9 de Julio

Jueves XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 julio 2026

Meditación

         Seguimos haciendo lectura continua del evangelio de Mateo, y por eso el pasaje de hoy enlaza con el de ayer. En este caso, los elegidos de Jesús pasan a ser los continuadores de Jesús, sobre todo a la hora de proclamar que el reino de los cielos está cerca.

         No obstante, esta cercanía del Reino no es tanto una cuestión de proximidad espacio-temporal (algo todavía por venir), cuanto una presencia (algo que se está dejando sentir) cercana, pues con ellos y su proclamación se producen los efectos de esta presencia benéfica (curaciones de enfermos, resurrecciones de muertos, expulsiones de demonios).

         Los continuadores de Jesús pueden realizar tales acciones porque han sido llamados por Jesús para ello, y porque han recibido de él tal potestad. Y no es simplemente que puedan, sino que, en cuanto portadores de esa fuerza, es algo que deben llevar a cabo. Y puesto que han recibido gratis tal potestad (la de curar, la de vivificar, la de reconciliar), han de darlo gratis, aun sin olvidar que todo obrero merece su sustento.

         Sin este sustento no podrían realizar las acciones propias de su oficio. Y porque han de ser dotados con ese sustento, ya no necesitan ningún sustento más. Es lo que recuerda Jesús: No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla. Ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón, porque bien merece el obrero su sustento.

         Si el obrero merece su sustento, no parece necesario que tenga que procurárselo a sí mismo. Y puesto que se ha hecho digno de él, ya se lo proporcionarán otros. Por eso, sobran las provisiones y las preocupaciones que miran a las provisiones (alforjas para el camino, túnicas o sandalias de repuesto, oro, plata o dinero para comprar y vender).

         Jesús quiere obreros libres de ataduras y preocupaciones, centrados exclusivamente en su cometido (que es anunciar y hacer presente el Reino de los Cielos por todas partes).

         Por eso hay que ir de pueblo en pueblo, y puesto que el obrero merece alojamiento y comida, podrán buscar una casa adecuada, en la que habite gente de confianza y en la que puedan alojarse hasta que pongan rumbo a otro lugar. Porque los lugares por donde pasen serán sólo eso, lugares de siembra o de plantación, y no lugares de asentamiento.

         Jesús les aconseja que, al llegar a una casa, saluden a sus moradores con el saludo de la paz, como deseo y como oferta. Sus moradores podrán disfrutar de semejante don (la paz) si se lo merecen, y si no volverá a sus oferentes. Eso sí, cuando los caseros se vean privados de ese don, caerá sobre ellos una desgracia, para han perdido la oportunidad de gozar de él.

         Jesús cuenta, por tanto, con la posibilidad del rechazo. En ocasiones porque alguna casa no se merezca recibir a los misioneros, ni recibir la paz que éstos le vienen a traer. Y en ocasiones, porque no son bien recibidos o ni siquiera recibidos. Si es así, se limitarán a dejar constancia de su desacuerdo, y se marcharán de la casa o del pueblo (puesto que han sido rechazados) y sacudirán el polvo que se les ha pegado a los pies en señal de desaprobación.

         Pero no harán frente los discípulos al rechazo con palabras de condena o cualquier medio de coacción, ni tampoco haciendo uso de su poder para atraer la desgracia del cielo sobre ellos. Sino que han de limitarse a realizar este gesto de desaprobación, y ya se encargará Dios de juzgar las actitudes de cada corazón.

         Es lo que Jesús se encarga de anticipar, con todas sus consecuencias: Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo. Y todos conocían seguramente lo que les había sucedido a estas ciudades abrasadas por el fuego, pues a su alcance estaban los documentos históricos que informaban del hecho.

         Es verdad que tales recomendaciones van dirigidas a apóstoles itinerantes, no establecidos en un lugar determinado. Pero en sustancia siguen vigentes y han de ser tenidas en cuenta por todo apóstol de Jesucristo, o aquel que esté centrado en la propagación del reino de Dios en alguna cuestión concreta encomendada.

         Es la concentración de energías, por tanto, lo que debe descentrar en el apóstol todo lo demás (preocupaciones, provisiones y posesiones), incluida la abundancia de medios en la prosecución de los fines. En el asunto de la evangelización, la sobreabundancia de medios puede ser más obstáculo que instrumento a la hora de evangelizar, porque agranda el medio de llevarla a cabo (que Jesús quiere que sea escueto).

         El apóstol de la pobreza, o el que proclama bienaventurados a los pobres (porque de ellos es el Reino de los Cielos), no puede abundar en medios, pues estos actuarán como un contrapeso al mensaje que se pretende hacer llegar, que no es otro que la preeminencia del Reino de los Cielos como único bien supremo.

 Act: 09/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A