27 de Julio

Lunes XVII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 27 julio 2026

Meditación

         Jesús nos habla hoy del Reino de los Cielos, una realidad tan intangible y misteriosa como rica en matices y aspectos comparativos. Es el modo que tiene Jesús de anunciar lo secreto desde la fundación del mundo.

         El reino de los cielos, decía Jesús, se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta. Aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas, y se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

         Como vemos, Jesús prefiere hablarnos no de lo que este Reino es, sino de aquello a lo que se parece el Reino de los Cielos: a un grano de mostaza.

         ¿Y por qué a un grano de mostaza? Porque es una semilla muy pequeña (la más pequeña, dice la parábola) y porque, cuando crece, es capaz de convertirse en un arbusto capaz de cobijar a todo tipo de pájaros entre sus ramas. Por tanto, es algo muy pequeño, con gran capacidad de crecimiento.

         También se parece el reino de los cielos (continúa diciendo Jesús, como 2ª parábola) a la levadura que una mujer amasa con tres medidas de harina. En este caso, es una cosa muy pequeña en relación con la masa (con la que se mezcla), pero tiene un enorme potencial (porque es capaz de fermentar toda la masa).

         La física nos ofrece ejemplos todavía más elocuentes. Pensemos en la energía atómica, encerrada en algo tan minúsculo como un átomo pero capaz de hacer saltar por los aires las masas de las mayores dimensiones. Es la potencia encerrada en lo pequeño.

         Hasta el universo expandido de colosales dimensiones, que hoy conocemos con una edad aproximada 13.700 millones de años, se hallaba (según se cree hoy en día) concentrado en sus comienzos en una singularidad del tamaño de un átomo. ¿No resulta también ésta una buena imagen para referirnos al Reino de los Cielos? En cualquier caso, se trata de algo muy insignificante en sus orígenes, pero con una capacidad inimaginable de desarrollo y de transformación.

         Es lo que encontramos en la historia de ese pequeño grupo, formado por 12 miembros de una perdida región del Imperio Romano, que empezó a dispersarse y multiplicarse por toda la cuenca del Mediterráneo, mar Rojo, Índico, mar Negro y hasta el Caspio, implantando diferentes comunidades por todas partes.

         Nos encontramos con un mensaje, el evangelio, que está llamado a irse introduciendo y a transformar todas las estructuras del mundo terráqueo, porque así lo quiso Jesús (id al mundo entero) y por su efecto levadura que va impregnando la cultura y todos los resortes de la civilización.

         El Reino de los Cielos es esa realidad insertada, a modo de semilla o levadura, en este mundo, con sus coordenadas, espacios y tiempos. Y eso es un misterio, o algo misterioso. Sobre todo porque no sólo cuenta con simpatizantes, sino también con la siembra de cizaña interna por parte del enemigo, con la acción opositora de los partidarios del Maligno, con las campañas del Anticristo y con la irrupción de las persecuciones por parte de los poderosos.

         Pero ¿qué fuerzas humanas, o diabólicas, podrán impedir la realización de los designios divinos? ¿Es que hay fuerza creada capaz de imponerse al poder del Creador? Jesús certifica con su palabra la victoria final de la empresa de Dios: Los poderes del infierno no la derrotarán.

         Confiemos, por tanto, en la extraordinaria potencia de esta realidad, que ya ha comenzado a germinar en nuestro mundo y que no es otra que la potencia de Dios. Tal es la fuerza que sostendrá la presencia creciente del Reino de los Cielos en nuestro mundo.

 Act: 27/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A