7 de Julio
Martes XIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 7 julio 2026
Meditación
A la hora de describir la actividad de Jesús, el evangelista Mateo no dispone de mejor síntesis que la que hoy nos ofrece: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
A esto, grosso modo, se dedicaba Jesús, yendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, en una especie de itinerancia continua en la que Jesús enseñaba (en esos centros judíos de catequesis que eran las sinagogas), anunciaba el evangelio (hablando del Reino y sus diferentes aspectos) y curaba (enfermedades y dolencias de todo género).
El anuncio del Reino iba muy ligado a la actividad taumatúrgica, pues anunciar el Reino era anunciar la salud y la liberación que llegaban con él. Pero tanto la cercanía del Reino como el suministro de la salud eran un efecto de su misericordia. Es decir, Jesús enseña y cura a las multitudes porque se compadece de ellos, de esos que vivían extenuados y abandonados, como ovejas sin pastor y en un estado bastante lastimoso.
Esta contemplación de la miseria humana, con la que Jesús se encuentra a cada paso de su recorrido por los caminos de Palestina, es la que le empujaba no sólo a curar, sino también a desear más trabajadores para su mies, pues ésta era siempre abundante mientras siguiera existiendo miseria en el mundo. Por eso, en el pasaje de hoy invita a sus discípulos a pedir al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies, pues éstos continuarán siendo pocos ante la abundancia de la mies.
¿Y cuándo podremos decir que hay suficientes trabajadores, o que los trabajadores han dejado de ser pocos? ¿Cuando hayan alcanzado cierta proporción en relación con la mies? ¿Cuando haya uno por diez mil, o por cinco mil, o por mil, o por cien? ¿Cuándo podremos dejar de pedir al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies?
Como el asunto que aquí se baraja no es meramente cuantitativo, o de proporción numérica, habrá que considerar otras cuestiones como las demandas y necesidades pastorales que reclaman atención.
Pueden ser pocas las personas que lo demanden y, sin embargo, estar muy necesitadas de esa atención pastoral. Además, la acción evangelizadora no se limita a una estrecha circunscripción geográfica (como la de una provincia o diócesis), sino que se extiende más allá de las fronteras provinciales o nacionales. Es decir, al mundo entero.
Esa mies está reclamando la presencia de trabajadores que traspasen fronteras nacionales y continentales. Y siendo el mundo el campo de la evangelización, y la tarea evangelizadora un proceso de larga duración, se requerirá la presencia y actuación de no pocos, sino muchos trabajadores.
La gente que tuvo el privilegio de ver a aquel endemoniado mudo libre de su posesión y de su mutismo decía con asombro: Nunca se ha visto en Israel cosa igual. Pero otros (los fariseos), con pensamientos más maliciosos, decían: Este echa los demonios con el jefe de los demonios.
Son maneras contrapuestas de ver el mismo hecho, la curación del endemoniado mudo. Pero la mirada farisaica distorsionaba la realidad, al querer hacer ver en la actuación benéfica de Jesús la influencia del demonio, cuando tendrían que estar reconociendo la mano de Dios.
Esta mirada distorsionante y enfermiza puede acabar convirtiéndose en pecado contra el Espíritu Santo (como denuncia el mismo Jesús en otro lugar) y, por tanto, en algo incurable, puesto que ese pecado no tendrá perdón jamás. Se trata del endurecimiento progresivo e irreversible que impide reconocer la salvación de Dios, como ya explicamos con más detalle en su momento.
Act:
07/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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