3 de Mayo
Domingo V de Pascua
Equipo de LiturgiaMeditación
No perdáis la calma, hemos escuchado en el pasaje evangélico de hoy, de boca de un Jesús que continúa diciendo: Creed en Dios y creed también en mí.
La vida nos reserva muchos momentos en los que podemos perder la calma habitual, a través de noticias alarmantes, sorpresas desagradables, amenazas para la propia vida o la de nuestros hijos... Y puede incluso que esa pérdida se convierta en un estado más o menos persistente (o quizás enfermizo) de intranquilidad.
En semejante situación, necesitamos recuperar la confianza, porque sólo la confianza, o su equivalente (la fe), puede hacernos recobrar la calma. Pero una confianza suficientemente afianzada, que no se nos derrumbe con facilidad, sólo puede ser aportada por Dios, el único que está por encima de todo y que es Señor de toda circunstancia (por adversa que ésta sea).
Por tanto, dice Jesús, creed en Dios y en mí, pues yo os he dado a conocer a este Dios, y os he hablado de él para que os mantengáis confiados. Confiad en Dios y recuperaréis la paz, y mantendréis o recobraréis la calma.
Jesús se va, y ésta es la noticia que ha sembrado el desconcierto entre sus discípulos, haciéndoles perder la calma. Y es que hay despedidas que provocan este efecto, porque dejan huérfanos, o desvalidos, o solos. Pero el mismo Jesús que se despide, les devuelve la confianza, porque volverá: Me voy, pero volveré para llevaros conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros, pues también para vosotros hay sitio, y en la casa de mi Padre hay muchas estancias.
El Padre tiene casa (quizás porque no se concibe a nadie sin estancia, o lugar en que desarrolla su vida), y no sólo para él sino también para sus criaturas e hijos (para nosotros). Su casa es, pues, casa de acogida, en la que caben muchos (puesto que hay muchas estancias) y todos aquellos a quienes Jesús prepara sitio (sus amigos, conocidos, discípulos, redimidos...).
Esta casa, o lugar en el que habita el Dios que lo llena todo con su presencia amorosa, y en el que Cristo nos espera (puesto que nos ha precedido), es el lugar del reposo, de la plenitud, de la paz sin turbaciones, de la vida sin deficiencias ni carencias, de la felicidad sin límites. Y como toda casa habitable, también ésta tiene su camino, o vía por la que se accede a ella.
Jesús da por supuesto que sus discípulos ya conocen este camino. Pero la pregunta de Tomás revela que aún lo ignoran: Si no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino? Y es cierto, para saber qué camino seguir es preciso conocer el lugar al que se quiere llegar (la meta).
El lugar de destino, la casa del Padre, permanece en gran medida desconocido. Aun así, el camino nos ha sido mostrado con claridad, porque el camino es el mismo Jesús en su existencia encarnada. Jesús es camino con su enseñanza, pues su hablar y obrar iluminan nuestro camino de acceso a Dios. Y lo es con su vida misma, pues su recorrido existencial es un camino a seguir para toda existencia humana.
Su modo de vivir y de tratar a los demás, su modo de relacionarse con Dios, su modo de prescindir de cosas prescindibles, su modo de apreciar lo importante y de despreciar lo que no merece aprecio, su modo de afrontar la persecución y la muerte... es un camino imitable, un camino a seguir que conduce a Dios, y a la casa en la que habitan la verdad y la vida en su plenitud.
Nadie va al Padre sino por mí, nos dice Jesús. Porque él es el camino verdadero, el que realmente conduce a la meta en la que encontramos la verdad y la vida. ¿Y a qué otra cosa aspiramos que a encontrarnos con la verdad y la vida?
Nos encontraremos con ellas al encontrarnos con Dios, que es la verdad y la vida. Pero, puesto que el que ve a Jesús ve al Padre, el encuentro (y conocimiento) con Jesús será ya un anticipo provisional y limitado de nuestro encuentro con la verdad y con la vida. Que esto nos mantenga esperanzados.
Act: