7 de Mayo

Jueves V de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 7 mayo 2026

Meditación

         Escuchamos hoy en el evangelio que Jesús dijo a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

         "Permanecer en el amor" de alguien es permanecer amando o haciendo permanentemente presente el amor que se tiene a esa persona. Es, por tanto, dar continuidad o durabilidad a ese amor. Pero para eso se requiere voluntad, en el empeño constante por mantener vivo ese amor. Y una vigilancia similar a la que precisa el mantenimiento de una hoguera.

         En efecto, para mantener encendido un fuego es necesario estar suministrando combustible constantemente. Pues eso mismo requiere también el amor, o la permanencia en el amor. Por eso Jesús añade algo más: para permanecer en su amor es imprescindible guardar sus mandamientos.

         El mandamiento es, en su origen, expresión de una voluntad, la voluntad del que manda. Y todo mandamiento expresa el querer de alguien. Si este querer es el de alguien que sabe lo que quiere, que nos quiere bien, y que quiere nuestro bien, no hemos de tener ningún recelo hacia su mandamiento. Al contrario, hemos de recibirlo como una manifestación más de su amor, pues su voluntad amorosa la hemos captado perfectamente.

         Desear corresponder a esta voluntad guardando sus mandamientos (confiando en ellos como guías seguros para conducirse en la vida, y esforzándose por ajustarse a ellos) es también una expresión de amor, como respuesta agradecida al amor con el que hemos sido obsequiados. Guardar sus mandamientos puede ser algo más, pues, que cumplir sus mandamientos. La acción de guardar connota aprecio por aquello que se guarda, como custodiar un tesoro o un regalo por el que sentimos gran estima.

         De igual manera, este empeño por cumplir y guardar su voluntad, agradándole en todo y acogiendo con gratitud cuanto procede de él, nos permitirá permanecer en su amor, no simplemente por haberle amado o amarle alguna vez, sino por permanecer en su amor, permanecer en-amor-ados, que es un mutuo permanecer de él en nosotros y de nosotros en él.

         ¿Y para qué toda esta locución? Para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. No hay alegría más rica en nutrientes que la alegría que se vive en el amor y que procede de él. Es la experiencia del amor la que proporciona alegría.

         No hay nada más triste que la sensación de desamor, de no sentirse amado. Y nada proporciona más alegría que sentirse amado. Pero cuando al amor no se corresponde con amor, éste se puede agotar. Sólo el amor de Dios es inagotable como su propia infinitud.

         Pero hasta ese amor puede revelarse finalmente infructuoso si no logra captar nuestra correspondencia amorosa. Jesús nos ha revelado este misterio de amor que brota incesantemente en la cima más alta, porque quiere transmitirnos la alegría que él mismo experimenta al acogerlo, quiere que esa alegría que está en él esté también en nosotros y quiere que un día ese amor llegue a su plenitud (ya que en el tránsito por esta vida nada tiene plenitud, y todo está en camino de realización).

         No obstante, la plenitud aguarda a las cosas más hermosas de nuestra existencia, y ese proceso de espera puede ir sanando nuestra incompleción y deficiencias. Que el Señor nos conceda vivir y alcanzar esta alegría que es fruto maduro del amor.

 Act: 07/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A