26 de Julio
Domingo XVII Ordinario
Equipo de LiturgiaMeditación
Jesús sigue hablando hoy en parábolas sobre su tema más recurrente: el Reino de los Cielos, que en el caso presente se parece a un tesoro escondido en el campo.
El tesoro es siempre algo de gran valor, mucho más valioso que el lugar en que se encuentra y se oculta. Es un tesoro, pero está escondido. Luego si alguien quiere hacerse con él, tiene antes que descubrirlo.
Pero no basta con descubrirlo (saber dónde está, en qué terreno, a cuántos metros de profundidad), sino que es preciso después poner todos los medios necesarios para hacerse con él: comprar el campo, vender posesiones para semejante adquisición, etc. Sólo así se obtiene, finalmente, la propiedad del tesoro escondido y descubierto.
Jesús compara así el Reino de los Cielos a ese tesoro de gran valor. Es decir, a algo por lo que puede dejarse todo (venderse todo) porque es mucho más valioso que el campo en que se encuentra, o el mundo en que se oculta.
Entre el tesoro y el campo hay la misma diferencia que entre la vida eterna (que nos espera) y la vida temporal (que vivimos caducamente en este mundo): la vida eterna (el tesoro, de valor incalculable) está oculta en este mundo (el campo, de menor valor) a nuestra mirada, y escapa a nuestra comprobación. Por eso, puede ser fácilmente menospreciada, o necesita una búsqueda para su descubrimiento.
Objetivamente hablando, no hay comparación entre una vida y otra, pues más valioso es lo eterno que lo temporal, y lo resistente que lo expuesto al deterioro.
No obstante, para hacerse con este tesoro escondido, hay antes que descubrirlo como verdadero tesoro, como una riqueza de valor incontable por la que uno está dispuesto a empeñar toda su hacienda, a trabajar lo que haya que trabajar, y a vender lo que haya que vender, con tal de adquirir ese tesoro de valor imperecedero.
Jesús ya había proclamado en sus bienaventuranzas, a propósito de los poseedores de este tesoro o Reino de los Cielos: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Es decir, dicho tesoro será sólo de los que hayan vendido, o se hayan despojado, de cosas también valiosas, y por ello se hayan hecho pobres.
Pero para ser esos pobres de los que Jesús habla (los pobres de espíritu) no basta con vender las propias riquezas, sino que también hay que tener un espíritu desprendido (de los bienes).
Este es el único espíritu con el que se puede conseguir ese tesoro escondido, y por tanto poseer ese Reino de los Cielos: el espíritu desprendido, que es capaz de renunciar a lo suyo (vender lo que tiene) y compartir con los demás (comprar el campo). Si eso se consigue, se habrá hecho un negocio de valor infinito.
Muchas veces solemos entender que nuestro mayor tesoro en la vida es una persona (el padre, la esposa...), y así lo expresamos abiertamente, llamándole "mi tesoro". Pues bien, el tesoro personal que se nos descubre en el Reino de los Cielos también es una persona: Jesucristo. Sin su presencia y amistad no es posible concebir el tesoro escondido ni el Reino de los Cielos.
Tampoco se concibe un tesoro sin el disfrute y alegría que ello proporciona, por encima de todos los sinsabores de la vida. Pues bien, el Reino de los Cielos también es un tesoro de felicidad y dicha, que por medio de Jesucristo nos libra del pecado, del mal y de la muerte, y nos aporta los dones de la salvación.
Descubrir a Jesucristo es ya dar el primer paso para encontrar el tesoro, de modo que todo lo demás (= lo que no es él) empieza a ser relativizado en su presencia, y puede ser vendido con la sensación de que se deja o se pierde poco, en comparación con lo que se va descubriendo.
De este tesoro o Reino parecen quedar excluidos quienes no lo hayan descubierto, porque en principio acabará siendo de quienes lo descubren y lo adquieren. ¿Y por qué no lo han descubierto? Porque no lo han buscado, o no han sabido adquirirlo, o no lo han valorado debidamente, o no han sido capaces de vender sus posesiones para adquirirlo.
En definitiva, este tesoro o Reino tiene también su afuera (o su frontera), y habrá quienes queden excluidos de sus riquezas por haber sido arrojados (como los peces malos) fuera, allí donde se vive en el llanto y el rechinar de dientes, en la aflicción y en el espanto que producen las cosas caducas.
La distinción temporal entre bondad y maldad acarreará finalmente una separación entre los buenos y los malos, puesto que en el Reino de los Cielos no cabe la maldad y ésta se desvanece con la desaparición de sus agentes. Es decir, con la desaparición de los malos.
Si la maldad entrara en el Reino de los Cielos, este ya no sería un lugar de armonía y de paz. De ahí la necesidad de un juicio previo a su inauguración, que separe lo que es bueno de lo que es malo (porque ha querido seguir manteniéndose malo, a pesar de las numerosas oportunidades ofrecidas de conversión).
Esta es la sabiduría del letrado que entiende del Reino de los Cielos, y que sabe aunar lo antiguo (la tradición veterotestamentaria) con lo nuevo (la tradición neotestamentaria). Ésta es la sabiduría que le fue concedida a Salomón (hasta que la perdió por la fascinación del mundo), a petición suya: una sabiduría hecha de clarividencia (para ver lo mejor) y sensatez (para llevarlo a término). Que el Señor nos conceda esta sabiduría.
Act: