22 de Junio

Sábado XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 junio 2024

c) Meditación

         Escuchamos hoy cómo Jesús dice a sus discípulos: Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

         Jesús expresa la dificultad de hacer compatibles dos servicios paralelos, o el servicio a dos amos con exigencias contrapuestas, simultáneas o difícilmente compatibles. En estos casos, lo normal es que se acabe apreciando a uno más que a otro, y que se acaba despreciando a ese que se apreciaba menos. 

         En nuestro caso, lo cierto es que somos limitados, y aunque queramos dedicarnos a muchas cosas, y servir en muchos frentes, al final tendremos que optar, desechando algunos oficios y consagrándonos a otros.

         Además, cuando esas tareas reclaman dedicación exclusiva, resulta muy difícil compatibilizarlas con otras. Y si el servicio exige concentrar todas nuestras energías en él, será mucho más absorbente e inconciliable con otras labores. ¿No es esto lo que sucede con los estudiantes en tiempo de exámenes?

         Lo extraño en la comparación de Jesús es que equipare dos realidades tan distintas y distantes: Dios y el dinero, confiriéndoles señoríos y exigencias similares.

         Es evidente que Dios, el Señor del universo, tiene que ser servido, y de hecho, ya lo hacen las estrellas y los electrones (al dictado de sus leyes, las que él ha inscrito en su naturaleza). Nosotros también formamos parte de esa naturaleza, pero puesto que disponemos de conciencia, este servicio ha de salir de nosotros, a través de una decisión consciente y libre.

         En este sentido, nuestro servicio a Dios sólo podrá hacerse como una respuesta obediente, a lo que él nos propone. Y nada tiene de extraño, por tanto, que a Dios, en cuanto dueño del universo, se le compare con un amo que debe ser servido y obedecido.

         Lo inusual del caso es que Jesús compare al dinero con un amo que reclama obediencia, pues en este caso estamos hablando de un amo impersonal. No obstante, sus motivos tendrá Jesús, para establecer esta equivalencia.

         Indagando en el tema, lo que sí está claro es que a veces el dinero tiraniza a los seres humanos, y por dinero se inmolan vidas humanas, incluida la propia. ¡Cuántos hombres o mujeres, por dinero, son capaces de las mayores atrocidades o de los mayores sacrificios! Son capaces de matar y de morir, son capaces de sufrir penalidades sin cuento.

         También hay personas que por dinero son capaces de romper los vínculos con sus padres o hermanos, con tal de obtener la herencia. Y los hay quienes son capaces de empeñar toda una vida de esfuerzos para lograr esa fuente de ingresos inagotable. Y todo con tal de conseguir ese tesoro, que ellos creen que va a solucionar sus vidas.

         Cuando el dinero adquiere esta dimensión, y acaba idolatrizándose, ¿no ha dejado de ser lo que era, para convertirse en un dios (resp. amo) de exigencias incalculables? Nunca dejará de ser lo que es, por supuesto. Es decir, un medio de compraventa de mercancías. Pero cuando el hombre lo dota de tal poder, al final quien está por encima del hombre es el dinero, y quien acaba reduciéndose a una mercancía comprable y vendible es el hombre.

         Con ello, el dinero pasa a convertirse en una entidad soberana y maléfica, puesto que no repara en daños e inmolaciones. Eso sí, sin personalizar, pues la fascinación del dinero no es sino la fascinación del poder que el dinero concede al que lo posee, siendo éste el poseído por la codicia que el poder del dinero ha despertado en él.

         Todas estas condiciones hacen del dinero algo más que un instrumento (= moneda) de cambio, y lo elevan a la categoría de amo (impersonal) o de ídolo (= dios falso). Tan impersonal es uno como el otro; y sin embargo, ambos ejercen su dominio. Este rango es el que permite la comparación entre Dios y el dinero.

         En cuanto señores, las exigencias de uno (Dios) y de otro (el dinero) pueden parecer similares, pero están en las antípodas. Ambos pueden pedirte la vida, pero uno (Dios) te pedirá lo que es suyo y él te ha dado, y el otro (el dinero) te pedirá lo que no es suyo ni puede garantizarte. Ambos disponen de poder para dar y quitar.

         Por otro lado,, el poder de Dios, siendo omnímodo, se estructura sobre el amor a la hora de actuar. Y por eso, cuando parece pedir algo para sí lo que hace en realidad es seguir dándote. El poder del dinero, en cambio, es limitado, y se sustenta en la mentira que encierra la engañosa codicia. Ambos imperan, pero el poder del dinero es temporal y pasajero, mientras que el poder de Dios es eterno.

         No hay comparación, por tanto, entre uno y otro, aunque el hombre los equiparare como si fuesen merecedores de un aprecio semejante, como efecto óptico de nuestra acentuada miopía. En cualquier caso, la pretensión de servir a amos tan distintos y distantes (a Dios Creador y al dinero criatura) se verá siempre confrontada con la tozuda realidad, que provoca de tales servicios unas consecuencias incompatibles. En realidad, no es posible servir a Dios y al dinero, aunque pueda parecerlo.

         Pero el discurso de Jesús no se detiene en este punto, sino que el Maestro saca sus consecuencias, llevándolas a extremos que se nos antojan difícilmente asumibles:

"Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan, y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?".

         Con frecuencia, la vida constituye un motivo de preocupación tanto para los que escasean como para los que rebosan, tanto para los que no tienen medios (y los buscan desesperadamente) como para los que abundan en ellos (pero necesitan multiplicarlos, pues para ellos nunca son suficientes).

         Y es que la vida, en cuanto tal, no depende de nosotros ni de nuestros medios, por muy abundantes que estos sean. Es lo que recuerda Jesús: ¿Quién de nosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

         La preocupación por la vida implica preocupación por sostenerla y mejorarla (el medio ambiente, la higiene alimenticia, los cuidados médicos, la salud mental...). Pero también es evidente que la vida vale más que el alimento, y que éste está al servicio de aquélla (pues no vivimos para comer, sino que comemos para vivir).

         Por ello, Jesús aconseja desechar el agobio o la preocupación por el comer y el vestir (siendo estos tan necesarios), e invita a fijar la mirada en otros seres (los pájaros) que también pasan por lo mismo: Ni siembran, ni siegan, ni almacenan (como hacemos nosotros, para tener más y creernos así asegurados). Y esto porque el Padre celestial los alimenta, como alimenta a todas sus criaturas naturales (incluidos los inmóviles árboles).

         Sin realizar tareas agrícolas, los pájaros encuentran la comida que necesitan. Y lo mismo los lirios del campo. Y es que Dios, su Creador, ya se ha cuidado de dotar a todo ser vivo de los mecanismos necesarios para asimilar los nutrientes para la vida, a través de la materia orgánica o inorgánica, de la vegetal o animal.

         Dios los alimenta porque les proporciona lo necesario para su alimentación, aunque esto no significa que no tengan que buscar la comida, o desplazarse o esforzarse para lograrla. A veces, incluso tener que competir con sus rivales.

         Tampoco significa esto que no tengan que padecer tiempos de escasez o de sequía, en los que apenas haya comida para todos. Ni tampoco que puedan perder la vida a consecuencia de esta carencia. Pero mientras permanecen vivos, porque Dios quiere que vivan, es él quien cuida de ellos, y los alimenta a través del sol, la lluvia y las semillas.

         Pues bien, si esto hace por los pájaros, ¿qué no hará por nosotros, que valemos mucho más que los pájaros? En las palabras de Jesús hay sin duda una invitación a confiar en el Dios providente, en el Dios que cuida de sus criaturas, en ese Dios que es Padre amoroso y que como Padre está pendiente de sus hijos.

         La confianza no impide la ocupación, pero sí ha de evitar la preocupación (u ocuparse dos veces de la misma cosa) excesiva, o del que cree que todo depende de sí mismo. Nuestros asuntos también dependen de otros y, en último término, de los designios de Dios.

         Si los paganos se afanan por estas cosas, es porque desconocen o viven al margen de esta paternidad de Dios. Mas el que se sabe hijo de Dios debe vivir de otra manera, sabiendo que su vida depende esencialmente de él.

         Sobre todo, nos dice Jesús, buscad el reino de Dios y su justicia, pues lo demás se os dará por añadidura. Ese debe ser el motivo de nuestros desvelos, y no tanto lo que pertenece al dominio de las cosas (las añadiduras).

         Además, el mañana es incontrolable, y no está en nuestro poder, y no sabemos siquiera si habrá un mañana que disfrutar o padecer. ¿Para qué agobiarse, entonces, por algo tan incierto como el mañana?

         Pero los humanos funcionamos así, acumulando agobios y perdiendo de vista la incertidumbre del futuro. A cada día le bastan sus disgustos, recuerda Jesús, y ya el mañana será lo suficientemente extenso como para sumar disgustos. No los anticipemos, ni los prolonguemos innecesariamente en el tiempo.

         Confiemos, pues, en Dios, y agradezcámosle el día que nos permite vivir. Vivamos esperanzados y abiertos a las sorpresas de Dios, pero con ánimo de hijos custodiados por la mirada amorosa del Padre celestial.

 Act: 22/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A