16 de Julio

Jueves XV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 16 julio 2026

Meditación

         Las palabras de hoy de Jesús en el evangelio son una invitación al descanso y a llevar la carga que a cada uno le corresponda, aprendiendo de él fundamentalmente dos cosas: humildad y mansedumbre. Y no parecen tener destinatario definido, como si estuvieran lanzadas a la entera humanidad: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

         Ahora digo yo: ¿Y quién no se encuentra en esta situación de cansancio o de agobio alguna vez en la vida? Porque todos formamos parte de una humanidad doliente.

         En efecto, la vida nos obliga a enfrentarnos a muchas dificultades (una verdadera carrera de obstáculos), cuya superación va erosionando nuestras fuerzas y provocando un verdadero desgaste de energías. Nos llegan momentos de auténtico agobio, porque se nos acumula el trabajo o los estudios o las obligaciones o la correspondencia.

         Por eso la invitación de Jesús nos tiene que sonar a una verdadera bendición. Pero si no hacemos la prueba, acudiendo a él donde es posible encontrarlo, no podremos experimentar la verdad de esta promesa. En realidad, sólo en él podemos encontrar el descanso saciativo.

         Esto no significa que el alivio sea tan duradero que no necesitemos volver a él en el futuro. Mientras vivamos en el tiempo, todo lo que recibamos estará transido de temporalidad. Hasta los dones eternos, por su índole o naturaleza, estarán marcados en nuestra propia experiencia temporal por la fugacidad o la provisionalidad, que son la marca del tiempo.

         Para eso tenemos a Jesucristo (que prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo), para recurrir siempre que queramos a su presencia sacramental y recibir de él el alivio de un descanso reparador. Ahora bien, este efecto no es producto de una infusión o de la toma de una cápsula, sino de una relación personal que requiere tiempo, como toda relación de amistad. Aquí el descanso se obtiene estando a solas, con el que sabemos nos ama.

         A eso es a lo que la Iglesia ha llamado tradicionalmente oración de intimidad. Ambas cosas son necesarias: oración e intimidad. Sin intimidad no hay verdadera comunicación, y sin comunicación (resp. oración) no hay intercambio personal, y sin intercambio personal no hay verdadera comunicación de energías, ni alivio, ni descanso.

         Se trata de un descanso que se obtiene de reposar nuestra cabeza (con todas sus preocupaciones y agobios) en el pecho del Amado. Los que han hecho esta experiencia han encontrado el descanso en sus vidas, aunque éste no sea aún el descanso eterno, puesto que, como he señalado antes, vivimos en el tiempo.

         Cargad con mi yugo, añade Jesús, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. En esta vida el descanso ha de alternarse con las cargas. Todos tenemos nuestras cargas, que muchas veces adquieren la forma del yugo porque parecemos atados a ellas, sin apenas posibilidad de desuncirnos.

         La condición de cristiano puede convertirse incluso, por sí misma, en un yugo añadido, por lo que implica de persecución, rechazo o de abnegación a placeres. Pues bien, cualquier yugo es más llevadero si lo compartimos con alguien que nos ayuda a llevarlo. Y pasará a ser extremamente ligero si aquel con el que lo compartimos es el mismo Jesús. Ahí radica la diferencia.

         Cargar con su yugo y compartir con él nuestro yugo viene a significar lo mismo. Ambos yugos son intercambiables, y el peso de ambos se aligera si los llevamos con Jesús, aprendiendo de él el modo de llevarlo: con humildad y mansedumbre. Es importante, por tanto, el modo con que se lleva la carga, porque la humildad y la mansedumbre son como palancas que nos permiten llevarlo con mayor facilidad.

         La carga causa menos penalidad si se lleva con mansedumbre y humildad. La humildad nos permite aceptarla sin rebeldías inútiles y nocivas, y la mansedumbre nos proporciona la serenidad y el dominio para no añadir nuevos motivos de aflicción. También la humildad y la mansedumbre contribuyen al descanso de los demás, pues también ellos pasan por la vida portando sus inevitables cargas.

         Aprender de Jesús en la "escuela del sufrimiento" es recibir de él las instrucciones necesarias para encontrar nuestro descanso. Sólo así los yugos se hacen llevaderos y las cargas ligeras, o al menos soportables. Que el Señor nos conceda acudir a él en busca de ese descanso que tanto necesitamos. Y que nos facilite el camino, liberándolo de esas trabas y obstáculos que tanto nos dificultan el acercamiento a él en su morada.

 Act: 16/07/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A