29 de Mayo

Viernes VIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 29 mayo 2026

Meditación

         El evangelio de Marcos es un evangelio preferentemente de hechos, que da cuenta del último tramo de la vida de Jesús. Como si se tratase de un relato periodístico, el evangelista da noticia de los sucesos, casi siempre despojados de toda indumentaria o artificio literario.

         El relato que hoy nos ofrece transcurre con la cadencia de una crónica. Tras ser aclamado Jesús por la multitud congregada en Jerusalén, Jesús entró de nuevo en el templo, en ese escenario de sus últimas actuaciones públicas y enfrentamientos con los letrados y fariseos.

         Allí estuvo Jesús observándolo todo, hasta que se hizo tarde. Y como tenía su residencia provisional en Betania, se volvió de nuevo a esta aldea con el acompañamiento de los que permanecían a su lado (los Doce).

         Al día siguiente, volvió Jesús a Jerusalén. Nada más salir de Betania sintió hambre, y al ver una higuera con hojas se acercó a ella, esperando encontrar fruto. Pero no lo encontró, porque no era tiempo de higos ni había llegado aún el verano.

         Fue entonces cuando Jesús, de manera aparentemente incomprensible, lanzó una maldición a la higuera: Nunca jamás coma nadie de ti. Llegados a Jerusalén, entró de nuevo en el templo, y en este caso no se puso a observarlo todo, sino que se puso a echar a todos los que traficaban allí.

         Aquel tráfico era el propio de un mercado, con sus mesas, mostradores, cambistas y mercancías (entre las cuales estaban las palomas empleadas para la ofrenda de los sacrificios). Pues bien, Jesús puso patas arriba ese tráfico comercial, al tiempo que se puso a gritar: Mi casa es casa de oración para todos los pueblos, pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos.

         El Templo de Jerusalén había sido levantado sobre la Tienda del Encuentro de Moisés, para ser el nuevo lugar de encuentro de los judíos con Dios, ese Dios único y verdadero al que debían reconocimiento y adoración. Y por eso era casa de oración para todos los pueblos.

         Al introducir en él tráfico de mercancías, aún teniendo éstas un destino cultual o sacral, los judíos estaban desnaturalizando el lugar, haciendo de la casa de oración un mercado o, como decía Jesús, una cueva de bandidos (haciendo ver que lo que se intercambia en una cueva de bandidos suele ser mercancía robada).

         Esta nefasta conversión del Templo de Jerusalén (o profanación) es lo que critica Jesús, y lo que pretende hacer ver a esos sorprendidos traficantes y a sus máximas autoridades (que amparaban con el peso de su autoridad ese tráfico sagrado).

         Cuando se enteraron de la sobreactuación de Jesús, las autoridades religiosas buscaban la manera de acabar con él, según precisa el evangelista. Pero lo hicieron tomando sus precauciones, pues un enfrentamiento directo con Jesús podía provocar una insurrección multitudinaria de todos sus seguidores, ya que la fama de Jesús estaba bastante extendida.

         A la mañana siguiente, al hacer el mismo trayecto que en días anteriores, los discípulos se encontraron con la higuera que Jesús había maldecido, y se dieron cuenta que se había secado de raíz. La maldición del Maestro se había revelado realmente efectiva, como rayo que cae fulminante sobre su objeto.

         A la observación de Pedro (mira, la higuera que maldijiste se ha secado), Jesús responde con una sentencia de valor imperecedero, concediendo a la fe un poder inmenso y sobrehumano: Tened fe, porque os aseguro que si uno dice a este monte "quítate de ahí y tírate al mar", no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.

         Se trata de una fe, por tanto, que no es compatible con las dudas, y que es capaz de cualquier portento. De ahí que añada Jesús: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otro, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas.

         El poder de la oración no es otro que el poder del mismo Dios al que se implora. Pero sólo nos podrá ser concedido si se lo hemos a él. Por eso Jesús nos dice pedid, para que lo obtengamos y para que tengamos la certeza de que pidiendo obtendremos. Ello supone la fe no sólo en el poder omnímodo de Dios, sino también en su disponibilidad y prodigalidad para con sus hijos.

 Act: 29/05/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A