14 de Agosto
Viernes XIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 14 agosto 2026
Meditación
Los acercamientos de los fariseos a Jesús solían esconder casi siempre intenciones aviesas. En esta ocasión, como tantas otras veces, se acercan a Jesús con una pregunta, pero no con intención de aprender, sino de ponerlo a prueba para tener después de qué acusarlo.
Las pruebas a que quieren someterle son siempre la antesala de la acusación, y lo único que pretenden es desacreditarlo a los ojos del pueblo (que le admira), y encontrar un motivo de condena. En este caso, la pregunta de hoy es: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?
Los fariseos ya tenían respuesta para esta pregunta, pues para ellos era lícito divorciarse de la mujer siempre que hubiera causa justa o razón suficiente. Para unos, esta causa podía ser cualquier suceso intrascendente de la vida conyugal (cualquier fallo o falta, por leve que fuera), mientras que para otros el único motivo de divorcio podía serlo el adulterio.Vivían, por tanto, bajo una legislación divorcista, que permitía el divorcio. Y para ello pretendían ampararse en la ley de Moisés, que en su día permitió la ruptura matrimonial mediante el acta de repudio a la mujer.
Pues bien, a esa tradición mosaica es a la que se remite Jesús, cuando contesta a la pregunta con otra pregunta: ¿Qué os mandó Moisés?
Jesús reconoce la existencia de esta legislación, y la justifica en gran medida invocando una razón: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Luego se trata de una permisión legal puntual, debida a la terquedad de los hombres de aquel tiempo, quizás para evitar males mayores. Pero al principio no fue así. Es decir, en principio no es así.
Jesús se remite, en este caso, a una tradición anterior a la mosaica, una tradición que, a su entender, habría que recuperar:
"Al principio Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre".
Son textos del Génesis. Y Jesús invoca esta Escritura como exponente de la tradición más primigenia. Dios los creó hombre y mujer y, por tanto, sexualmente distintos y complementarios, en una diferencia que distingue pero que no separa, sino que complementa y hasta une. Fueron creados hombre y mujer por Dios, con miras a formar una unión de dos abierta a la vida. Es decir, para hacerlos una sola carne.
Por eso, porque están naturalmente encaminados a esta unión, abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y formará con ella una sola carne. Se abandona a la familia de procedencia para formar una nueva familia, en base a una unión que es el origen de esa nueva familia, y a una unidad de la carne que tiene un inmediato fin: la procreación.
Aquí está el origen de la familia, en la creación bisexuada del hombre y la mujer. Y en este origen hay un designio divino de unión. Y como la unión sólo puede darse entre un hombre y una mujer concretos, hay que pensar que, cuando se produce esa unión efectiva, Dios la quiere. Es decir, que Dios quiere la unión de ese hombre y de esa mujer concretos, en los que ha surgido el amor y la mutua atracción.
Si eso es así, concluye diciendo Jesús, que no lo separe el hombre lo que Dios ha unido (porque ha querido unido). Separar una sola carne es separar algo unido por Dios, es romper una unión querida por Dios, y es distanciarse de la voluntad de Dios.
Si esto es así, ¿se cierra el camino a cualquier permisión, como la de Moisés? Por supuesto, al acta de repudio sí. Pero si esa unión se está resquebrajando en su interior, y se presenta ya como algo podrido (que huele mal), ¿qué habrá que hacer? ¿No habrá que aceptar con resignación ese hecho, e intentar sanar las partes implicadas y enfermas? En este caso, ¿no se podría sanar a cada parte por separado, para luego volverlas a unir?
Esas son las preguntas que nos seguimos haciendo hoy. Porque si permitimos la separación temporal, y cada una de las partes establece una relación con otra persona, estaríamos poniendo a ambos cónyuges en ocasión de adulterio, y ¿no destruiría eso todavía más la unión sagrada?
Quizás estas y otras preguntas son las que llevan a los discípulos de Jesús a volver sobre el tema. Aunque el tema todavía se complicó más, por la respuesta de Jesús: Si uno se divorcia de su mujer, y se casa con otra, comete adulterio contra la primera.
Es decir, que la mujer de la que uno se separa (¡e incluso se divorcia!), para casarse con otra, sigue siendo su mujer. Y esto hasta el punto de serla infiel (cometiendo adulterio) si se casa con otra. Esta respuesta de Jesús no deja escapatoria. Atrás parece haber quedado el precepto de Moisés y su justificación, y atrás parece quedar la terquedad como motivo justificante del divorcio.
Jesús, al remitirse a los orígenes, recupera en toda su radicalidad la pureza de la unión matrimonial entre el hombre y la mujer, hasta el punto de hablar de ellos como una sola carne sin dejar de ser dos (es decir, un matrimonio monógamo e indisoluble).
Hoy día, ante la avalancha de experiencias de fracaso matrimonial, puede resultar difícil aceptar esta indisolubilidad radical, e incluso ver ésta como una intransigencia más de esa Iglesia que se aferra al dictado de Cristo de manera poco flexible.
Por supuesto, la Iglesia no admite el divorcio. Pero sí la separación sanadora temporal, así como el cuidado personalizado de cada situación irregular. Lo que no puede hacer la Iglesia es invalidar una norma que surge de la entraña del mismo evangelio, con su carga incuestionable de radicalidad.
El cristiano está constantemente invitado a vivir la radicalidad evangélica. Y tiene que saber que su propio fracaso personal, incluido el de adulterio, no queda al margen de la misericordia de Dios, el cual perdonó a la mujer sorprendida en adulterio. No, las exigencias evangélicas no son nunca obstáculo para el uso balsámico de la misericordia. Al contrario, es sobre los pecadores sobre los que se derrama más copiosamente.
Act:
14/08/26
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ordinario
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R C A B A
M U R C I A
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