2 de Julio

Jueves XIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 julio 2026

Meditación

        El evangelista Mateo sitúa hoy a Jesús en uno de sus escenarios habituales: Cafarnaum. Pero en este caso el lugar no es lo que importa, pues cualquier lugar en el que Jesús se encuentre se convierte de inmediato en centro de peregrinación y convocación, que atrae a todo tipo de personas en busca de lo que no les ofrecen otros maestros y letrados.

         Pues bien, tantos eran los que acudieron, que no quedaba sitio ni a la puerta. Y Jesús aprovecha la ocasión para dirigirles la palabra.

         Entre tanto, un grupo de personas llegan con un paralítico en una camilla, y como no pueden meterlo entremedias del gentío que rodeaba al predicador, deciden levantar unas losetas del tejado e descolgarlo hasta colocarlo delante de él. Jesús, que se da cuenta de la fe que les mueve, le dice al paralítico: Hijo, tus pecados quedan perdonados.

         Seguramente que aquella reacción dejó perplejo tanto al enfermo como a sus acompañantes, porque si le habían llevado hasta allí era para que le curase, y no para que le perdonase sus pecados.

        Por otra parte, la frase pronunciada por Jesús provocó inmediatamente el escándalo de los letrados, que casualmente estaban presentes en aquel lugar y que pensaban para sus adentros: ¿Por qué habla éste así? Blasfema, pues ¿quién puede perdonar pecados fuera de Dios? La sentencia absolutoria de Jesús les resulta blasfema, y piensan que se arroga un poder que sólo a Dios corresponde: el de perdonar pecados.

        Y es que los hombres podremos disculpar, exculpar, excusar, exonerar, disimular, dispensar del pecado... pero no hacerlo desaparecer o perdonarlo, pues para eso se necesita la capacidad de Dios. De ahí que la frase les suene a blasfemia y arrogante irreverencia, al pretender arrogarse lo que sólo a Dios compete (el poder divino).

        Jesús, que leyó sus pensamientos, se dirige a ellos y les dice: ¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decir al paralítico "tus pecados quedan perdonados", o decirle "levántate, coge tu camilla y echa a andar"? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados, entonces dijo al paralítico: Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.

        Y el paralítico así lo hizo, ante el asombro de todos los presentes. Se levantó, cogió su camilla y salió. ¿Qué es más fácil: perdonar los pecados del paralítico o devolver la movilidad a sus miembros inmovilizados? ¿Curar la enfermedad moral o la física?

         Ambas cosas son difíciles para el que carece de poder, y fáciles para el que tiene poder. Aunque entre una cosa y otra hay diferencia. La curación física es más fácil de verificar que el perdón de los pecados, y por eso Jesús se sirve de aquélla (la que puede verificarse empíricamente) para certificar ésta (es decir, su potestad para perdonar pecados).

         Ya había dado Jesús suficientes muestras de su poder de sanación, y lo que ahora quiere es emplear este poder como muestra (signo) de un poder aún mayor, que sólo a Dios compete: el poder divino de perdonar pecados, o poder de sanar espiritualmente al hombre en la tierra.

         Se trata de un poder ejercido sobre otro poder, porque tanto la enfermedad como el pecado se apoderan del hombre sin que éste pueda hacer mucho para evitarlo. Algo puede hacer, pero no lo puede todo, ni mantenerse incólume de toda enfermedad, ni mantenerse impecable. En el caso del pecado, interviene más la voluntad, ordinariamente débil y asociada a un entendimiento fácilmente seducible. De ahí que difícilmente pueda evitar ser presa del poder del pecado.

        Pues bien, Jesús demuestra tener poder para doblegar ambos poderes, el de la enfermedad y el del pecado, aunque el poder sobre la 1ª sea evidente, y sobre el 2º sólo sea creíble (pero razonablemente creíble, por razón del poder manifestado en la curación de la enfermedad corporal). Jesús cura la parálisis de aquel hombre para hacer ver a los que se resisten a creer que tiene realmente poder para curar (= perdonar) su pecado.

         A la perplejidad de los testigos, atónitos ante el suceso, siguió la alabanza, pues daban gloria a Dios diciendo: Nunca hemos visto una cosa igual. Esta sensación de estar ante algo extraordinario e incomparable (nada igual) es lo que les hizo elevar su mirada a Dios, que facultó a Jesús para obrar en este modo.

        Las obras de Jesús recondujeron a muchos hacia la glorificación de Dios. Pero no a todos, porque seguramente aquellos letrados, que habían pensado que se encontraban ante un blasfemo arrogante, siguieron pensándolo tras el suceso milagroso.

        Jesús obra tales signos porque quiere nuestra fe. Pero si lo que quiere es nuestra fe en su poder y en su bondad, no podrá darnos más que signos, ni las evidencias que hagan imposible nuestra fe. Sino que también nos pedirá nuestra fe ¿Por qué no dársela a Jesús, cuando él está dispuesto a darnos el ciento por uno después de habernos dado la vida?

 Act: 02/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A