20 de Mayo
Miércoles VII de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 20 mayo 2026
Meditación
Jesús continúa hoy rezando su Oración Sacerdotal, en esta ocasión centrado en aquellos que el Padre le ha dado. En concreto, lo que pide para ellos no es éxito y alabanzas, sino protección y unidad, pues sólo custodiados y unidos podrán evitar su perdición. Es lo que pidió Jesús al Padre: Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.
Hasta entonces él mismo, como buen pastor, había asumido esta tarea de custodia en nombre de Aquel que se los había dado como discípulos, el Padre. Pero ha llegado el momento de tener que abandonar este mundo, y tendrá que ser el mismo Padre, con otras mediaciones humanas, el que se ocupe de ellos y de su suerte. De ahí que añada Jesús: Cuando estaba con ellos yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba. Y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.
Jesús justifica la elección de Judas, el hijo de la perdición, para que no fuese entendida ésta como una mala elección. Y lo hace acudiendo a las Escrituras (que habían predicho su extravío y traición). Judas es la excepción, pues ninguno de los elegidos para integrar el grupo de los Doce se perdió, sino él.
Pero esta pérdida no escapaba a los planes de Dios (que lo había dejado escrito con mucha antelación), y ni siquiera la traición de Judas impediría la realización de los planes salvíficos de Dios. Al contrario, contribuiría a su pronta ejecución, facilitando el cumplimiento de los designios divinos. Y es que Dios sabe también servirse del mal (que es responsabilidad de otro) para obtener el bien de muchos.
Tras lo cual, prosigue Jesús: Yo les he dado tu palabra, y el mundo les ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. Es decir, que el mundo que no ha acogido a Cristo como luz (del mundo) será el mismo mundo que no recibirá ni a los portadores ni a los transmisores de la misma (sus misioneros, enviados por el mundo a anunciar el evangelio).
Éste es el mundo al que no pertenecen ni Jesús ni sus discípulos, aunque tanto él como sus discípulos formen parte de este mundo corpóreo y terrestre en el que han nacido y han recibido su naturaleza (humana). Y es que ese otro mundo, que también forma parte del mundo en que vivimos, se opone a los planes de Dios, y rechaza todo lo que procede de Dios y es enviado por él (sus profetas, su Hijo, sus apóstoles).
En el rechazo del enviado está implicado el rechazo del enviante, pues el que a vosotros escucha a mí me escucha, y el que a vosotros rechaza a mí me rechaza. La negación del Hijo es negación del Padre, y el rechazo del profeta es rechazo de Dios, que habla por su medio.
Este mundo hostil al enviado de Dios, que primero fue judío y después pagano (o simultáneamente judío y pagano) es el mundo que odia todo lo que le resulta extraño o no percibe como suyo. Y por eso procura su eliminación o extirpación, como si se tratara de un tumor cancerígeno que amenaza con destruir su organismo social. El mundo que llevará a Jesús a la cruz será también el mundo que haga de sus seguidores mártires y confesores.
Ese mundo no tiene que ser necesariamente ateo para combatir el nombre de Dios, sino que también puede serlo religioso, como lo era ese mundo judío que no toleró la inquietante presencia de Jesús y de sus apóstoles, y acabó provocando la primera cosecha sangrienta de mártires cristianos. Baste recordar como ejemplos ilustres al diácono Esteban y al apóstol Santiago, el protomátir de la Iglesia y el primero entre los apóstoles en sufrir el martirio.
Tampoco el mundo romano en que empezó a germinar el naciente cristianismo era ateo, sino religioso y con las más diversas formas de politeísmo. Y ese mundo tampoco toleró en su seno al cristianismo, organizando muy pronto una sangrienta persecución contra sus más dignos representantes entre los que estaban Pedro y Pablo, víctimas de la locura de un emperador como Nerón.
Tal es el mundo que odia lo cristiano por no ser de este mundo y por considerarlo un elemento extraño y nocivo para la sostenibilidad y mantenimiento de su sistema.
Jesús no le pide al Padre que los retire del mundo (algo que ya hace ese mundo que les asesina), sino que los guarde del mal (sobre todo del mal de la apostasía, o del mal que acarrea su perdición), porque éste último sí es el verdadero mal (el mal que acabó provocando el extravío y la caída de Judas Iscariote, el hijo de la perdición).
La guarda de aquellos por quienes ruega Jesús tiene por objeto evitarles este mal que se apoderó de Judas (haciendo de él un apóstata o un renegado y un traidor), el mal de la incredulidad y la desafección.
No parece que Jesús considere la muerte martirial de sus seguidores como un mal para los que la sufren, sino más bien como una ocasión inmejorable para mostrarse como testigos. Es decir, como una ocasión propicia para dar testimonio de él ante el mundo, incluido ese mundo hostil del que sólo procede rechazo.
Lo que importa en semejante situación es que sean santificados en la verdad, porque así, santificados, podrán proclamar esta verdad con una firmeza capaz de hacer frente a todo tipo de desafíos.
De ahí que diga Jesús "santifícalos en la verdad", en esa verdad que se sirve en la misma palabra del Padre. Tu palabra es la verdad, recordará Jesús, que también viene a decir que la verdad se encierra y se dona en su palabra. Es la verdad transmitida, esa palabra que también es la palabra de Jesús, pues todo lo suyo es también del Padre. La santificación en la verdad implica, por tanto, la afirmación en esa palabra que la custodia y comunica.
Sin esta palabra careceríamos del depósito que guarda y conserva esta verdad, que es la que debe impregnar la vida entera del creyente que la profesa para que éste pueda desplegar toda su energía santificadora. Así, santificados en la verdad, los cristianos podremos ser testigos fiables y creíbles de la misma, y estaremos capacitados para dar testimonio de esta verdad incluso en ese mundo hostil e ingrato.
Este testimonio es el hace de nosotros verdaderos apóstoles o enviados, para ser luz del mundo y sal de la tierra. Pero para desempeñar esta tarea tenemos antes que estar santificados en la verdad. ¿Lo estamos?
Act:
20/05/26
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