15 de Febrero
Domingo VI Ordinario
Equipo de LiturgiaMeditación
El Sermón de la Montaña que recoge hoy Mateo es una síntesis de la más genuina sabiduría de Cristo, esa sabiduría de la que habla San Pablo como divina, misteriosa, escondida y predestinada por Dios para nuestra gloria. Y la gloria es eso que Dios ha preparado para los que lo aman, y que no podemos siquiera imaginar.
En este marco de mandamientos (lo que se dijo a los antiguos) se desenvuelve hoy el discurso de Jesús, que comienza con una aclaración ante posibles malentendidos: No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
Dicha actitud ante la ley judía (sábado, ayunos, purificaciones rituales...), y sus transgresiones (curaciones en sábado...) y permisiones (arrancar espigas en sábado, no lavarse las manos antes de comer, saltarse la ley del ayuno...), y su modo novedoso y revolucionario de interpretarla... podía dar a entender erróneamente que Jesús había venido a abolir la ley, y con la ley (lo más sagrado del judaísmo) también los profetas y el judaísmo mismo, en cuanto religión.
Pero no es lo que parece, y por eso Jesús afirma que no ha venido a abolir la tradición en la que ha nacido y crecido, sino a llevarla a su plenitud. No a destruir, sino a completar.
Con ello declara Jesús que la ley mosaica (y natural) sigue teniendo validez, al mismo tiempo que es perfectible (porque es imperfecta) y requiere una plenitud (que es la que ha venido a aportar él). De este modo, ratifica Jesús la idea de que el cristianismo (la novedad aportada) es plenitud del judaísmo, y que el NT no viene a destruir, sino a completar el AT.
Llevar a plenitud es conducir a la madurez, sacando a la luz toda la potencialidad encerrada en esa realidad. Es sacar a la luz lo más genuino y auténtico de algo, su espíritu (el del legislador) y aquello por lo que se dio, y aquello por lo que sigue teniendo vigencia y sigue siendo necesario para los hombres de todos los tiempos (los de entonces y los de ahora).
Jesús perfecciona la ley, no añadiendo una nueva ley sino desarrollando la ya existente, descalificando la interpretación errónea (como la que hacían los fariseos, a la hora de quedarse en lo accesorio, lo externo, lo insignificante, lo meramente legal) y subrayando lo importante (el amor, la misericordia, la justicia).
Porque lo que pretende la ley (y sus mandamientos) es fomentar la verdad, el amor, la misericordia y el perdón, y ésa es su letra y su espíritu. De ahí el interés de Jesús por que se cumpla hasta la última letra o tilde de la ley. De ahí que se tome al pie de la letra los mandamientos de la ley de Dios (no matarás, no cometerás adulterio, no permitirás que tu ojo te escandalicen, no jurarás en falso...) y que proponga un modo nuevo (el cristiano) de interpretarlos. Lo que Jesús añade (pero yo os digo) es un modo de interpretar el mandamiento (no matarás): su modo, el modo cristiano.
El no matarás, por ejemplo, no obliga únicamente a no atentar contra la vida humana (en cualquier estado o edad en que se encuentre), sino también a no hacer con la vida lo que nos viniera en gana, como si fuéramos sus dueños absolutos. De ahí que obligue también a no insultar.
No insultar indica no herir o rebajar la dignidad de alguien. Pero también implica no deteriorarla con la afrenta, el daño, la mutilación o la agresión. Implica no difamarla con la ofensa, la calumnia o la maledicencia. Implica no despreciarla o avergonzarla, ni arruinarla física o mentalmente, ni escandalizarla o inducirla a hacer el mal. Implica prestarle el auxilio debido, protegerla y cuidarla en situación de debilidad o desamparo. Esto es llevar la ley no matarás a su plenitud.
Además, el precepto referido al prójimo va de tal manera ligado a la obligación religiosa de dar culto a Dios, que no es separable de ésta, así como condiciona el valor de nuestra misma ofrenda cultual. Por eso, si cuando vas a poner tu ofrenda ante el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano.
La ofrenda puede esperar, pero el hermano quizás no. Y a Dios no le agradan ciertas ofrendas, como las manchadas, las que no son expresión de amor y obediencia, las que no brotan de corazones reconciliados. La ofrenda que no tiene su fuente inspiradora en la unión con Dios y con los hermanos, por tanto, no puede ser ofrenda de comunión.
Cuidar de la vida desprotegida está al alcance de nuestros cuidados, y es una exigencia del mandamiento que dice no matarás. Esta es la vertiente positiva del mandamiento, que muy bien podría formularse tanto no matarás como sí protegerás la vida.
Pongamos en la mesa de nuestro ofertorio, en unión con la ofrenda de Cristo, ese poco de que disponemos. Así, sumado nuestro poco a otros pocos, haremos mucho, y nuestra ofrenda será más agradable a Dios. También nosotros necesitamos reconciliarnos con los desamparados del mundo, porque puede que ellos tengan realmente quejas contra nosotros.
Act: