8 de Agosto
Sábado XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 8 agosto 2026
Meditación
De nuevo nos encontramos hoy con Jesús atendiendo la petición de un hombre afligido que, arrodillándose ante él, le pide compasión para su hijo, que está enfermo. Señor, le dice, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y sufre muchos ataques. Muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.
Es la súplica de un hombre angustiado que se agarra a Jesús como último recurso, puesto que ya ha probado otros medios sin éxito alguno. Ha acudido incluso a los discípulos del Maestro, pero éstos no han sido capaces de curarlo.
Jesús reacciona señalando una carencia que parece concernir no sólo a sus discípulos, sino a su entera generación, y que es la causa que explica su incapacidad para obrar el milagro: ¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.
La gente sin fe no puede obtener nada de Dios, porque lo que da el poder es precisamente la fe. He aquí la imagen humana del Dios que se ve obligado a soportar con paciencia la incredulidad de sus criaturas. Aun así, no deja de ser Dios lo que es (es decir, compasivo y misericordioso), y por eso les dice Jesús: Traédmelo, sobre todo para tenerlo delante.
Cuando Jesús tiene al muchacho delante, increpa al demonio (pues no era epilepsia lo que tenía, aunque lo pareciera) para que salga de él, y el niño se ve liberado y curado.
Es entonces cuando, una vez que consumada la sanación, los discípulos se acercan a Jesús pidiendo una explicación: ¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros? Se creían con potestad para hacerlo, pero el poder les había fallado. ¿Dónde estaba, pues, el problema?
Jesús señala de inmediato la causa: Por vuestra poca fe, tras lo cual da la explicación: Porque si vuestra fe fuera como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría, y nada os sería imposible.
La falta de poder radica, pues, en la falta de fe. Luego la fe, por pequeña que sea (como el grano de mostaza), es la que da capacidad, tanto para curar como para expulsar al intruso. Nada os sería imposible, apostilla Jesús, porque el poder que otorga la fe es el poder del mismo Dios, para quien nada es imposible (como el trasladar montañas).
No hay poder más grande que el poder creador que otorga el ser y la vida. Sobre todo donde no hay nada. Tal es el poder de Dios, y ese poder al que alude Jesús. Si no somos capaces de entender esto, como aquellos discípulos, es que no tenemos fe o nuestra fe es raquítica.
A la pregunta de por qué no pudimos expulsar el mal, ahí está la respuesta: por nuestra poca fe, y porque la fe del Maligno es (por lo visto) mayor que la nuestra. Puede parecer que tenemos fe porque rezamos o vamos a misa, pero en realidad está fe está muy condicionada y atrofiada. Y ya sabemos la fuerza que tienen las cosas (o personas) débiles o debilitadas: muy poca.
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