6 de Julio

Lunes XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 julio 2026

Meditación

         Jesús suele alternar los encuentros colectivos e individuales, sin solución de continuidad. Y en muchas ocasiones le vemos rodeado por la multitud, dirigiendo la palabra a grupos numerosos y atendiendo a la persona que se le acerca para solicitar un favor.

         Es lo que se pone de relieve en el pasaje evangélico de hoy, en que mientras Jesús hablaba (se supone que a un grupo de personas) se acercó a Jesús un personaje, que se arrodilló ante él y le dijo: Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza y vivirá.

         El término empleado por Mateo da a entender que el personaje que se acerca a Jesús es alguien que ocupa un alto rango en el escalafón social. Pero en su presencia no deja de ser sino un mendicante que implora un beneficio del posible benefactor. Por eso, adoptando esta actitud se arrodilla ante él.

         Se arrodilla porque se trata de su hija, una hija a la que acaba de perder. Posiblemente era esa hija su mayor tesoro, y por ella estaría dispuesto a darlo todo.

         Aquel hombre muestra una gran confianza en Jesús y en su poder de sanación, pero entiende que semejante acto requiere proximidad y contacto. Y por eso reclama su presencia, diciendo: Ven, ponle la mano en la cabeza y vivirá. Bastará este contacto milagroso para que su hija recupere la vida que acaba de perder. Es esta convicción la que la ha llevado ante él.

         Una convicción similar muestra tener esa mujer enferma de hidropesía, que padecía hemorragias desde hacía doce años y que, pensando que con tocarle el manto bastaría para curarse, se acercó por detrás a Jesús y le tocó.

         Aquel mínimo contacto con lo más exterior del Maestro, el manto con el que se cubría, la curó realmente. No obstante, Jesús refrenda el hecho con sus palabras, porque dirigiéndose a esta mujer que quería pasar inadvertida, le dijo: Ánimo, hija, tu fe te ha curado.

         De nuevo la fe y su extraordinario poder. Pero no sólo la fe, sino la fe y el contacto con el sanador. La fe le había acercado a Jesús, y de éste había salido la fuerza curativa que le proporciona la salud. No hay milagro sin fe, pero tampoco hay milagro sin Dios, pues la misma fe que opera el milagro es fe en el poder de Dios (el cual se deja ver en sus mediaciones y mediadores).

         Jesús continúa su camino, porque tiene otra cita y otro compromiso. Y llegado a la casa del personaje que había solicitado angustiosamente su presencia, se encuentra con el alboroto de la gente. Jesús los echa fuera a todos, afirmando que la niña no está muerta, sino dormida. Eso provocó la risa desatada y burlona de los presentes, pero él entró en la estancia de la niña, la tomó de la mano y al instante ella se puso en pie, recuperando la vida.

         La noticia se divulgó por toda la comarca, y no era para menos, pues por lo visto a Jesús no se le resistía ni siquiera la muerte, y si antes curaba a los enfermos, ahora resucita a los muertos. De ahí que, asombrados, los paisanos de aquella comarca dijesen: ¿Quién es éste, que hasta la enfermedad y la muerte le obedecen? ¿Quién es éste, que tiene en su poder no sólo curar a un enfermo, sino devolver la vida a un muerto?

         Es Jesús de Nazaret, le respondieron sus acompañantes a aquel ciego que, al oír el alboroto del gentío, preguntó lo mismo. Lo que quizás no supieran aún con claridad es que ese Jesús era nada menos que el Verbo encarnado o el Hijo de Dios hecho hombre.

         Sólo esto podía explicar suficientemente el asombro que tales obras provocaban en aquellas gentes sencillas, que no hallaban explicación para las mismas. Pidamos al Señor que mantenga nuestra capacidad de asombro ante todos estos fenómenos que nos transcienden, que superan nuestra ciencia y nuestra técnica.

 Act: 06/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A