23 de Junio

Martes XII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 23 junio 2026

Meditación

         El evangelista recoge hoy algunas sentencias (logia) tomadas de los discursos que Jesús, en diversos momentos, fue pronunciando a lo largo de su vida pública. Dada su fragmentariedad, pudieran prestarse a interpretaciones diversas, pero yo ofrezco mi reflexión personal.

         Las sentencias tienen carácter fragmentario, pero no por ello dejan de estar insertadas en el evangelio y de mostrarnos el pensamiento de Jesús. Los aforismos forman parte de la enseñanza que él reserva a sus discípulos, comenzando por la primera: No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos, pues las pisotearán y luego se volverán para destrozaros.

         Jesús instruye a los que un día se encargarán de la distribución de su doctrina y de sus sacramentos. Eso es lo santo, lo que ellos distribuirán y lo que, según Jesús, ellos han de saber preservar de los perros y los cerdos, precisamente porque son santas y porque como tales han de ser tratadas.

         Han de tener los discípulos, por tanto, especial cuidado a la hora de entregar o distribuir las cosas de Dios, no sea que vayan a parar a personas que no las merecen, que las despreciarán o que harán mal uso de ellas. Es decir, que vayan a parar a los perros y los cerdos.

         Los cerdos son los que no saben más que patalear y pisotear, bien porque carecen de juicio o porque carecen de sensibilidad. Los perros representan a aquellos que desperdician los verdaderos tesoros de la vida (la sabiduría, la gracia...) porque son incapaces de valorar lo que tiene valor.

         En todo caso, se trata de una cuestión de valoración, de valorar lo que es digno de aprecio y de despreciar lo que no lo tiene. Al desprecio le acompaña la ingratitud, a los cerdos el vómito hacia sus donantes, y a los perros la agresividad hacia los extraños.

         Para hacer buen uso de lo santo, hay antes que haberlo valorado. Es lo que dice Jesús, que no merece la pena entregarlo a los que, por falta de estima, lo van a desechar como algo inútil o despreciable.

         Este es el triste destino de tantas cosas valiosas (buenas, bellas, santas...) que, por ir a parar a manos de la persona inadecuada, se desperdician o se pierden. Ello explica la recomendación de Jesús: antes de entregar las cosas de valor, considerad a quienes se las entregáis. Lo santo no es para los perros, sino para los santos.

         Pensemos en la eucaristía y en aquellos a quienes se distribuye la eucaristía. ¿No estaremos dando lo santo (= el cuerpo de Cristo) a quienes van a cometer un sacrilegio? ¿No estaremos despreciando el valor del sacrificio de Cristo en la cruz? ¿No estaremos tirando por el suelo su sangre? ¿No estaremos pisoteando esas perlas colmadas de la gracia divina?

         Decía también Jesús: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten, pues en esto consiste la ley y los profetas. Quizás pueda parecernos esta máxima una simplificación excesiva de la ley de Dios, pero ¿cómo reducir la complejidad de la ley, con sus múltiples exigencias y precisiones, a una norma tan simple como ésta?

         Ciertamente, la máxima de hoy de Jesús es simple, pero no por eso deja de tener una validez universal. Además, afecta a todos los aspectos de la vida humana, que tienen su reflejo en numerosas formulaciones evangélicas como ama a tu prójimo como a ti mismo; no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti; no juzguéis y no seréis juzgados; perdonad y seréis perdonados; la medida que uséis la usarán con vosotros...

         Si queremos que nos traten con respeto, tratemos a los demás del mismo modo; si no queremos recibir desprecios, no despreciemos a los demás. Es decir, tratemos a los demás como queremos ser tratados por ellos. Es la Regla de Oro del mundo clásico, que Jesús asume como propia y que eleva a la categoría reina de toda norma moral, hasta el punto de afirmar que en ella consiste la ley y los profetas.

         Todo mandamiento de la ley de Dios, referido al prójimo, exige la observancia de este precepto, ¿o acaso el no matarás, no robarás, no mentirás... no implica tratar a los demás como quieres que ellos te traten a ti?

         Si nosotros no queremos sufrir daño de los demás, no hagamos daño a los demás; si queremos ser tratados con respeto, respetemos a los demás. Probablemente no haya norma de conducta más sana y eficiente que ésta. ¡Cómo mejorarían nuestras relaciones humanas y sociales si nos atuviéramos a ella! Tratad a los demás como queréis que ellos os traten, concluye Jesús.

         El último párrafo del pasaje de hoy hace referencia a la salvación y a la estrechez del acceso: Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida, y pocos dan con ellos! Pero ¿a qué puerta y a qué camino se refiere Jesús? ¿Cuánta es la estrechez que conduce a la vida, y cuál la amplitud que lleva a la perdición?

         La tradición suele asociar la puerta estrecha con la penitencia, la ascesis y la mortificación. Es decir, con un estilo de vida que limite o refrene las inclinaciones y apetencias de la naturaleza, sobre todo si ésta está inclinada al pecado, o a la concupiscencia o al desorden.

         La puerta estrecha de esta vida, por tanto, sólo permitiría el acceso a la vida eterna a los que se hubieran purificado o despojado de ese cúmulo de adherencias indecorosas, a través del despojamiento de los estorbos. Los representantes de esta explicación así lo creen ver, aludiendo a que pocos dan con ella (con esta puerta estrecha).

         Por otro lado, muchos son los que entran por la puerta ancha y por el camino espacioso que lleva a la perdición. Algo habrá que hacer, por tanto, para acceder a la vida. O al menos, no desentenderse del todo de la estrechez de la puerta de entrada.

         Para acceder a la vida en este mundo, tuvimos que ajustarnos al orificio de salida del seno materno. Pues lo mismo cabe pensar de la vida eterna, que para entrar en ella es necesario pasar por la puerta de entrada, y si ésta es estrecha habrá que ajustarse a ella.

         Sólo los que hayan adelgazado lo suficiente, sobre todo desprendiéndose de todo eso que engorda superfluamente (en riquezas excesivas, o placeres desmedidos, o codicias sin límite...), podrán acceder a la vida eterna a través de esa puerta, que es Cristo, nos abre.

 Act: 23/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A