13 de Febrero

Viernes V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 febrero 2026

Meditación

         Yendo Jesús de camino, mientras atravesaba la Decápolis (Galilea), nos dice hoy el evangelio que le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar (un sordomudo), y le piden que le imponga las manos. Por lo que se ve, piensan que semejante imposición de manos va a tener un efecto curativo o milagroso.

         En su narración, el evangelista no nos dice que Jesús le impusiera las manos, sino que le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua, al tiempo que fijaba la mirada en el cielo y, suspirando, pronunciaba una palabra: Effetá, que significa ábrete.

         Aquella palabra, acompañada del gesto, tuvo un efecto instantáneo, pues al momento se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua, y hablaba sin dificultad. Todos los impedimentos habían desaparecido.

         Aquel hecho, realmente asombroso, no podía mantenerse envuelto en un silencio complaciente. Los testigos del acontecimiento sintieron la imperiosa necesidad de divulgarlo, a pesar de las serias advertencias de Jesús, que les mandó que no lo dijeran a nadie.

         Pero de nada sirvieron esas advertencias, pues ellos lo proclamaron con más insistencia, entre el asombro y la exaltación del que había protagonizado el hecho asombroso. Decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

         Desatar los impedimentos de los impedidos, o liberar a los cautivos, era una buena acción, aunque no todos lo vieron así. Está claro que la mayoría, dejándose asombrar por esas acciones maravillosas, no veían otra cosa que manifestaciones de poder y de bondad. Pero algunos, en en vez de ver acciones liberadoras y benéficas, no vieron sino una encubierta y maléfica coalición con el demonio.

         Ábrete, la palabra pronunciada por Jesús en presencia del sordomudo, es realmente una palabra grandiosa y liberadora: ábrete a la trascendencia y a lo que está por encima de ti, ábrete a ese Dios que quiere comunicar contigo, ábrete a la realidad que se te manifiesta, ábrete al conocimiento que se ofrece a tu inteligencia.

         Ábrete también al prójimo, que te complementa y te enriquece; ábrete a sus razones y a sus sufrimientos, ábrete a la inmensidad del universo que te circunda, ábrete a la luz, proceda de donde proceda; ábrete a la vida mientras ésta dé de sí, y deja abierta una vía en el seno de la misma muerte; ábrete a la buena noticia... En definitiva, no te cierres, ni te encierres, sino ábrete. El que se encierra, permanece ciego, sordo y mudo. Ábrete a la vida que Cristo te ofrece y promete.

 Act: 13/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A