2 de Agosto

Domingo XVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 agosto 2026

Meditación

         El evangelio de hoy recoge uno de esos hechos extraordinarios que provocaron la admiración de los que fueron testigos. El evangelio lo presenta así: Jesús dio de comer hasta la saciedad a toda una multitud (cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños) con tan sólo 5 panes y 2 peces. Este es el hecho que quedó en el recuerdo de sus discípulos, y pasó a formar parte de esa memoria escrita que son los evangelios.

         El texto subraya varias cosas. Primero, que fue un acto de compasión de Jesús, como lo eran las ya casi ordinarias curaciones de enfermos y esas obras de misericordia que poco después mandará practicar a sus discípulos (dar de comer al hambriento). Esto es lo que Jesús hizo en esta ocasión. 

          Después de haberles servido el pan de la palabra, Jesús les sirve el pan, sin más. Y todo en función de las necesidades humanas, porque tan necesario es el pan que nos sustenta (corporalmente hablando) como el que alimenta o sacia nuestra hambre de vida (humana y eterna).

         El caso es que Jesús no se desentiende de ninguna necesidad, y a él le importa el hombre en su integridad, con su alma y con su cuerpo, con sus necesidades materiales y espirituales, con sus carencias físicas y sus anhelos más trascendentes.

         Otro de los aspectos destacables es que Jesús no obra desde la nada, sin ningún recurso (como creando de nuevo), sino que da de comer a muchos con los recursos que tiene (cinco panes y dos peces), aunque éstos sean escasos. No crea, sino que multiplica (los recursos humanos que le ofrecen) y premia lo poco que el hombre puede aportar. Ése es el 2º aspecto del poder de Dios, que es poderoso para potenciar o multiplicar nuestras propias posesiones.

         A la invitación del Señor (dadles vosotros de comer), nosotros solemos responder: No tenemos más que cinco panes y dos peces, o también: ¿Qué es esto para tantos? Es decir, que ante la magnitud de los problemas del mundo sacamos nuestras propias excusas, pues ¿qué puedo aportar yo en estas circunstancias?

         Aunque sea ésta la sensación, Jesús nos dice: Traedme lo que tengáis. Y con eso sacia a la multitud y realiza el milagro, haciendo posible lo que a nosotros se nos presenta imposible. Nuestros recursos, de escaso valor en sí mismos, adquieren de repente una dimensión inusitada cuando los ponemos en las manos de Jesús, el cual es poderoso para acrecentarlos o para multiplicarlos milagrosamente.

         Milagroso es el valor que adquieren los bienes que se comparten, pero también el poder que éstos adquieren cuando salen o pasan por las manos de Dios.

         Comieron todos hasta quedar satisfechos y hubo sobras, nos dice el evangelista. Lo peor es que sobre el pan y se tire habiendo aún gente insatisfecha o sin alimentar. Pues bien, también aquí las sobras se recogieron en cestos, quizás porque los recursos de la tierra son limitados y la saciedad humana es imprevisible.

         El hombre, después de alimentado, vuelve a tener hambre. Pero Cristo no se limita a darnos de comer, sino que se nos da él mismo en comida, y se multiplica para cada uno de nosotros en la comunión eucarística.

         Las profecías de Isaías ya estaban anunciando que este hecho tendría lugar en la era mesiánica, cuando dijo: Venid también los que no tenéis dinero, comed sin pagar, vino y leche de balde; comeréis bien, sellaré con vosotros alianza perpetua. Y se hicieron realidad en la vida de Jesús. Pero aún se hará más real cuando nuestra saciedad se haga más completa y definitiva, cuando veamos plenamente saciada nuestra hambre y sed de vida.

         Dios, el Dios compasivo y misericordioso, no busca otra cosa que saciar nuestra hambre. Por eso, abre su mano y nos colma de bienes. Aquí descubre San Pablo el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, y tiene tal conciencia de este amor (se siente de tal manera amado de Dios) que ya nada ni nadie podrá apartarle del mismo (ni el hambre, ni la aflicción, ni la persecución), porque procedan o no procedan estas cosas de Dios, no le harán dudar de su amor.

         Jesucristo no se limita a darnos de comer, sino que se nos da él mismo en comida y se multiplica para nosotros, algo que puede hacer en su condición de glorificado.

 Act: 02/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A