14 de Junio

Domingo XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 junio 2026

Meditación

         Seguramente que todos nosotros, en mayor o menor medida, tenemos conciencia de ser pueblo de Dios. Pero ¿qué nos hace tener esta conciencia? Sin duda, que formamos parte de la Iglesia. Pero también que estamos bautizados, y que por ese bautismo hemos pasado a ser hijos de Dios, y a pertenecer a una familia (la familia o pueblo de Dios).

         La conciencia de pertenencia es la que confiere a los individuos una identidad grupal, más allá del nacimiento, la naturaleza o la simple adscripción jurídica. El libro del Éxodo también nos habla de esta elección o pertenencia, en este caso acompañada de obediencia. Se trata del pueblo elegido, que libremente ha decidido pertenecer y someterse (mediante un pacto) a su Configurador:

"Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa".

         Así, nosotros somos pueblo de Dios porque hemos decidido libremente bautizarnos en su nombre. Y también porque escuchamos su voz y guardamos su alianza, con total voluntariedad, obediencia y compromiso.

         No obstante, aquí surge un interrogante, pues ¿podemos decir que es pueblo de Dios un bautizado que nunca asiste a escuchar la palabra de Dios, ni se esfuerza por guardar su alianza? ¿Podemos decir que es pueblo de Dios el bautizado que ha olvidado o quiere olvidar sus promesas bautismales? Difícilmente.

         Dios, sin embargo, no ha dejado de sentir pasión por el hombre, pues su sentimiento es eterno. Es lo que nos hace saber San Pablo: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. No hay mayor prueba de amor que la entrega de la propia vida por la persona amada. Y Cristo, confiesa el apóstol, murió por nosotros, sin haber dejado nosotros de ser pecadores.

         Otra prueba de este amor divino compasivo es la que nos dio el propio Hijo de Dios, según hemos escuchado en el evangelio de hoy: Al ver a las gentes, Jesús se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Lo que mueve la actividad de Jesús es la pasión por el hombre, y su compasión.

         Para compadecerse hay que ponerse a la altura de aquel que, siendo digno o indigno de compasión, sufre. Es ponerse a la altura del hombre sufriente y extenuado, que va desorientado o que vive en la incertidumbre, que se deja ver en un rebaño de ovejas abandonadas o que carece de la guía del pastor.

         En semejante situación, Cristo se nos ofrece como buen pastor, y está dispuesto a proporcionar pastores a los que se sientan desorientados, para que ellos sean su guía y orientación. Con este fin se dirige a sus discípulos, y les dice que rueguen al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

         Acto seguido, Jesús llamó a los Doce, dándoles autoridad (= potestad) para la misión que les encomendaba: expulsar espíritus inmundos y curar enfermedades y dolencias, en el marco del proceso de salvación.

         La llamada de Jesús, por tanto, va ligada a la oración (al dueño de la mies), y debe ser percibida por los llamados de forma totalmente interpelativa, sin la más mínima duda. ¿De dónde salen, si no, los 12 apóstoles, sino de esos discípulos que recibieron la llamada con una conciencia de absoluta disposición, en el extenso campo de una mies tan abundante?

         Los que son llamados por Dios sienten la necesidad de orar, y los orantes acaban disponiéndose para cualquier tipo de trabajo, así como ofreciendo sus propias vidas al dueño de la mies. Es decir, se convierten de inmediato en colaboradores, en pro de esa causa por la que oran.

         Orar no es dejar a Dios todo el peso de la acción, sino disponerse a actuar (en la medida de sus posibilidades) en su nombre y al servicio de sus designios. Tratándose de una actuación histórica, el peso de la misma debe recaer sobre los que vivimos en la historia, aunque siempre auxiliados por la gracia del Omnipotente.

         También es verdad que no todos los orantes dispuestos a ser trabajadores de la mies son llamados para el específico trabajo ministerial. Pero no por ello han de dejar de estar disponibles, pues sólo ellos recibieron autoridad (potestad y autorización) para desempeñar el ministerio.

         Sin ser de los Doce, hay muchos otros que también se profesan discípulos de Jesús, y que por ello también son invitados por Jesús a trabajar en su viña, en este caso como colaboradores de los llamados directamente por Jesús. Sólo así será posible llevar a cabo la magna tarea de la evangelización y extensión del reino de Dios.

         Proclamar que el reino de Dios está cerca es afirmar la cercanía del mismo Dios. Dios está tan cerca que se ha hecho en Cristo nuestro contemporáneo, y está tan cerca su Reino que los valores del mismo podrán ser ya vividos en este mundo, y en la medida en que se vivan y respeten se hará más palpable la salvación que aportan.

         Los signos que acompañen al evangelizador, tales como curaciones de enfermos, resurrecciones de muertos y expulsiones de demonios, serán ofertadas gratuitamente, serán sus credenciales y serán su principal elemento de credibilidad. No sólo porque en tales acciones resplandecerá lo sobrehumano, sino porque también transmitirán la misericordia del Dios compasivo.

 Act: 14/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A