11 de Agosto
Martes XIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 11 agosto 2026
Meditación
Según nos dice hoy Mateo, los discípulos de Jesús no se limitaban a discutir quién es el más importante, sino que se acercan al Maestro con esta pregunta: ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos? Es decir, que ya no se trata de saber quién era el más importante de ellos según sus cualidades terrenas, sino según los criterios de esa nueva sociedad que era el Reino de los Cielos.
Inmediatamente, Jesús llamó a un niño, lo puso en medio, y les dijo: Os digo que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.
Jesús habla a adultos, y les propone volver a ser como niños como condición para entrar en el Reino de los Cielos. Y aquí está el dilema, pues ¿estaba aludiendo Jesús a la inmadurez psicológica, como algo propio de ese Reino? Porque lo que está claro es una cosa: que volver a ser como niños no puede ser una regresión a la infancia biológica (cosa del todo imposible).
Volver a ser como niños es más bien recuperar la conciencia de la pequeñez (algo connatural a los niños) y en cierta medida su docilidad, a la hora de confiar y dejarse guiar por lo que les dicen (= creer) los mayores. En definitiva, es recuperar la posibilidad de creer, pues ¿cómo podrán entrar en ese Reino los que se fían tan sólo de sí mismos (por cierto, tan equivocados), y no de los demás?
Freud diría que hacerse niño sería una regresión anómala o patológica en un adulto, pues según él ya hemos alcanzado la madurez para poder emanciparnos de este Dios que nos ha sido impuesto. Pero Jesús no es de la misma opinión, y por eso dice que para entrar en el Reino de los Cielos es necesario recuperar la conciencia de hijos de Dios.
Sí, hacerse como niños significa recuperar la pequeñez perdida, y desde ella empezar a entablar relación con Dios, pues ¿cómo querer entrar en el reino de Dios, y formar parte de esta familia de Dios, no sintiéndose necesitado de nada? Por lo menos, habrá que estar necesitados de Dios (al igual que todo niño está necesitado de su padre).
Hacerse como niños es volver a sentir la necesidad de Dios Padre. Y el que más sienta esta necesidad, ése será sin duda el que se va a ir haciendo más grande en el Reino de los Cielos.
Acoger a un niño es acoger estos valores. Y acogerlo en nombre de Cristo es acoger estos valores como los propios para la vida cristiana. Es en lo que consiste la infancia espiritual: en volver a sentirse hijo de Dios.
Finalmente, lanza Jesús una advertencia: Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. Despreciar a uno de esos pequeños no es sólo despreciar la pequeñez, sino también a aquellos que tienen el honor y la dicha de contemplar ya el rostro de Dios.
¿Qué os parece?, les dijo a continuación Jesús, como reclamando su juicio: Suponed que un hombre tiene cien ovejas; si se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
El pastor que sale tras una oveja perdida, y deja a las otras 99 a buen recaudo, es que realmente tiene interés por cada una de sus ovejas, porque una oveja perdida entre 100 es, en términos porcentuales, el 1% de pérdida, una insignificancia para el riesgo que supone perder las otras 99.
Según este pastor, cada una de sus ovejas, una por una, tienen un valor absoluto, y por eso no puede permitir el extravío de una sola de ellas, y por ello sale en su búsqueda. De ahí que, cuando la encuentre, se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se han extraviado, porque finalmente no ha perdido a ninguna de sus ovejas, y el peligro (la que se había perdido) ha pasado.
Pues bien, acaba diciendo Jesús, enlazando con la pequeñez en el Reino de los Cielos, tampoco vuestro Padre del cielo quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.
A esto es a lo que quiere llegar Jesús, a hacernos entender el interés de Dios por cada uno de nosotros (sus pequeños). Dios es el primer interesado en nuestra salvación, y no quiere que se pierda ni una sola de sus criaturas, y para esto nos pide recuperar la pequeñez.
Si esta es la voluntad de Dios, tan positivamente volcada en nuestra salvación, hemos de esperar que él pondrá todo lo que esté de su parte por lograr este objetivo (incluida la sangre de su Hijo). No lo pongamos en duda, pero tampoco lo tiremos por la borda escapándonos y perdiéndonos como esa oveja descarriada.
Si Dios no se ahorró en ello la sangre de su Hijo, tampoco ahorrará esfuerzos, ni entradas y salidas, ni llamadas, ni intentos, ni travesías... con tal de recuperar a cualquier hijo extraviado, aunque para ello tenga que atravesar los más desconcertantes y complejos parajes de este mundo.
Con la certeza de que Dios nunca nos dará por perdidos, por muy alejados que estemos de él, conservemos siempre la esperanza del retorno, de la recuperación y del reencuentro. Y confiemos siempre en el éxito de sus salidas, de sus búsquedas y de sus empeños salvíficos.
Act:
11/08/26
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M U R C I A
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