10 de Julio

Viernes XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 julio 2026

Meditación

         Jesús sigue dando hoy instrucciones a sus apóstoles, sus enviados para la misión: Mirad que os mando como ovejas entre lobos. Por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero no os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa. Así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles.

         Aunque se hallen entre lobos, por tanto, los apóstoles han de permanecer como ovejas, y no han de transformarse en lobos, ni responder a la ferocidad de quienes les rodean, ni combatir con la misma ferocidad, pues lo propio de las ovejas es la mansedumbre y la humildad.

         Pero el hecho de estar entre lobos hace muy conveniente el uso de la sagacidad (el que sean ovejas sagaces), pues una cosa no está reñida con la otra, y la sagacidad les puede servir para sortear peligros y escapar de trampas. De hecho, el mismo Jesús usó de esta sagacidad a la hora de escapar de las trampas dialécticas que le tendieron con frecuencia sus adversarios (los fariseos).

         Sagacidad es perspicacia a la hora de discernir las buenas o malas intenciones de los que se acercan a nosotros con alguna propuesta. Sagacidad es inteligencia para saber responder en situaciones de apuro, o para advertir la malicia de una proposición, o para saber estar prevenidos frente a esa gente de la que no deben fiarse.

         ¿Y por qué no deben fiarse de esa gente? Lo dice Jesús: Porque os denunciarán, os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante reyes y gobernadores. Y todo por causa de Jesús, el Hijo del hombre.

         Es decir, que los apóstoles no han de actuar por lo que va con (o contra) ellos, sino por lo que representan, porque el seguido (o perseguido) es Cristo, como lo fue en su momento y lo seguirá siendo en sus representantes.

         Yo soy Jesús, a quien tú persigues, oyó decir Saulo de Tarso. Y eso mismo se cumple siempre en toda persecución contra los cristianos. Si los cristianos son perseguidos, lo son por el hecho de ser cristianos y encarnar lo cristiano, y no por sus apellidos, o rango social o posesiones, sino por llevar una cruz en la frente y mostrarse partidarios del Crucificado.

         La historia de las persecuciones nos muestra que, lo que en realidad se persigue, es lo cristiano, ya se encuentre esto en las personas, en los signos o en las instituciones. Es el odio a lo cristiano lo que acaba desencadenando la persecución, sobre todo a los ungidos por el espíritu de Cristo.

         Si hemos que llevar consigo esta situación de rechazo, de forma sistemática, lo mejor que se puede hacer es asumirlo e intentar sacar de ello algo positivo (si es que lo tiene). Es lo que nos dice Jesús: Así tendréis ocasión para dar testimonio. Es decir, de mostrar lo que son: personas a favor de alguien (del Crucificado) por quien merece la pena arriesgar la vida. Entonces, el testimonio adquirirá mayor grado de verosimilitud, y se hará más creíble todavía.

         Respecto a las instrucciones para esos tiempos de persecución, Jesús detalla cómo ha de hacerse ese testimonio: Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis, pues en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir. No seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

         Es decir, que el momento de la prueba no es tiempo para foros, ni para discursos, ni para argumentaciones. Ni tampoco para preocuparse, pues lo que aquí importa no es el discurso (el qué digo, o cómo lo digo), sino el testimonio de estar a favor de Cristo.

         Lo que importa en estos momentos, por tanto, no es el discurso, sino el espíritu. Y esa será nuestro mayor poder de persuasión, muy por encima de las bellas composiciones retóricas. Pero para eso se requiere estar centrados en el Espíritu de Cristo, en disponibilidad martirial.

         En esta situación, en la que el odio impondrá su ley y hará saltar por los aires los lazos más sagrados, los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, y los padres a sus hijos. También se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán, y el panorama será realmente tenebroso. Es lo que hay que saber que pasará, porque lo dice Jesús y porque la historia lo irá corroborando una vez tras otra, con un realismo que supera los más oscuros presagios.

         Realmente, cuesta entender que unos padres entreguen a sus hijos (cristianos) a la muerte, o que unos hijos denuncien a sus padres (cristianos) a la pena capital. Pero así fue, no muchos años después de la muerte de Cristo, y cuando el odio profetizado por Jesús se desató, y empezó a perseguir y exterminar cualquier atisbo de existencia cristiana, a base de relato martirial tras relato martirial.

         El odio contra lo cristiano, por tanto, es más fuerte en un anti-cristiano que sus vínculos familiares más básicos. Es un odio que no repara en los daños colaterales, que olvida el parentesco o el afecto, y que se dedica a buscar, denunciar y matar cualquier cosa cristiana que se encuentra a su paso.

         Todos os odiarán por mi nombre, apostilla Jesús. Es decir, he aquí la razón de ese odio: el nombre de Jesús. Porque el que odia este nombre odia también todo lo que lleva este nombre, que no es otro que el nombre de cristiano.

         Más allá del odio y sus estragos, concluye Jesús, seguirá habiendo futuro, pues el que persevere hasta el final se salvará. Tal es la recompensa de los que perseveren (fieles) hasta el final, en medio de las dificultades y las persecuciones.

         He aquí, por tanto, la clave: la perseverancia hasta el final. Porque no transcurrirá mucho tiempo hasta que llegue ese final, y entonces el deseo del premio (la salvación) será más fuerte que el miedo al tormento. Creedme, añade Jesús: No terminaréis con las ciudades de Israel antes que vuelva el Hijo del hombre.

 Act: 10/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A