8 de Febrero
Domingo V Ordinario
Equipo de LiturgiaMeditación
Cuando vine a vosotros, recuerda hoy San Pablo a los corintios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, sino que me presenté a vosotros débil y temeroso.
Este modo de presentarse, tan común entre predicadores que son conscientes de su ignorancia, tiene una ventaja: que no se apoyan en la sabiduría de los hombres (frágil e incierta) sino en el poder de Dios. Y de paso, hace venir de Dios el testimonio que ellos están ofreciendo a los demás, para que éstos crean. Es lo que pudo verse en la predicación de Jesús, y en la suya propia del apóstol Pablo.
Vosotros sois la sal de la tierra, nos dice hoy también Jesús, que poco después añade: Vosotros sois la luz del mundo. Pero no somos sal de la tierra y luz del mundo únicamente por nuestra condición de hombres (o seres racionales), sino por nuestra condición de discípulos o personas insertadas en aquel que ha venido como luz del mundo, sin sombra de oscuridad.
Si eso es así, de Jesús es de quien recibimos la capacidad crística de sazonar, conservar e iluminar. Pero la recibimos si no cortamos el suministro o la energía que la sostiene, si nos mantenemos unidos (como el sarmiento a la vid) a él, y si nos surtimos de su sal y de su luz (llegada incesantemente a nosotros a través del envase de su palabra y de sus sacramentos).
La sal tiene la doble función de sazonar y de conservar los alimentos. Y sin ella, éstos se vuelven insípidos o se corrompen, hasta que finalmente se hacen incomestibles. La luz tiene la función primordial de iluminar, pero también de dar calor. Tan importante es la luz que sin ella no podríamos ver (aun disponiendo de ojos), ni distinguir unas cosas de otras, ni sortear los peligros y las barreras físicas, ni encaminar nuestros pasos hacia una determinada meta.
Las imágenes que emplea Jesús para caracterizar nuestra condición de cristianos son extraordinariamente fecundas, pues ¿qué sucede cuando la sal se vuelve sosa, algo que puede suceder por difícil que parezca? Que ya no sirve para nada, puesto que ha perdido su doble función de sazonar y de conservar.
La sal que ha perdido su virtualidad (y por tanto, su funcionalidad), ya no se puede salar, y sólo se puede sustituir por otra (dado que dejó de ser lo que era, y murió). El punto (bombilla o foco) que ha dejado de arrojar luz, o que ha dejado de iluminar, también es un punto muerto que ha perdido toda su potencia. Desde ese mismo instante, en que deja de brillar, se convierte en algo inservible, digno de ser arrojado al contenedor de la basura.
Eso podemos llegar a ser los cristianos, si perdemos nuestra capacidad de iluminar o de sazonar el mundo. Y para eso basta simplemente con perder el contacto con esa fuente lumínica o saladora que es Cristo, o con asimilarnos a la insipidez o a la oscuridad de nuestro mundo.
Y esto porque, al vivir en un mundo (espacio vital, lenguaje, cultura, sensibilidad, corrientes de opinión, tecnología, política, medios de comunicación...) del que inevitablemente formamos parte, corremos el riesgo de asimilarnos a él y de ser absorbidos por él, hasta el punto de acabar perdiendo nuestra capacidad de ser sal y luz en él y para él.
Cuando esto sucede, es que se ha hecho realidad la sentencia de Jesús: que la sal (que él ha dejado en el mundo) se ha vuelto sosa, y que la luz (entregada para ser puesta en el candelero) ha dejado de iluminar, o bien porque se ha apagado por falta de suministro, o bien porque se ha ocultado debajo del celemín o en el interior de las sacristías. En semejante estado, un cristiano no sirve para nada.
Cuando eso sucede, el mundo se va corrompiendo más y más, y va perdiendo su sabor cristiano y humano, y va decreciendo en humanidad y va ganando en insensibilidad para los que van quedando al margen (en las cunetas de la vida), como los pobres, emigrantes, familias desestructuradas, concebidos no nacidos, ancianos, despedidos del trabajo, inadaptados, víctimas de maltratos...
Cuando eso sucede, al mundo le van creciendo formas diversas de inhumanidad, en su versión de comportamientos patológicos, de una madre que mata a sus hijos; de un adulto que abusa sexualmente de un niño... Y se multiplica la delincuencia y el crimen organizado. Con ello, se van extendiendo en el mundo las zonas de oscuridad, de modo que ya no se sabe distinguir el bien del mal, se confunde la legalidad y la justicia, o se animaliza el matrimonio.
Cuando eso sucede, la oscuridad va envolviendo al mundo en la nube del escepticismo, hasta el punto de no hacer posible distinguir ya entre la verdad y la mentira. Y todo ello, por efecto de la ausencia de luz.
Pues bien, en semejante situación las palabras de Jesús adquieren una relevancia especial. Más aún, adquieren el tono de las cosas urgentes: Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
Las palabras pueden perder su capacidad de iluminar cuando ofrecen poco crédito, cuando están faltas de coherencia, cuando no son expresión de una vida llena o cuando suenan vacías. Sobre todo, porque no han quedado corroboradas por las obras, expuestas al juicio no sólo del que oye, sino del que ve. Las obras, por tanto, han de ir de la mano a las palabras a la hora de arrojar luz, o incluso por sí mismas.
Es lo que nos dice Jesús: Alumbrad con vuestras buenas obras, porque las buenas obras alumbran y se distinguen de las malas, y siempre serán recibidas como buenas por todos aquellos que conservan una mínima capacidad de juicio y discernimiento moral. Ya lo decía el profeta: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne. ¿Y quién puede decir que éstas no son obras buenas?
Es verdad que habrá que tener en cuenta la motivación (o motivaciones). Pero la luz que ha de irradiarse ha de llevar la marca de la bondad. Cuando hagas esto, recuerda la Escritura, romperá tu luz como la aurora, e iluminarás a los hombres para que abran sus ojos a la luz. Y te seguirá la gloria del Señor, porque, por tu medio, darán gloria a Dios. En tus obras habrán percibido un reflejo de la bondad (gloria) de Dios, y se volverán a él para glorificarlo.
Entonces podrás clamar al Señor, y él te responderá "aquí estoy", contigo y para ti: aquí estoy para servirte. Cuando esto hagas (cuando destierres de ti el gesto amenazador, y sacies el estómago del indigente) brillará tu luz en la tiniebla (de ese mundo entenebrecido por la maldad). Y al brillar tu luz, iluminarás. No sabemos en qué radio de acción, pero iluminarás. Y esto es lo que importa: seguir siendo luz, a la medida del don de Cristo.
Act: