12 de Julio
Domingo XV Ordinario
Equipo de LiturgiaMeditación
Ya el profeta Isaías comparaba la palabra de Dios con la lluvia o la nieve que bajan del cielo y empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar. Y donde hay fecundación y germinación hay frutos, como recuerda Isaías: No volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.
Jesús, en el evangelio, compara esta misma palabra no con la lluvia o la nieve, sino con la semilla que esparce el sembrador:
Salió el sembrador a sembrar.Todo el mundo sabe qué es un sembrador, y ha visto al sembrador realizar su tarea. Pues bien, hoy Jesús describe las vicisitudes de su siembra: parte de la semilla queda al borde del camino, parte cae en terreno pedregoso, parte entre zarzas, y parte se siembra en tierra buena de diferentes calidades (una da el treinta, otra el sesenta, y otra el ciento por uno).
El destino de esta siembra es muy diverso, como diversos son los destinatarios de la Palabra. Unos están representados por el borde del camino, terreno en el que no cala la siembra. Éstos escuchan la palabra, pero ésta no entra ni en su mente (para ser entendida) ni en su corazón (para ser sentida), y se queda de tal manera fuera que cualquiera que pase puede llevársela para hacer de ella el uso que quiera.
Otros reciben la simiente en terreno pedregoso, sin apenas tierra donde enraizar. Éstos escuchan la palabra y la acogen con alegría (con buena receptividad), pero al no tener raíces y ser inconstantes (es un terreno sin suficiente hondura o profundidad), a la más mínima dificultad o persecución sucumben.
Otros reciben la simiente entre zarzas. Se trata de aquellos que escuchan la palabra de Dios, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás (tales son las zarzas invasoras) los invaden, ahogan la palabra y se queda estéril.
Aquí hay acogida y enraizamiento, pero eso no basta, y si no eliminan las zarzas de su vida, éstas acabarán estrangulando la planta ya nacida. ¡Cuántos afanes, seducciones y deseos impiden el desarrollo de esas plantas nacidas de la palabra y llamadas a dar abundante fruto!
Sólo los que son tierra buena y preparada (o labrada), porque escuchan la Palabra, la aceptan y la permiten madurar, dan cosecha, unos más (el sesenta o el ciento por uno) y otros menos (el treinta), en razón de su bondad
(cualidad) y de su labranza (estado idóneo para la producción).La cosecha se hace depender, pues, no de la semilla (que es la misma, aunque pueda llegar a través de manos más o menos expertas), sino del terreno en el que cae (de mejor o peor cualidad, y en mejor o peor estado o disposición). La disposición cuenta mucho en este negocio, porque la cualidad de la tierra, en cuanto salida de las manos de Dios, hemos de considerarla buena por naturaleza (o idónea para la siembra), porque todos somos creación de Dios.
La naturaleza de que hemos sido dotados es adecuada para recibir la palabra de Dios, y si ésta no es acogida será porque se ha producido una distorsión o disfunción que lo impide, o porque algo extraño a sí misma la ha endurecido u obstruido, o porque se ha introducido en ella una alteración que la deforma, ciega o endurece.
¿Qué puede haber más connatural con nuestra naturaleza que el mismo Dios (y su palabra), a cuya imagen hemos sido hechos? ¿Y qué puede haber más satisfactorio para la tierra que producir los buenos frutos que se han sembrado en ella? Empeñémonos en ser tierra buena o bien dispuesta, y podremos disfrutar con los frutos de una buena cosecha.
Las parábolas portan secretos que sólo a algunos se concede conocer; porque hay quienes oyendo las parábolas, miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Son aquellos a los que aludía el profeta como poseedores de un corazón embotado: duros de oído, ciegos de vista, que no quieren ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni convertirse para que se les cure.
Los que disponen de esta voluntad reacia a ver y a oír lo que se les muestra en las parábolas, no podrán acceder a sus secretos, ni podrán obtener la salud que se les brinda, ni la dicha que acompaña al ver y al oír los secretos del Reino. Sólo pueden ser dichosos los ojos que ven y los oídos que oyen.
De ahí que, ante la multitud, Jesús no esclarezca el sentido de la parábola (que es siempre sugerente), sino que se limita a hacer cuando se queda a solas con los más próximos (los Doce), a los que sí explica con detenimiento su secreto, mientras que a los demás (a los de fuera) les impide su acceso.
Es decir, que mientras a los Doce les hace partícipes de los secretos escondidos del Reino en las parábolas (como en una indumentaria multicolor y sugerente), a los de fuera (es decir, al gentío que se había concentrado junto a él a la orilla del lago) todo se les presentaba en parábolas (sin más aclaraciones, para que se cumpliera lo profetizado por Isaías: Para que por más que miren, no vean; por más que oigan, no entiendan; no sea que se conviertan y los perdone; Is 6,9).
Y no es que Jesús no quiera que se conviertan con su predicación, pues su palabra es una llamada a la conversión, y él ha venido precisamente para eso (para que se conviertan y puedan obtener el perdón), e incluso esto nos dijo días atrás: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, a que se conviertan.
Sino que lo que quiere Jesús es que se cumpla la profecía de Isaías, dado que habrá muchos que mirarán y no verán, oirán y no entenderán. Y no porque no reciban las debidas explicaciones, sino porque no muestran disposición para recibirlas, porque se quedan en cierto modo fuera, en lo más externo de la narración y en la superficie de la enseñanza de Jesús.
Los discípulos más próximos, al parecer, sí muestran interés por entender. Por eso Jesús, aunque les reprocha su falta de perspicacia, se toma su tiempo para explicarles los detalles y los secretos de la misma: El sembrador siembra la palabra. Luego el oficio de sembrador no es otro que el de la predicación, y el sembrador no es sino él mismo, el predicador de la Palabra
.Nosotros
formaremos parte de esos discípulos más próximos al Señor si, instruidos por él a través de las parábolas, penetramos en sus secretos y contemplamos sus tesoros, que no son otros que los tesoros del Reino.
Act: