo. De nuevo la comida y la invitación a compartirla con él.

         El evangelista concluye su relato diciendo: Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. No se atreven a preguntarle quién era, porque no lo reconocen por el aspecto o la apariencia. Pero tenían la certeza de que era el Señor.

         El gesto de tomar el pan y repartirlo viene a convertirse en una seña de identidad. Reproduce el memorial de la Ultima Cena y pasa a ser símbolo de la eucaristía, lugar por excelencia del encuentro con Cristo.

         Algunos autores antiguos han puesto de relieve la correlación existente entre el discípulo amado y el reconocimiento de Jesús resucitado, pues el primero en reconocerle (el que dice "es el Señor") es precisamente el discípulo amado. Y es que el amor facilita tanto el reconocimiento como el conocimiento de la persona amada.

         El amante es muy sensible a los signos de la presencia del amado; nada tiene de extraño que sea el primero en percibir esta presencia. En la medida en que amemos a Jesús seremos más capaces de percibir su presencia en todos esos sacramentos (= signos) en los que se deja ver o se hace sentir.

 Act: 10/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A