12 de Febrero

Jueves V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 12 febrero 2026

Meditación

         El Dios creador del universo, infinitamente compasivo y misericordioso, no puede sino tener compasión de todos, incluso de los extraños y extranjeros. En realidad, para Dios no hay extranjeros, y ninguna criatura le puede ser extraña, aunque haya quienes puedan extrañarse (o alejarse) de él.

         Así lo confirma hoy en el evangelio Jesucristo, teniendo misericordia de aquella mujer cananea que le suplica hasta el extremo de soportar una gran humillación. Todos estamos llamados a la salvación, y nadie es excluido salvo el que quiera excluirse.

         El pasaje evangélico de hoy ilustra bien esta idea. Nadie está excluido de la misericordia divina, aunque a veces Dios se haga rogar para probar la fe e incrementar su humildad. Jesús sale del escenario habitual de su actividad, quizás buscando descanso en un país vecino donde pueda pasar desapercibido. De hecho, el evangelista nos dice que se retiró al país de Tiro y Sidón.

         Pero ni siquiera en este país extraño (la antigua Fenicia) pasa Jesús desapercibido, pues una mujer (cananea) les sale al encuentro, como solía suceder en su querida Galilea (donde tantos enfermos y leprosos se presentaban a Jesús, en el momento más inoportuno implorando su compasión).

         En este caso, la mujer que implora compasión no es para sí misma (al no estar enferma), sino para su hija (que tiene un demonio muy malo), aunque el beneficio de su hija sea su propio beneficio. Por eso pide compasión para sí (Señor, socórreme), porque ella está sufriendo el sufrimiento de su propia hija, y la liberación (= curación) de su hija será su propia liberación.

         La primera respuesta de Jesús es una ausencia de respuesta. Es decir, Jesús responde con la indiferencia o una aparente insensibilidad, haciendo como que no oye. Pero ella insiste en su reclamo, hasta el punto de que sus discípulos, ya molestos, le dicen: Atiéndela, que viene detrás gritando.

         Aquí sí hay respuesta por parte de Jesús, pero una respuesta displicente y excluyente: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, como viniendo a decir: Ni yo estoy en Israel, ni esa mujer que grita es israelita.

         Pero ella les alcanza, se arrodilla ante él en un gesto de humillación, y le suplica: Señor, socórreme. Y la displicencia de Jesús se hace ahora humillante y ofensiva, pues la compara (en plural) con perros que no tienen derecho al pan de los hijos.

         Ella acepta el desafío y la humillación, y le contesta: Está bien, somos perros. Pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Es decir, no tenemos derecho al pan de los hijos, pero podemos al menos comernos las migajas que caen de su mesa. ¡Qué alarde de fe y de humildad el de esta mujer!

         Jesús se deja vencer por esta grandeza y humildad, y por eso, porque ha superado la prueba, le otorga el premio de los vencedores: Que se cumpla lo que deseas. Es lo que oyó aquella mujer, que vio su deseo cumplido porque había dado muestras de mantener la fe en la dificultad.

         A partir de este momento, hasta el cual Jesús sólo ha venido a las ovejas descarriadas de Israel, Jesús empieza a darse a conocer por otras partes no israelitas de la humanidad, a lo largo de países extranjeros.

         Con ello, la misericordia de Dios se universaliza, y los extraños de antaño podrán incorporarse a la alianza, y acceder al monte santo, y ofrecer sacrificios aceptos a Dios, y formar parte de esa casa (universal) de oración en la que nadie será excluido.

         Es lo que recordará San Pablo, sobre los que en otro tiempo eran ajenos a la llamada de Dios, y ahora son obedientes por la fe. Tampoco los judíos quedarán encerrados en su obstinación y desobediencia, puesto que los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Dios seguirá llamando tanto a unos como a otros, para tener misericordia de todos.

         Pero ésta se hará efectiva en diferentes modos o por diferentes caminos: por el camino de la humillación (el más universal) que suele ir acompañado de sufrimiento, por el camino de la carencia, o también de la abundancia (aunque éste puede ser el más equívoco); acudiendo de inmediato, haciéndose rogar y esperar, por la senda del descalabro del pecado y del perdón que pasa por el arrepentimiento.

         En fin, que de lo que se trata es de venir a la obediencia de la fe, por muy tenebrosas que sean las regiones de la desobediencia de las que procedemos. Ojalá podamos oír de sus labios algún día: ¡Qué grande es tu fe!

 Act: 12/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A