10 de Mayo

Domingo VI de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 mayo 20
26

Meditación

         Una de las peores sensaciones del ser humano en esta vida es la de sentirse desamparado. Un recién nacido no lo resistiría, y los huérfanos de padre y madre que no han tenido a nadie que haga sus veces, se resienten siempre de esta carencia.

         Algunos filósofos han llegado a poner en esta experiencia de orfandad el sustento de la creencia religiosa, como si la religión viniera a suplir ciertas carencias y colmara la necesidad de amparo que siente el hombre en su situación de desamparo (sobre todo cuando se ve perdido como un minúsculo grano de arena en la inmensidad del universo sin encontrar respuesta a su aparición en él).

         Pues bien, Jesús sabe que sus discípulos van a quedar en una situación semejante tras su muerte, y por eso les consuela hoy antes de que eso suceda, con palabras que añaden también una promesa: No os dejaré huérfanos, volveré. Es decir: Os dejaré, pero no desamparados; no tendréis mi presencia visible, pero me seguiréis teniendo, y conmigo, mi amparo.

         Pero hay más, porque Jesús añade: El mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis de esa presencia oculta y misteriosa, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. Así que ¿cómo sentirnos desamparados con la certeza de que Cristo está con el Padre, y que nosotros estamos con él, y él con nosotros?

         Con semejante compañía no podemos sentirnos solos, por muy solos que nos deje el mundo o por muy insignificantes que nos haga sentirnos la inmensidad del universo. Y estando con el Padre, tras su resurrección de entre los muertos, Cristo sigue viviendo esa vida (eterna) de la que nos hace partícipes también a nosotros.

         Pero la presencia resucitada y gloriosa de Jesús, que no nos permite sentirnos desamparados, va ligada a otra presencia que se hace depender de su ascensión (o ausencia visible). Es la presencia y acompañamiento del otro defensor, de ese que estará siempre con nosotros como Espíritu de la verdad y como Defensor: un Espíritu que no permitirá el extravío de su Iglesia por caminos de mentira, y que la defenderá de quienes buscan su perdición o destrucción.

         Muy pronto, este Espíritu Santo empezó a dar muestras de su presencia activa, a través de la fuerza que imprimía en los apóstoles, de la salud que otorgaba a los enfermos, de los lazos de unidad que creaba entre los creyentes, del entusiasmo y ardor que infundía en los testigos del Resucitado, de las palabras luminosas que ponía en labios de los evangelizadores, de las obras benéficas que destilaban de las manos de los taumaturgos.

         De esta actividad promovida y sostenida por el Espíritu da buena cuenta el libro de los Hechos. Porque si la gente escuchaba con aprobación lo que decía Felipe (el diácono) es porque habían oído hablar de los signos que hacía. Más aún, porque veían tales signos: curaciones de poseídos, paralíticos y lisiados.

         Eran éstos sólo signos, pero signos que permitían ver la acción del Espíritu de Dios y que provocaban el asentimiento de la fe. El resultado de aquella evangelización es que la ciudad se llenó de alegría; pues la alegría es fruto abundante del Espíritu. Ello explica que la ausencia de alegría, en un lugar, se entienda como signo de la no presencia del Espíritu en ese lugar.

         La acción (fructuosa) de Felipe en Samaria llamó de tal manera la atención de los apóstoles, que enviaron a Pedro y a Juan para que confirmaran con su autoridad lo hecho por este simple diácono con la fuerza del Espíritu. Y Pedro y Juan oraron e impusieron las manos sobre los bautizados por Felipe, para que recibieran el Espíritu Santo.

         Éste era su don más valioso, y su mayor riqueza. Pues por él hablaban, de él y con él vivían, él les movía y les inspiraba, con él tomaban decisiones, de él disponían y para él estaban disponibles. ¿En qué lugar de nuestra acción evangelizadora ha quedado el Espíritu? ¿Y por qué es tan escaso el fruto de nuestra evangelización?

         Es verdad que la cosecha de esta siembra no es del todo evaluable, pero por lo que podemos apreciar, no parece que nuestra labor sea muy eficaz. ¿Será que nuestro protagonismo o nuestra indolencia no dejan espacio a la actuación del Espíritu?

         En cualquier caso, tenemos que estar siempre prontos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere, porque si no lo estamos, podemos estar enviando un mensaje de desesperanza o de poco aprecio por lo que es objeto de nuestra esperanza.

         Pero no basta con dar razón de nuestra esperanza, sino que hemos de hacerlo de un determinado modo: con mansedumbre, respeto y buena conciencia. Para dar razón de una esperanza hay que tener ambas cosas: esperanza (y por tanto fe) y razón. Tanto la fe de los demás como la propia piden razones, esas razones por las que creemos lo que creemos y somos lo que somos. Nuestra fe no es una fe des-razonada, y por eso no es extraño que nos pidan y nos pidamos razones.

         Esto sólo es posible en un marco de respeto, mansedumbre y recta conciencia. Y fuera de este ámbito de racionalidad se desvanecen las razones. Para dar razón de nuestra esperanza tendremos que razonar, pensar, estudiar, preguntar, responder... y pedir la iluminación del Espíritu de la verdad.

         San Pablo nos muestra así un camino de evangelización muy adecuado al hombre de todos los tiempos: dar razón de aquello en lo que creemos y esperamos, de aquello que practicamos, de aquellos que somos, en la medida en que nos sea posible.

 Act: 10/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A