16 de Mayo
Sábado VI de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 16 mayo 2026
Meditación
Nos dice hoy Jesús que si pedís algo al Padre en mi nombre, él os lo dará. Pues hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Por tanto, concluye Jesús, pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa.
El contexto de estas palabras concede a éstas un valor testamentario, pues se enmarcan en los anuncios de despedida: Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y me voy al Padre.
En este contexto, invita Jesús a pedir al Padre de los dones, en su nombre. La oración de petición está muy presente en los evangelios, como ya había dicho Jesús: Pedid al Señor de la mies, que mande obreros a su mies; pedid y recibiréis; cuando oréis, decid: venga a nosotros tu reino, danos el pan de cada día, perdona nuestras ofensas, líbranos del mal.
La oración que Jesús enseñó a sus discípulos (el Padrenuestro, a petición de estos), fue en sus dos terceras partes una oración de petición. Y el mismo Jesús dio acogida y respuesta a las peticiones de muchos indigentes y menesterosos, aquejados de todo tipo de males que no hacían otra cosa que seguir su consigna: Pedid y recibiréis.
Pero no se trata de pedir sin mirar a quién, sino de pedir al que puede dar, al Dios que nos ha creado por amor y a quien nos lo ha dado todo con su Hijo, al Dios que es fuente de todo don. Es lo que había recordado Jesús: Si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuanto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!
No nos equivoquemos de puerta al llamar, ni de destinatario al pedir, porque él debe ser el destinatario de nuestras peticiones. Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará, nos asegura Jesús. La recepción del don se hace depender de una sola condición: que pidamos al Padre en nombre de Jesús.
Pero ¿qué significa esto de pedir en su nombre? ¿Significa tal vez añadir a nuestra petición una fórmula conclusiva, como la que utilizamos en la liturgia oficial de la Iglesia: Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos? ¿Bastará con este broche para poder afirmar que hemos pedido en el nombre de Jesús?
No me lo parece. De hecho, la fórmula que cierra nuestras oraciones litúrgicas ponen broche a un contenido, a una petición que tiene que estar en sintonía con la voluntad de aquel en cuyo nombre pedimos. Se supone que las oraciones de la Iglesia lo están, pero nuestras peticiones particulares pueden no estarlo.
Hay cosas que no podemos pedir en nombre de Jesús, como que baje fuego del cielo para que arrase a todos nuestros opositores. Esto es lo que le propusieron a Jesús sus discípulos a su paso por Samaria, donde no eran bien recibidos. Como les dijo el mismo Jesús en esa situación, ellos no eran conscientes del espíritu que les inspiraba ese deseo.
Hay peticiones, por tanto, que no encontrarían respuesta satisfactoria por no ser del agrado de aquel en cuyo nombre se hacen. Pedir en nombre de Jesús es pedir como representantes suyos, como portadores y transmisores de su voluntad. Si esto es así, no podemos pedir en su nombre cosas que van contra esa voluntad.
Esto no significa que tengamos que reducir nuestras peticiones al ámbito de los bienes espirituales, como el don de la paciencia o de la castidad. También podemos pedir cosas materiales, o las referidas a nuestro estado de salud física y mental (como la curación de una enfermedad o el pan nuestro de cada día).
Pero tales peticiones hemos de hacerlas siempre en modo condicionado (si tal es su voluntad), porque no podemos tener nunca la certeza de que esa sea la voluntad de Dios en nuestra circunstancia particular.
En lo que no caben equívocos, ni desviaciones, es en la petición de esos bienes, que están incluidos en la misma promesa divina. Si Dios promete darnos la vida eterna, hemos de pedirla sin miedo a equivocarnos y sin resultar presuntuosos.
Hasta ahora, nos dice Jesús, no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Tener a alguien que nos escucha ya es un gran motivo de alegría, y si ese alguien es nuestro Dios y Padre, con mucha mayor razón. Si recibimos de él lo que le hemos pedido, nuestra alegría será realmente completa.
Pedir en su nombre parece indicar que podemos recurrir a él como abogado e intercesor ante el Padre. No obstante, Jesús aclara que el Padre mismo os quiere. Es decir, que no es que tengamos que acudir a su intercesión para vencer las resistencias de un Dios impasible y difícil de doblegar, pues la voluntad del Padre es amorosa y sensible a las necesidades de sus hijos, y se complace dando respuesta a sus peticiones.
Dios Padre nos quiere por sí mismo. Pero también es verdad que nos quiere porque nosotros queremos a su Hijo y creemos que él salió de Dios. Al fin y al cabo, si somos hijos de Dios, y podemos dirigirnos a él llamándole Padre, es por el Hijo, pues somos hijos en el Hijo, algo que requiere fe en él y en su generación o salida filial del Padre.
Act:
16/05/26
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