22 de Mayo
Viernes VII de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 22 mayo 2026
Meditación
El cap. 21 de Juan suele ser considerado entre los
estudiosos como un apéndice o añadido posterior elaborado por una mano
diferente a la del redactor del evangelio. No obstante, y aunque esto sea así,
sigue formando parte del relato evangélico, y tiene todas las garantías
eclesiales necesarias para ser considerado escritura inspirada.
El relator sitúa hoy el diálogo de Jesús con Pedro en el contexto de una aparición del Resucitado, algo que le da un carácter póstumo. Jesús se dirige a Pedro con una pregunta muy personal, tan personal que podía llegar a provocar su sonrojo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?
La pregunta singulariza al receptor no sólo como el hijo de Juan, sino también como el discípulo entre los discípulos. Parece como si Jesús esperase de Pedro un plus sobre los demás, un plus de entrega, de dedicación, de liderazgo, de amor.
Pedro, que seguramente se siente singularizado por la mirada y la exigencia de su Maestro, pero que es consciente de su propia historia (hecha de arranques entusiastas y de debilidades manifiestas), le responde afirmativa pero contenidamente: Si, Señor, tú sabes que te quiero.
No se atreve a más, pues su conciencia no se lo permite. Se sabe discípulo y amigo de Jesús; sabe que le quiere, pero no sabe de lo que será capaz por él. La experiencia de su fragilidad natural le hace ser cauto en la respuesta. Desde luego no sabría decir si su amor es mayor que el de los demás, porque ni conoce el amor de los demás, ni el alcance o la firmeza de su propio amor.
Si Jesús emplea el término me amas, que alude a un amor oblativo o dispuesto a la inmolación, Pedro responde con un término te quiero, más natural y asequible a la naturaleza humana. Pedro puede asegurar que le quiere, aunque lo que no sabe es si dispone de capacidad suficiente para sacrificar la vida por él.
A esa afirmación cautelosa del discípulo y amigo, Jesús
responde con un acto de confianza, depositando en él la responsabilidad del
cuidado pastoral de los que le serán encomendados: Apacienta mis corderos.
Los corderos son suyos, pero Jesús encomienda a Pedro su cuidado.
Aquí no se cierra, sin embargo, el diálogo. Hay una segunda pregunta que parece querer reafirmar al interlocutor en su propósito, y en ella ya no comparecen los demás como término comparativo con el que se pretendía medir el amor de Pedro. Jesús se limita a preguntarle: ¿Me amas? Y la respuesta del discípulo es la misma: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y de nuevo la encomienda responsable: Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez, como forzándole a hacer una triple afirmación de amor por contraste con aquella triple negación del encausado en los días de la Pasión, Jesús le pregunta: Simón, Hijo de Juan, ¿me quieres? Es decir, poniéndose en este caso Jesús al nivel de las anteriores respuestas de Pedro.
El evangelista señala que aquella insistencia del Señor, por saber si le quería, entristeció a Pedro, quizás porque le recordó su triple negación, y que el había dicho estar dispuesto a dar la vida por su Maestro no había sido capaz de demostrarle el amor que le tenía.
Este hecho, que en su momento hizo a Pedro derramar lágrimas de arrepentimiento, ahora le entristece, y le lleva al recuerdo de aquel acto de cobardía. Y su respuesta no puede ser más cauta y prudente: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
Pedro se sabe ante alguien que es capaz de penetrar en su interior mejor que nadie, que conoce su entero corazón y que debe saber, por consiguiente, si le ama realmente con un amor verdadero. Jesús sabe lo que es la naturaleza humana, piensa Pedro, y en concreto esta naturaleza que tiene delante, que es frágil y temerosa, y lo que puede dar de sí. Y si él lo sabe todo, ¿para qué seguir queriendo obtener respuestas?
Es el momento en el que Jesús concluye el
interrogatorio, con el mismo acto de confianza con el que le había obsequiado
ya a su discípulo, y otorgándole una responsabilidad mayor que la que él
mismo se atribuía. Y por eso, porque le supone esta capacidad de responder, le
encomienda el pastoreo de sus ovejas: Apacienta mis ovejas.
Para finalizar, añade Jesús una predicción que anticipa la muerte con la que Pedro habría de dar gloria a Dios: Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Jesús profetiza que el Pedro temeroso que no había sido capaz de dar testimonio de él, ante un grupo de sirvientes del palacio del sumo sacerdote, será finalmente mártir (es decir, será capaz de dar testimonio de él con la ofrenda de la propia vida).
La muerte de Pedro será, por tanto, la muerte de un testigo, y una muerte con la que se dará gloria a Dios. En ella, Pedro dará en favor de Jesús el testimonio que no dio durante su pasión, y ratificará que ha sido digno de pastorear las ovejas que el mismo Jesús le había encomendado, depositando en él su confianza.
De aquí se desprende una lección. Cuando el Señor deposita en alguien su confianza para realizar una determinada misión, le da al mismo tiempo la capacidad para llevarla a término, permitiéndole responder debidamente de ella.
Esta conciencia debe infundir confianza en todos aquellos que asumen tareas que le son encomendadas por Dios a través de sus intermediarios. A su vez, nos permite confiar en aquellos que Dios ha puesto en nuestro camino como pastores o guías espirituales.
Act: