5 de Mayo

Martes V de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 5 mayo 2026

Meditación

         Jesús es portador de paz, y él da y deja la paz, como don que se queda en el que la recibe y como don que genera un estado de paz con uno mismo y con los demás (incluidos los adversarios, para que éstos no le quiten la paz). Como se ve, la paz que viene a traer Cristo no es una paz como la que persigue el mundo, sino una paz que alcanza los niveles más profundos e íntimos del ser humano.

         Y es que este mundo podrá llegar a ciertos armisticios o acuerdos de paz, y podrá restablecer las relaciones deterioradas o apaciguar conflictos entre regiones, y podrá amortiguar rupturas que amenazan tormentas imprevisibles... pero no podrá alcanzar nunca las honduras del corazón humano, lacerado por la culpa y la autocensura.

         Esta tarea de pacificación interior sólo puede llevarla a cabo alguien que tenga poder para erradicar la culpa y extender los efectos medicinales del perdón, porque únicamente este perdón restaurador puede proporcionar esa paz que el mundo no puede dar (ni siquiera con el restablecimiento de la justicia ultrajada).

         Tal es la paz que permite afrontar, con serenidad, el advenimiento de ciertas noticias que anuncian pérdidas y engendran temores. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde, decía Jesús a sus discípulos, que añade: Me habéis oído decir "me voy y vuelvo a vuestro lado". Si me amarais, os alegraría de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo.

         Jesús había pronunciado palabras que presagiaban despedida. Y aquellas alusiones a su marcha, ya próxima, llenaron de tristeza el corazón de sus discípulos. Más aún, provocaron en ellos cierto pánico, desde el temor a quedarse huérfanos de padre, de maestro y de guía.

         En definitiva, los discípulos se habían apoyado de tal manera en Jesús, durante el período del discipulado, que ahora les suponía un gran quebranto prescindir de su compañía, de su apoyo moral, de sus consejos y magisterio, de sus certezas y convicciones, de la seguridad que les proporcionaba su cercanía.

         Por eso Jesús se ve obligado a calmar su ansiedad con palabras tranquilizadoras: Me voy, pero volveré. Es decir: Mi ida no es una marcha sin retorno, sino que volveré para llevaros conmigo y para que podáis gozar de mi compañía, estando donde yo esté.

         La situación es tal que su misma marcha debe constituir para ellos un motivo de alegría. Realmente, tendrían que alegrarse, porque donde Jesús va es nada menos que al Padre y a su lugar de origen. Y porque sólo así, sentado a la derecha del Padre (dirá San Pablo), Jesús estará en la plenitud. Los discípulos tendrían que alegrarse con este logro de su Maestro, aunque por el momento tengan que saborear la amargura de su ausencia.

         Pero el sentimiento de orfandad no será muy duradero, y pronto dispondrán del don de su Espíritu, defensor y consolador. Además, su vuelta para llevarles consigo no se hará esperar demasiado, y pronto podrán compartir su destino glorioso.

         Pero no conviene que los acontecimientos les pillen desprevenidos, y por eso Jesús les prepara por anticipado para ese momento: Os lo he dicho antes de que suceda, para que cuando suceda sigáis creyendo. Los sucesos que se avecinan, por muy duros que resulten, o por muy difíciles de digerir que sean, no deben arrebatarles la fe. Al contrario, deben reafirmarles aún más en ella, en esa fe que han depositado en él como enviado del Padre.

         Jesús prevé que su estancia en este mundo se agota. No le queda mucho tiempo, por tanto, para seguir adoctrinándoles y proporcionándoles los medios necesarios para afrontar su misión en el mundo y enfrentar con garantías las embestidas del príncipe de este mundo, ése que, sin tener poder sobre Jesús (porque no hay poder maléfico capaz de imponerse al poder del Dios), lo tendrá para extender su dominio en el mundo.

         El diablo, en cuanto criatura de Dios, no puede tener sino el poder de actuación que Dios, su Creador, le concede. El mismo Jesús demostró repetidas veces su capacidad para desactivar el poder de sugestión (tentación) y de actuación (posesión) del demonio. Pero aun careciendo el diablo de poder sobre él, precisa Jesús, es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago.

         En la actuación del príncipe de este mundo hay permisión de Dios, y las palabras evangélicas que acabo de citar nos permiten adivinar al menos una razón que justifica esta permisión divina. Y es que la misma actuación del Maligno acabará convirtiéndose en la ocasión histórica que permitirá al Hijo demostrar al mundo su amor al Padre, hasta el extremo de entregar la propia vida en una actitud de obediencia sin fisuras.

         Este amor demostrado en la obediencia (crucificado) y puesto en alto (en el árbol de la cruz) ante los ojos del mundo, para que éste comprenda y crea, será la muestra más palpable del triunfo de Jesús sobre el mal. Porque quien realmente triunfa en la cruz es el mártir del amor de Dios, y ese testimonio ha sido captado por el mundo. Ojalá que nosotros formemos parte de ese mundo que ha creído en el testimonio de amor y obediencia dado por Jesús, el testigo del amor del Padre.

 Act: 05/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A