22 de Marzo
Domingo V de Cuaresma
Equipo de LiturgiaMeditación
El relato evangélico de hoy nos presenta el pasaje de la muerte y resurrección de Lázaro, como anticipo de los relatos pascuales. Lázaro, hermano de Marta y María, era amigo de Jesús, y cae enfermo en Betania (Judea).
Jesús, que se encontraba entonces en Galilea, recibe con serenidad la noticia de la enfermedad mortal de Lázaro. Los apóstoles, en cambio, tiemblan ante la sola idea de tener que bajar a Judea, pues allí el peligro es mayor, dada la cercanía de Jerusalén, del templo y del Sanedrín (en el que se había puesto precio a la cabeza de Jesús).
Sólo cuando Lázaro ha muerto, decide entonces Jesús marchar a Betania, pues también esta enfermedad y muerte se revelarán ocasión propicia para manifestar la gloria de Dios. Los apóstoles, temerosos, dudan entre seguirle o no, aunque finalmente toman una decisión: Vayamos también nosotros, y muramos con él.
Llegados a Betania, Jesús y sus discípulos encuentran a las hermanas de Lázaro, que están llorando desconsoladas y que, con suavidad, reprochan a Jesús su tardanza: Si hubieras estado aquí, no habría muerto nuestro hermano.
Pero la hora de Jesús no necesariamente coincide con la de sus amigas, ni con la nuestra. Él interviene cuando lo cree oportuno y conforme lo cree oportuno y no buscando otro fin que la gloria de Dios. Pero hay quienes se suman al reproche de las hermanas de Lázaro con críticas acerbas: Salvó a otros, y nada hizo por salvar a su amigo.
El mismo Jesús se emociona y llora ante la tumba del amigo fallecido, con un llanto espontáneo pero esperanzado: El que cree en mí, no morirá jamás. Llega el momento y Jesús pronuncia su palabra imperativa, la que crea y recrea, la que devuelve la salud y la vida: Lázaro, ven afuera. Y se produce lo inesperado: la reanimación, la resurrección del muerto.
Se cumplen así las palabras proféticas de Ezequiel: Yo mismo abriré vuestros sepulcros. De este modo, Jesús silencia los reproches de los amigos y las críticas de los enemigos. Y muchos, al ver lo sucedido, creyeron en él y en lo que había dicho: Yo soy la resurrección y la vida, y el que cree en mí (aunque muera) no morirá para siempre.
Lázaro murió, y muerto estaba cuando Jesús lo mandó salir de la tumba. Y volvió morir, puesto que su resurrección fue una simple vuelta a la vida mortal. Pero su muerte no fue un morir para siempre. Para demostrar que hay un poder superior al poder de la muerte, Jesús hizo que Lázaro retornara a la vida, como retorno temporal y signo de la victoria definitiva sobre la muerte, que él mismo manifestará con su propia resurrección de entre los muertos.
A nosotros se nos pide que creamos no sólo en la vuelta a la vida de un cadáver que llevaba ya enterrado 4 días, sino en la resurrección definitiva que nos rescatará definitivamente de la muerte, ésa a la que se refiere San Pablo cuando proclama: El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también nuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
¿Quién puede dudar de la mortalidad de unos cuerpos tan frágiles, tan expuestos al deterioro y tan sujetos a la corrupción? Sin embargo, tales cuerpos podrán ser vivificados por el Espíritu que los habita. Una proclamación nos lleva a otra: si Jesús es la resurrección y la vida, disponemos del antídoto contra la muerte; moriremos, sí, pero no para siempre.
Esta es la fe que ha mantenido siempre la Iglesia frente a todo tipo de ideologías, mitologías y escepticismos, frente a los que afirman que somos pura materia y que tras la muerte no quedará de nosotros sino un resto de polvo o ceniza confundido con la materia inorgánica.
Esta es la fe de la Iglesia, frente a los que piensan en la supervivencia del principio espiritual que nos anima (el alma), un principio de carácter imperecedero que se mantendría a salvo de la destrucción causada por la muerte en nuestro cuerpo. O frente a los que imaginan sucesivas reencarnaciones del alma (metempsicosis) en diferentes organismos corporales, incluso de carácter irracional, hasta hacerse merecedora de un destino incorpóreo.
O también frente a los que conciben la muerte como el retorno al pléroma espiritual (donde no hay espacio para la materia, ni la pasión) del que salieron en razón del pecado primordial de la madre (sophia achamoc) que les engendró. Incluso frente a los que persiguen la inmortalidad por la vida generacional o por otros cauces como la memoria colectiva o el volcado informático del cerebro. Es decir, frente a los que pretenden inmortalizarse en los hijos, en la fama, en la obra de arte o en la digitalización informática.
La fe cristiana es fe en la resurrección de la carne hecha realidad anticipada en la resurrección de Jesús, primicias de la nueva humanidad. Pero ante fenómeno tan extraordinario de transformación se desatan todo tipo de interrogantes que se blanden como verdaderas objeciones.
Ya daba cuentas de ellos una obra tan antigua como el De Resurrectione de Atenágoras de Atenas, que a propósito de los cuerpos resucitados no ocultaba las preguntas que se hacía el vulgo: ¿Resucitaremos con el mismo cuerpo (en edad) con el que morimos?
¿Y qué pasará con esos cuerpos arrojados al mar o abandonados en los campos de batalla y devorados por los peces o las fieras que acaban formando parte de la cadena alimentaria de animales y humanos? ¿Cómo separar las partes asimiladas de las asimiladoras y a su vez asimiladas por otros? ¿Y cómo recomponer un cuerpo reducido a cenizas?
Ya San Pablo recurría al símil de la planta que brota de la semilla (grano) enterrada para explicar el fenómeno de la resurrección. Otros fenómenos de la naturaleza vegetal o animal como el de la célula germinal que acaba convirtiéndose en un organismo adulto o el del gusano que se transforma en mariposa se han presentado como recursos explicativos para ayudarnos a comprender esta realidad de carácter sobrenatural.
En cualquier caso, y por mucho que sea nuestro interés por comprender realidades que escapan a nuestro control, hay un momento en que hemos de dejar en suspenso las preguntas y concentrar nuestra atención únicamente en el Dios creador y en su poder.
¿O es que el que nos ha creado de la nada no podrá recrearnos desde esa nada de polvo y ceniza a la que nos vemos reducidos con la muerte y la corrupción inherente a ella? ¿Acaso el que ha tenido poder para dar ser a lo que no es no lo tendrá para dar vida a lo que ha muerto?
¿O es que el que nos ha construido desde una instrucción genética (DNI) contenida en el núcleo de una célula no va a ser capaz de reconstruirnos a partir de la reliquia más minúscula? Son preguntas que no dejan alternativa en la respuesta.
Pues bien, los cristianos, que profesamos la fe en la resurrección de la carne, hemos de vivir, ya desde ahora, como resucitados. En cierto modo (en modo germinal) ya hemos renacido a la vida de Dios en nuestro bautismo. Allí recibimos la semilla de la inmortalidad, el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos.
Sólo queda que él complete su tarea en todos los salvados. Pero si vivimos ya la nueva vida de los resucitados con Cristo, hemos de vivir con ánimo de vencedores, sea cuales fueren las circunstancias de nuestra vida.
Así se acercaban los mártires al martirio: deseosos de recibir el laurel de la victoria sobre el mundo (un mundo hostil), la carne, el demonio y la muerte.
Fundados en esta fe, desaparecerán muchos miedos de nuestro horizonte. Lloraremos a nuestros difuntos, pero sin perder la esperanza. Nos sentiremos más desprendidos de lo que nos ata a este mundo (placeres, proyectos, afanes) y más libres para el bien. Estaremos en mejor disposición para encajar las contrariedades de la vida (desgracias, fracasos, desprecios, traiciones). Digamos, conscientes de ello: Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.
Act: