19 de Julio
Domingo XVI Ordinario
Equipo de LiturgiaMeditación
Jesús nos sigue hablando hoy en parábolas de uno de sus temas de predilección: el reino de Dios. Hablar en parábolas es hablar en términos comparativos, y en el caso presente lo que se compara es el reino de los cielos, una realidad que nos es absolutamente desconocida, con algo que nos es más próximo y conocido, de nuestra experiencia cotidiana. Por eso se dice: El reino de los cielos se parece a...
No nos dice lo que el Reino de los Cielos es, sino únicamente aquello a lo que se parece. Es decir, de la apariencia de esa realidad que permanece oculta tras su apariencia. Pero la apariencia de una cosa no sólo oculta el ser de algo, sino que en cierta medida también lo manifiesta.
En la apariencia de una sustancia (persona o cosa) se manifiesta lo que esa sustancia es, y aunque no captemos toda su esencia, algo captamos de la misma. Además, toda comparación nos lanza hacia el término comparado, aunque no podamos apresarlo del todo.
Aquí el término de la comparación es el reino de los cielos, el cual se compara con un hombre que sembró buena semilla en su campo. De un Dios bueno sólo puede esperarse buena semilla, y del enviado por ese Dios (para llevar a cabo esta labor) también. El Hijo del hombre es el que siembra (con su palabra) la buena semilla en el mundo (porque el campo es el mundo), y la buena semilla son los ciudadanos del reino (y lo sembrado por ellos).
Pero en el mundo no hay sólo buenos, sino que hay también malos e incluso partidarios del Maligno, y no hay sólo trigo sino también cizaña. ¿De dónde viene, pues, la cizaña, si el sembrador sembró sólo trigo? La respuesta es inmediata: de la acción seminal de un enemigo (el Maligno), que se opone a los planes del sembrador y que tiene el expreso propósito de echar a perder la cosecha, porque no desea que el reino de Dios progrese.
En semejante situación, los criados proponen arrancar la cizaña cuanto antes, antes de que crezca, y se extienda, y amenace con tragarse la cosecha. Tal parece la solución más acertada, sobre todo a los que persiguen remedios inmediatos a los males sobrevenidos. Pero Jesús no acepta la propuesta, pues ¿no podría arrancarse también el trigo, al intentar arrancar la cizaña?
La espiga de la cizaña es muy semejante a la del trigo, y podría fácilmente confundirse con ésta. Además, ¿extirpar la maldad del mundo no exigiría también el aniquilamiento de los malos (sus operarios), sin dejarles ocasión y oportunidad de conversión? Y al aniquilar a los malos ¿no se estaría introduciendo una infusión de maldad en el mundo?
¿Y a quién le correspondería llevar a cabo esta labor de discernimiento, a la hora de separar a buenos y malos? ¿No habría que establecer esta separación en el corazón mismo de los buenos (en los que también hay maldad) y de los malos (en los que también hay bondad)? ¿Y puede introducirse este juicio separador antes de que finalice la vida de los sometidos a él?
Nosotros, como aquellos criados de la parábola (que en seguida se convierten en jueces ejecutores de sentencias), tendemos a establecer muy a la ligera esta división maniquea entre buenos y malos, entendiendo por buenos a los que lo parecen (porque forman parte de, porque observan unas normas, porque no se oponen a...) y por malos a los contrarios (es decir, al resto).
Pero esta distinción, en apariencia tan sencilla (la de separar a los partidarios de Jesús y a los partidarios del Maligno), en la práctica es sumamente compleja y difícil. Y por eso, nada tiene de extraño que el sembrador del trigo recomiende paciencia y espera, porque en el intento de arrancar la cizaña se podría estar arrancando también el trigo. Por eso, aconseja: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.
Esta permisión divina (dejadlos) atenta contra nuestra impaciencia, por supuesto (pues desearíamos ver ya el campo libre de cizaña ya), pero nos hace caer en la cuenta de algo: que la mala semilla no sólo crece fuera (en el mundo), sino también dentro de cada uno.
Y es que el trigo y la cizaña crecen tan juntos (en el mundo, en nuestro corazón...), que no son sólo vecinos del mismo bloque, sino inquilinos de la misma casa, porque en nuestro corazón conviven, y comparten egoísmo y generosidad, pereza y diligencia, soberbia y humildad, maldad y bondad.
En este espacio de interioridad, sin embargo, sí cabría discernir (mediante juicio moral), separar (mediante la conciencia) y extirpar (mediante la labor penitencial) la cizaña, antes de que llegue el tiempo de la siega. ¿Y por qué? Porque en esta parábola, de lo que está hablando Jesús es de no arrancar la cizaña de este mundo que nos rodea, y nada más.
En realidad, sólo el juez supremo puede llevar a cabo con éxito esta empresa; porque él es el único capaz de discernir y, en el momento justo (es decir, al final), actuar. Hasta entonces, las vidas humanas pueden experimentar cambios muy notables, a través de la rectificación en el juicio.
El discernimiento definitivo sólo se puede hacer al final, en el momento de la siega, cuando ya no cabe otra cosa ni hay tiempo para una vuelta atrás. Tras el juicio, y la subsiguiente separación, el trigo y la cizaña tendrán destinos diferentes. El trigo será almacenado en el granero, y la cizaña será arrancada y quemada al fuego.
Act: