23 de Mayo
Sábado VII de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 23 mayo 2026
Meditación
Nos encontramos hoy ante el pasaje que cierra el relato evangélico, con unas palabras conclusivas: Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían ni en todo el mundo.
Nos hallamos, por tanto, ante el testimonio puesto por escrito de un testigo de los hechos que se cuentan, y que no persigue otra cosa que hacerse creer, ya que lo realmente valioso de un testimonio es que sea creíble. Vayamos, pues, con el último trazo de este testimonio.
Pedro, nos dice el narrador, oyó de labios del Resucitado un nuevo y último sígueme. Atrás quedaba la primera llamada, la que le había arrancado de su entorno familiar y laboral para emprender el seguimiento de este singular Maestro.
La nueva llamada de Pedro, que se produce en este contexto pascual por parte del Resucitado, venía a ser una réplica de aquella otra que estaba al inicio de su vocación apostólica, reforzando así la vocación de Pedro al seguimiento tras haber pasado por el duro trance de la pasión y muerte de su Maestro.
A este nuevo sígueme, Pedro responde con la misma prontitud, aunque seguramente con más conciencia, que al primer sígueme, pues el discípulo, nada más oír a Jesús, reanuda el seguimiento.
Pero sucede que, volviendo la mirada, Pedro ve que le sigue el discípulo que Jesús tanto quería, aquel que se había reclinado sobre su pecho en la Última Cena. Es decir, Juan. Y sintiéndose importunado por esta esta proximidad, se dirige a Jesús como pidiendo explicaciones: Señor, y éste ¿qué?
La presencia cercana del discípulo amado se le hace a Pedro incómoda e inoportuna, porque si el llamado al acompañamiento era él, ¿qué pintaba el otro allí? Jesús, como en otras ocasiones, quiere hacerle ver que ese asunto no le incumbe, y por eso le contesta: Si yo quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.
La llamada al apostolado es personal, y el seguimiento también. Y el hecho de que otros hayan sido llamados no debe suponer ningún problema para el llamado, sino más bien un motivo de gozo.
La comprobación de que otros se incorporan al seguimiento de Jesús tendría que ser un motivo de alegría para los llamados, y no una causa de tristeza, pues la presencia de otros en el círculo de amistad de Jesús no priva del amor con que él obsequia a cada uno. El amor del Cristo glorioso, más que ser un amor repartido entre muchos, es un amor multiplicado (como los panes del milagro), para saciar la necesidad afectiva de cada uno.
Pero aún no hemos dado respuesta al enigma encerrado en la expresión de Jesús: Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Se trata de una expresión que dio origen a algunas especulaciones, pues se empezó a correr entre los hermanos (lo cual parece suponer una comunidad ya constituida) el rumor de que ese discípulo no moriría.
Pero no era eso lo que había dicho Jesús, aunque cupiera dicha interpretación. De hecho, la longevidad del apóstol Juan pudo contribuir a la propagación de este rumor.
Lo cierto es que Juan, el discípulo amado, se presenta como testigo de lo narrado en su evangelio, y los que acogieron este testimonio tenían la certeza de que todo lo que había escrito el testigo era verdad, aunque no todos los hechos de los que había sido testigo se habían puesto por escrito (pues de haberlo hecho, habría aumentado en exceso el volumen de las Escrituras).
Un testimonio tiene por qué ser exhaustivo, o por lo menos lo suficientemente significativo, pues el valor de un testimonio radica en su credibilidad. Sólo si es creíble, merecerá la pena. Y para eso se da testimonio, para hacer creíble aquello de lo que se testifica. El testimonio de Juan, como el de cualquier otro evangelista, no pretende otra cosa que provocar la fe en Jesús (el protagonista de su relato) como Hijo y enviado del Padre. Ojalá que el testimonio de Juan no caiga en saco roto.
Act: