4 de Mayo
Lunes V de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 mayo 2026
Meditación
El pasaje evangélico de hoy pone de relieve la estrecha relación existente entre el amor, los mandamientos y la revelación. En concreto, alude a las palabras en las que Jesús dice: El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama. Y al que me ama, lo amará mi Padre y lo amaré yo, y me mostraré a él.
El amor no es sólo cuestión de palabras y de sentimientos, sino de voluntad y de cumplimientos. El amor se demuestra amando, y amar es un acto en el que se expresa la persona entera, con todo lo que es (con su inteligencia, voluntad y sentimientos).
Pero la persona se expresa más y mejor en sus obras que en sus palabras, sobre todo si sus palabras van desconectadas de sus obras. El que me ama realmente (viene a decir Jesús) es el que me acepta tal como soy, y el que acepta mi voluntad expresada en los mandamientos (aunque también se exprese en los consejos y en las permisiones).
Se trata de una aceptación que lleva consigo la guarda de tales mandamientos, porque de no ser así perdería credibilidad. En realidad, sólo se acepta una voluntad cuando se está dispuesto a cumplirla. Sin esta disposición no hay verdadera aceptación, ni verdadero amor, ni amor llevado a la arena de la realidad.
Sólo este amor se hace digno de crédito. Y sólo el que ama de esta manera merece ser amado y gozar de la comunicación que brota de la apertura del ser que ama. Lo amaré (decía Jesús) y me mostraré a él.
El amor genera apertura, a forma de florecer de los corazones que se abren en virtud del amor. Amar es abrirse a la persona amada, y en esta apertura hay una revelación de la propia intimidad, y una muestra de lo que permanecía oculto a la mirada del otro.
La respuesta a la pregunta de Judas (¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?) es bien sencilla: Ha sucedido el amor. Para que Jesús se muestre a ellos (conocidos y amigos), y no al mundo (extraño e indiferente), ha sucedido el amor. Pues sólo el amor provoca este efecto de apertura voluntaria o mostración de lo encerrado en el corazón (pensamientos, sentimientos, inquietudes, aspiraciones, proyectos...).
El que me ama, añade Jesús, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Para guardar sus mandamientos hay que guardar su palabra, dado que aquellos se expresan por medio de ésta. Amar a una persona es también tener en gran estima su palabra, porque la palabra es el lugar donde la persona se expresa con mayor precisión.
Las acciones suelen requerir muchas veces de una interpretación hecha con palabras, aunque haya gestos (como un abrazo, un apretón de manos o una mirada compasiva) que expresen mejor ciertos sentimientos que las palabras. Y por regla general (exceptuando estos casos), la palabra es el mejor cauce de que disponemos para expresarnos o manifestar lo que está encerrado en nuestro interior.
Por eso, amar a una persona es también estar atento a su palabra, su gran instrumento de comunicación. El amor reclama la comunicación interpersonal. Y si en el caso de Jesús, su palabra no es sólo suya, sino del Padre al que vive unido y por quien es enviado, la acogida de tal palabra no será sólo acogida de su persona, sino de la persona del Padre.
En razón de esta identidad, se puede decir que el que oye al Hijo oye al padre, al igual que el que ve al Hijo ve también al Padre, puesto que el Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo.
La acogida de la palabra es acogida de la persona que se comunica en ella, mostrándonos su intimidad. Y en el caso del Hijo encarnado y glorioso, acaba provocando un efecto añadido, que pone de manifiesto el mismo Jesús. Es el efecto de la in-habitación: Vendremos a él y haremos morada en él.
La acogida de la persona de Jesús, por el cauce de la comunicación verbal, acaba convirtiéndonos en morada de Jesús. Es decir, en lugar habitado por él. Pero si el Hijo es inseparable del Padre, dando acogida al Hijo acogemos también al Padre, convirtiéndonos en morada del Dios trino. Semejante habitación hace de nosotros un lugar sagrado, con todo lo que eso implica.
Jesús, estando al lado de sus discípulos, ha venido realizando esta labor de comunicación por medio de su palabra. Pero será otro el que complete esta tarea: el Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en su nombre. Él les recordará lo dicho por Jesús, y les enseñará lo que aún le faltaba por decirles o lo que les había dicho sólo en modo implícito o germinal.
Se trata del desarrollo doctrinal en el que está implicada la Iglesia entera, con la iluminación y el acompañamiento de este Paráclito que procede del Padre y que ha sido enviado para cumplir su misión.
Si Jesús nos envió este Espíritu desde el Padre es porque lo necesitábamos, y porque su Iglesia necesitaba un defensor capaz de conducirnos hasta la verdad plena y consumada. Confiemos en este Espíritu dotado de la capacidad de Dios, puesto que es también Dios junto con el Padre y el Hijo.
Act: