9 de Agosto

Domingo XIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 agosto 20
26

Meditación

         El evangelio de hoy es una hermosa catequesis sobre la fe y la falta de fe, sobre nuestros miedos ante una naturaleza indomable, sobre las dudas que despierta nuestra falta de confianza (en Aquel que nos fundamenta) y sobre la necesidad de estar a solas con quien sabemos nos ama. Veámosla.

         Jesús, tras haber realizado el milagro de la multiplicación de los panes, nos recuerda el evangelista, apremió a sus discípulos a que subieran a la barca, mientras él despedía a la gente. Su intención era quedarse a solas para orar, pues Jesús no sólo buscaba a las multitudes (a las que ve como ovejas sin pastor, y por eso las atiende) sino que también despide a la gente. En este caso, para quedarse a solas con su Padre, para orar.

         Hay cosas que sólo se pueden hacer estando en soledad. Y para ello será necesario despedir a la gente, aislarse momentáneamente del mundo y buscar esa soledad (en la que se queda solo uno mismo, en su intimidad y con lo más íntimo de él).

         Jesús sintió esa necesidad, en este caso para respirar silencio (su intimidad) y estar con su Padre (lo más íntimo de él). Al fin y al cabo, él era su Hijo, también tenía necesidad de su Padre y ¿cómo no reservar tiempos para estar a solas con él?

         A Jesús no le sobraba el tiempo, pues había venido para redimir a la humanidad y eran muchas las gentes que buscaban con ansia esa redención. Estaba, por tanto, muy escaso de tiempo. No obstante, Jesús buscó tiempo para estar a solas con su Padre, pues necesitaba hablar con él (para que le manifestase su voluntad) y recibir su apoyo paterno (nutriendo así su conciencia filial).

         Si nuestra fe en Dios no necesita de estas confidencias (esto es, de diálogo, interlocución, visita, reciprocidad con él...) es que está falta de algo o de mucho, pues ¿qué relación es ésa en la que los amigos, o los novios, no se ven? Toda relación necesita inherentemente, por tanto, eso: relación. Incluso la relación con Dios, que también se alimenta del contacto, de la confidencia y de la conversación.

         Por otra parte, Dios no está, como nos recuerda el pasaje de Isaías, en el movimiento impetuoso del viento huracanado (aunque también pudiera estarlo), ni en el movimiento desestabilizante y aterrador del terremoto, ni en el palpitar del fuego, sino en la quietud del susurro o de la brisa. Nada tiene de extraño, por tanto, que Jesús escoja una noche sosegada, y silenciosa y tranquila, para estar a solas con su Padre.

         Nosotros solemos escoger la noche para dormir y descansar, porque la oscuridad nos aísla y el silencio nos relaja. De igual manera, si queremos buscar momentos para dormir y descansar en Dios, habremos de aislarnos y buscar el silencio relajante, apagando los televisores, cerrando los libros, eliminando las interferencias e incluso despidiendo a la gente que nos rodea.

         Sólo ahí, en la intimidad del corazón, podremos encontrarnos íntimamente con Dios, el Intimísimo. Por eso la Iglesia ha privilegiado siempre los tiempos de oración y adoración, y por eso han surgido en el seno de la Iglesia los movimientos monásticos, las huidas al desierto y el eremitismo. Es la necesidad que experimenta el creyente, de estar a solas con Dios y que no haya nadie más allí.

         Pero el momento de la oración no es el único momento en la vida del cristiano, porque vivir no es sólo orar. Sino que está también el momento de la acción, y de la lucha y del trabajo.

         Estando en esta brega, no hemos de perder de vista que no estamos solos (como sí lo estábamos en la oración). Que no estamos solos por ese mundo hostil e inhóspito que nos rodea, y que no estamos solos porque Jesús está también aquí. Esto último es lo que debería darnos esa sana despreocupación, tanto para no apegarnos a lo que estamos haciendo, cuanto para estar menos pendientes de las habladurías y temores.

         Es lo que le pasó a Pedro en el pasaje que hemos escuchado, y que merece del Señor una reprimenda: ¿Por qué has dudado?

         Si fuésemos honestos, a esta pregunta tendríamos que responder que nosotros dudamos por el miedo, o al sentir la fuerza del viento, o porque nuestra duda es más fuerte que nuestra fe. En definitiva, tendríamos que reconocer que nuestra vida se ve asediada por todas partes por la incredulidad.

         Ánimo, soy yo, no tengáis miedo, nos había dicho ya antes de esto Jesús. Sin embargo, seguimos teniendo miedos y dudas, hasta el punto de hundirnos y tener que gritar: ¡Señor, sálvame!

         Si nos fijamos bien, en este grito dirigimos nuestro grito de socorro al Señor. ¿Y por qué a él? Porque seguimos creyendo en él, y seguimos teniendo fe en él, aunque nuestra fe esté corroída por las dudas. Por eso no nos hemos hundido, porque hemos seguido teniendo fe.

         Al tiempo que nos auxilia, Jesús nos echa en cara nuestra falta de fe: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? Y no es para menos. Pidamos al Señor, por tanto, que aumente nuestra fe, y que nos dé también a nosotros aquellos motivos para creer que dio a sus discípulos, cuando les permitió contemplar con sus propios ojos cómo amainaba el viento y volvía la calma al lago, por imperativo de Jesús.

         Aquella portentosa actuación de Jesús bastó para lograr la postración y el reconocimiento de los asombrados testigos presenciales, que acabaron diciendo: Realmente, eres el Hijo de Dios. Al asombro siguió el reconocimiento de su señorío, y la fe en él como Hijo de Dios.

         Como ellos, también nosotros seguimos necesitando motivos para creer. Por eso hemos de pedir no sólo que acreciente nuestra fe, sino que nos dé motivos para creer. Sin estos, la fe no aumentará.

 Act: 09/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A