26 de Mayo

Martes VIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 26 mayo 2026

Meditación

         Jesús había hablado ya del poder del dinero y de su carácter opresor, desde esa capacidad suya para someter a esclavitud al corazón humano e impedir que éste persiga lo que se propone. Es entonces cuando Pedro reacciona, y hoy le dice: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

         Si el joven rico no fue capaz de romper el lazo que le tenía atado a sus riquezas, los apóstoles sí lo habían dejado todo (casa, trabajo, familia y posesiones) por seguir a Jesús, y habían sabido desentenderse de este mundo ante la llamada del Maestro.

         Realmente, los apóstoles habían dejado muchas cosas, por embarcarse en esa aventura incierta de ese singular Maestro que había ejercido sobre ellos una atracción irresistible. Por eso Jesús valora su actitud, y les hace saber que no quedarán sin recompensa:

"Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, recibirá en este tiempo cien veces más (casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones), y en la edad futura la vida eterna".

         La recompensa prometida por Jesús incrementa cien veces más, por tanto, las posesiones dejadas en este tiempo. Es decir, que no habrá que esperar a la vida futura para obtener la recompensa con la que Dios premia a sus seguidores, o a esos que han dejado tantas cosas valiosas por Jesús y por el evangelio.

         En concreto, Jesús promete recompensarles con más (cien veces más) casas, más hermanos, más padres, más hijos y más tierras, estando todavía vivos en esta vida. Llegada la edad futura, recibirán no mil veces más, sino un premio que no tiene equivalencia con nada de este mundo. Es decir, recibirán vida eterna.

         En el tiempo presente, por tanto, los discípulos de Jesús multiplicarán sus posesiones y afectos. Pero en la recompensa futura no habrá multiplicación (de cosas dejadas), sino un bien de rango infinitamente superior y carácter intemporal: la vida eterna, que, en cuanto eterna, no es comparable con ningún estado temporal.

         La promesa de Jesús para los que han dejado cosas (realmente valiosas) por él, habla a las claras de la generosidad de Dios, y recuerda que él paga con creces la limitada generosidad humana. A Dios, fuente suprema de toda bondad, no podemos ganarle en generosidad. La misma generosidad que hallamos en nosotros procede de él, que nos ha creado con su propia capacidad para amar y para gozar en la donación.

 Act: 26/05/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A