7 de Agosto
Viernes XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 7 agosto 2026
Meditación
Jesús invita hoy a su seguimiento, al tiempo que advierte de las graves implicaciones del mismo: Si alguno quiere venirse en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Irse con él es un acto de voluntad que responde a una llamada. Pero el que inicia el seguimiento debe saber que tiene que negarse a sí mismo, y no una vez sino muchas veces, constantemente y cuantas veces sean necesarias para mantenerse en el camino emprendido. La negación de sí mismo (o abnegación) debe ser una actitud permanente en la vida del seguidor de Jesús.
En realidad, la negación forma parte de la vida de todo hombre que se afirma en sus diferentes opciones. Generalmente, el que opta por una cosa tiene que dejar otras. De igual manera, el que opta por un estado de vida como el celibato, tiene que renunciar a otros como el de casado. No se puede ser a la vez algo y su contrario. Así, pues, la negación es el reverso de la afirmación, y en toda afirmación se halla implicada una negación.
Seguir a Jesús como al Maestro y Señor de nuestras vidas implica dejar de seguir otros magisterios y a otros señores, incluidas nuestras tendencias autodidactas o inclinaciones autonómicas.
Negarse a sí mismo supone muchas veces renunciar a apetencias propias, a proyectos personales, a aspiraciones legítimas, a ensoñaciones de independencia, a compromisos afectivos, a éxitos profesionales, a cierto desarrollo intelectual o al cultivo de ciertas cualidades, a la propia voluntad. Supone, por tanto, un sacrificio, en aras de una voluntad superior, más íntima y más luminosa que la propia.
La negación, por lo que tiene de negación, suele llevar asociado un componente de cruz y sufrimiento. De ahí que diga Jesús que tome su cruz y me siga.
La cruz es un elemento presente en toda vida humana, y para advertirlo basta prestar atención a su condición mortal y sufriente. Todos, tarde o temprano, acabaremos encontrándonos con la cruz, o las cruces, porque éstas son múltiples y variadas, en nuestro camino. Pretender caminar por la vida sin cruz es a todas luces una pretensión imposible. Puesto que esto es así, hemos de tomar nuestra cruz (tantas veces inevitable), y con ella seguirle.
El seguimiento de Jesús no nos va a eximir de la cruz, sino que va a añadir la suya a la nuestra. Es decir, incorpora a nuestra vida otras cruces que se agregan en razón del seguimiento o consorcio con él. Son esas cruces asociadas a nuestra condición de cristianos, entre las cuales se cuentan muchas renuncias, rechazos o desprecios indeseados, persecuciones previstas e imprevistas y martirios.
La cruz se suele presentar como una carga generadora de sufrimiento, y por eso se habla de "llevar la cruz" o de "cargar con la cruz" cuando tenemos un defecto congénito o adquirido, un complejo que nos retrae, una tara física o psíquica, un acontecimiento que nos deja heridos, la difamación que perdura en el tiempo, una pérdida relevante de salud, una limitación acentuada con la edad...
A estas cargas pueden sumarse todas aquellas que nos sobrevienen por el simple hecho de habernos incorporado al seguimiento de un crucificado y rechazado por el mundo. Y es que hacerse consortes de Jesús es compartir la suerte de alguien que fue arrojado de la ciudad y clavado a una cruz en la cima de un monte. Y eso implica compartir la suerte de alguien que fue tenido por un malhechor y por un mártir.
Nada tiene de extraño, pues, que entre sus seguidores haya también mártires, y no uno ni dos sino muchos. Al fin y al cabo, los cristianos seguimos a un mártir, que dio la vida (y por eso la perdió) por el evangelio y por anunciar la salvación.
Por mucho que pretendamos salvar la vida que actualmente poseemos (y muchos parecen dispuestos a emplear medios tan descabellados como la criogenización en este empeño), la perderemos, puesto que ésta es una vida temporal (la idea de la detención del envejecimiento humano parece más una ensoñación que una posibilidad real) y, por tanto, con fecha de caducidad.
Pero si perdemos la vida por el que ha perdido la vida por nosotros y por el evangelio, la salvaremos como él mismo la salvó, o la recuperó tras haber pasado por la muerte.
De nada sirve ganar el mundo entero si perdemos el alma o la vida. Sin vida no es posible gozar de la posesión del mundo, y no hay comparación entre ambos valores: el mundo (con todas sus riquezas) y la vida. El mundo no vale nada para el que no dispone de vida, y la vida resulta tan valiosa que muchos moribundos estarían dispuestos a entregar todas sus posesiones por recobrarla.
Pues bien, Cristo, el crucificado, pero también el resucitado, nos ofrece una vida que, por ser eterna, no tiene comparación con esta vida caduca y temporal, tanto en calidad como en cualidad (pues no tiene ni sombra de muerte).
Pero para obtener este galardón es preciso ser y mostrarse sus consortes, no avergonzarse de él ni de sus palabras en medio de esta generación adúltera en la que vivimos. Porque si nos avergonzamos de él, como nos dice el propio Jesús, también él se avergonzará de nosotros cuando venga con la gloria de su Padre, entre sus ángeles.
Avergonzarse de él fue lo que hizo Pedro cuando negó por tres veces ser su discípulo. Avergonzarnos de él es lo que hacemos cada vez que negamos ante quienes nos señalan con el dedo acusatorio de pertenecer a la Iglesia, o lo que hacemos cuando no lo seguimos con plena conciencia y voluntariedad, comulgando con sus ideas y estando dispuestos a todo, incluso a dar la vida por él.
De los que son realmente sus discípulos, el Hijo del hombre no puede avergonzarse cuando venga en su gloria. Al contrario, estará muy orgulloso de ellos.
El solemne añadido con el que se cierra el pasaje evangélico es ciertamente enigmático y de imposible verificación. Son palabras que el evangelista pone en boca de Jesús: Algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios en toda su potencia. Lo dice de algunos, no de todos, pero ¿alude Jesús a su próxima venida en gloria?
Es lo que parece, pero ésta no ha acontecido aún, puesto que seguimos a su espera. Luego lo más posible es que aquellos algunos sí murieran, habiendo visto antes el reino de Dios en toda su potencia? ¿O hay que pensar que ese Reino en toda su potencia se ha hecho visible en sus apariciones como Resucitado? La afirmación de Jesús se nos presenta envuelta en la nebulosa de las preguntas sin respuesta.
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