10 de Febrero
Martes V Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 10 febrero 2026
Meditación
El pasaje evangélico de hoy nos pone al tanto de las controversias de Jesús con los fariseos. En este caso, el motivo de la disputa es la tradición de los mayores, o simplemente la tradición, que según la mentalidad judaica debía ser observada en su totalidad y sin discusión.
Formando parte de esa tradición estaba la norma de pureza ritual, que prescribía lavarse las manos antes de las comidas, además de otros lavados como los de vasos, jarras y ollas. No se trataba de una simple norma higiénica, sino de un ritual de carácter religioso: un lavarse para purificarse.
Los fariseos y letrados de Jerusalén observan cómo los discípulos de Jesús comen con manos impuras, es decir, sin haberse lavado las manos para purificarse. De este modo, estaban contraviniendo una norma de pureza de la más auténtica tradición judía. Y Jesús no parece darle importancia a esta negligencia, puesto que no corrige la conducta descuidada de sus discípulos.
De ahí la acusación que dirigen al Maestro: ¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de sus mayores? La censura se hace radicar, por tanto, en el quebrantamiento de una norma tradicional, pues no siguen la tradición de sus mayores.
Ante esta acusación, Jesús reacciona denunciando un vicio muy notable en ellos, y ya denunciado tiempo atrás por el profeta Isaías: la hipocresía. Es hipocresía honrar a Dios con los labios y no con el corazón, pues semejante división hace de la alabanza divina un culto vacío, que no brota de dentro (del corazón) y que se queda en palabras vacías que no transportan nada auténtico (ni amor, ni afecto, ni sentimiento de adoración).
Y aquí viene lo más grave de la reprensión de Jesús: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Para ello, Jesús les pone un ejemplo para que no haya lugar a equívocos o a fáciles escapatorias: el mandamiento de Dios, que por medio de Moisés dice "honra a tu padre y a tu madre", y "el que maldiga a su padre o a su madre tiene pena de muerte".
Jesús entiende que este mandamiento implica el respeto y el cuidado de los padres, en su situación de invalidez o de ancianidad. Pero al parecer, los fariseos habían introducido una nueva norma en su tradición, que permitía o determinaba entregar al templo los bienes destinados al socorro de los padres. De esta manera, obstaculizaban o impedían a los hijos el piadoso deber de atender a sus padres ancianos.
La norma de entregar los bienes al templo se convirtió, de hecho, en un precepto (humano) que impedía cumplir el mandamiento divino de honrar (es decir, de atender) al padre y a la madre en su desvalimiento. Y con ello se invalidaba la palabra de Dios con sus implicaciones, a través de una norma tradicional que se habían dado a sí mismos.
En esta norma (ofrecer los bienes al templo) había sin duda motivos religiosos (tal vez, mantener la magnificencia del culto), pero ni siquiera estos motivos bastaban para anular el mandamiento de Dios, que prescribía algo tan natural como el cuidado del padre y de la madre. También en esta suplantación, de la ley divina por la humana (a todas luces menos humana que la divina), advertía Jesús hipocresía, tanta hipocresía como en el rito purificatorio del lavado de las manos.
De nada servía, por tanto, lavarse las manos, si el interior permanecía sucio o impuro. Porque eso era un lavado exterior, que no significaba ni alteraba el estado interior. Por eso, semejante comportamiento podía calificarse de hipócrita, porque ocultaba la realidad bajo una apariencia engañosa, y lo que trasladaba al exterior no era expresión de lo que latía dentro.
También nosotros deberíamos someter nuestra conducta al juicio crítico y depurador de Jesús, porque puede que no diste tanto de esa actitud farisaica caracterizada por la hipocresía. También en nuestra práctica religiosa hay comportamientos hipócritas, apariencias de lo que no es, ropajes que ocultan realidades inconfesables, palabras huecas, suplantaciones engañosas, exterioridades vacías de contenido e intenciones torcidas.
Por todo ello, necesitamos contemplarnos detenidamente en el espejo de la palabra de Jesús, para que él ponga al descubierto lo que se nos oculta y purifique nuestras intenciones.