19 de Junio

Viernes XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 junio 2026

Meditación

         Como en tantos pasajes del evangelio de Mateo, también en este de hoy Jesús instruye a sus discípulos: No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen. Amontonad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben.

         Jesús nos aconseja poner la mirada en un lugar en que las cosas que no se deterioran ni se corrompen, ni están sujetas al hurto o a la rapiña de los ladrones. No merece la pena, viene a decir, empeñarse en amontonar tesoros aquí en la tierra, porque dichos tesoros estarían demasiado expuestos al deterioro de la polilla o la carcoma, a la substracción de los ladrones o a los vaivenes de la bolsa (y por tanto, a la pérdida de todo su valor).

         Lo que sí merece toda nuestra atención y dedicación es el cielo y los tesoros que allí podemos amontonar, pues en el cielo no hay polilla, ni carcoma ni ladrones, ni ninguno de esos factores que pudieran devaluar nuestros tesoros. En el lugar de las cosas imperecederas, los tesoros conservan todo su valor y no hay espacio para la corrosión, el extravío o el robo.

         ¿Y qué tesoros son esos que, estando en la tierra, podemos acumular en el cielo? Sin duda, han de ser cosas muy valiosas y disfrutables en el cielo, cosas como la amistad, la fraternidad, la paz, la armonía, la veracidad, el respeto, el reconocimiento de la propia dignidad y libertad, el gozo que proporciona el encuentro con la verdad, la belleza y la bondad, o un amor sin quiebra y sin detrimento.

         Todos estos valores son cultivables en la tierra, pero tan sólo pueden ser acumulables en el cielo. No a través de los méritos (tratando con ello de equiparse para las moradas celestes), sino a través del ejercicio de las virtudes, para poder seguir disfrutando en el cielo aquello a lo que ya nos habituamos en la tierra.

         Los tesoros de los que habla Jesús no pueden ser sino esos actos reiterados de amor con los que vamos amontonando un amor sin deterioro y sin mengua en el cielo. Porque ¿dónde está nuestro tesoro, sino en aquello que realmente apreciamos por encima de todo?

         Donde está nuestro corazón, que es el que hace de algo digno de aprecio su tesoro, estarán nuestros principales tesoros personales (un hijo, una creación literaria, la afición matemática...). Pues bien, esas cosas que llevamos en el corazón, por sernos muy apreciadas, para nosotros carecen de precio, y son aquello que nunca cambiaríamos por nada del mundo.

         Es lo que nos dice Jesús: Poned vuestro corazón en lo que tiene valor imperecedero, en lo que no puede depreciarse ni devaluarse, en lo que siempre mantendrá su valor. Tal es el valor de las cosas del cielo. San Pablo pone este valor imperecedero en el amor, el único que no pasará (porque la fe y la esperanza cesarán, pero el amor no pasará). El amor es ese tesoro acumulable (ya en la tierra) del que habla Jesús, y para apreciar su valía hay que haberlo conocido.

         La lámpara del cuerpo es el ojo, recuerda Jesús. Es decir, el ojo es ese órgano corporal que nos permite ver lo que nos muestra la luz, y esa lámpara que nos permite desenvolvernos en el espacio sin chocar o tropezar con los objetos que encontramos en nuestro camino.

         Pero para cumplir su función es preciso que el ojo esté sano, pues si está impedido o enfermo no podrá mostrarnos lo que está a la vista por estar en la luz. Si esto sucede, el cuerpo entero quedará a oscuras y desorientado, sin saber qué dirección tomar o hacia dónde dirigir sus pasos.

         La imagen empleada por Jesús es sumamente ilustrativa. Para mantenernos orientados necesitamos de la luz, y para percibir el espacio iluminado necesitamos órganos visuales (ojos) capaces de mantener su función (sanos), pues de nada serviría que el espacio estuviera perfectamente iluminado, si no podemos ver.

         La luz sólo será realmente útil para nosotros si conservamos nuestra capacidad visual. Y si ésta está realmente sana iremos captando todo lo que nos va mostrando la naturaleza (su movilidad, su creaturalidad, su carácter perecedero, su orden, su inteligencia, sus ajustes...). Por este camino de captación progresiva se irá haciendo la luz en nuestras vidas, y las cosas irán encontrando su lugar y su sentido, y aquello para lo que fueron diseñadas. 

         Entre estas cosas nos encontramos también nosotros, los hombres, con un sentido y un fin aún más claro y manifiesto que las demás cosas creadas. No hallar el sentido y el fin de nuestra existencia sería permanecer sumidos en la oscuridad, por muy grande que sea la envoltura luminosa en la que nos movamos.

 Act: 19/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A