6 de Septiembre

Domingo XXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 septiembre 2026

Meditación

         Ojalá escuchéis hoy su voz, nos dice hoy el salmista, refiriéndose a esa voz de Dios que acontece en la historia, que se mezcla con los acontecimientos humanos, que se identifica con la voz del profeta y que Jesucristo elevó al rango de profética, evangélica y apostólica.

         Todas estas son voces de Dios, pero mediadas por boca de hombre para llegar al malvado e invitarlo a cambiar de conducta, si lo que quiere es no morir en su maldad.

         Esto es lo que corresponde hacer al profeta, puesto de atalaya en la casa de Israel. Y a todo cristiano, por el hecho de participar de la condición profética de Cristo. Por eso, dar la alarma al malvado no es tarea exclusiva del sacerdote cuando predica, sino de todo cristiano. Es lo que pone de manifiesto el evangelio de hoy:

"Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos".

         La reprensión es tarea del hermano que toma conciencia del pecado de su hermano. Todo transcurre entre hermanos, y por eso hay que intentar reprenderlo a solas, entre los dos.

         Por su parte, la corrección fraterna no puede ser corrección si no hay falta que corregir. Y no es fraterna si no se da entre hermanos que tienen conciencia de serlo. Se trata, pues, de una corrección que no se concibe sino en el marco de una fraternidad reconocida.

         Esta fue la práctica seguida en el seno de las comunidades cristianas primitivas, y no siempre fue fácil ni fraternal. En 1º lugar porque corregir no es algo fácil, y en 2º lugar porque no todos sabemos corregir, a través de las dosis del amor, la delicadeza y la oportunidad.

         Sin amor, la corrección se convierte en una tortura para el corregido, o en un oculto acto de venganza para el corrector. Sin inteligencia, la corrección podría poner el ojo en lo que está sano y no enfermo. Sin humildad, la corrección humillaría. Sin delicadeza y oportunidad, la corrección acabaría provocando con frecuencia los efectos contrarios a los perseguidos.

         Además, puede que ese hermano concreto no sea el adecuado para llevar a cabo esa acción, no extendiendo esta práctica (eclesial) a otros ámbitos (como el familiar), en que los padres sí están obligados a corregir a sus hijos (por ejemplo).

         En este caso, la corrección ha de suceder entre iguales dentro de la Iglesia, y no entre superiores y subordinados, ni entre padres e hijos, ni entre creyentes con no creyentes nos es más difícil de admitir. Pero ha de suceder, ¿o vamos a ser como Caín, que a Dios contestó acaso soy yo guardián de mi hermano? ¿O no vamos a sentir a ese hermano como hermano, sino como un extraño del que nos desentendemos?

         La práctica de la corrección fraterna nos es recomendada por el evangelio como buena y saludable, porque mediante ella podemos salvar a un hermano en trance de perdición, y porque todos somos corresponsables en la mejora y salvación del mundo. En el seno de una familia bien avenida, también los hermanos velan por sus hermanos y se prestan ayuda, y en los colegios los profesores corrigen a sus alumnos, en este caso porque para ello le pagan.

         En este contexto de hermandad, y mutua responsabilidad eclesial, es donde hay que entender las palabras de Jesús: Si tu hermano peca, repréndelo a solas, porque puede que ni siquiera haya caído en la cuenta de su falta. Si acepta la corrección, habrás salvado a tu hermano. Pero puede suceder que no te haga caso. Entonces, llama a uno o dos testigos (que les puedan hacer recapacitar) y, en su presencia, corrígelo.

         Pero si esta medida no da resultado, y el caso ya se ha hecho público y es motivo de escándalo eclesial, díselo a la comunidad (seguramente, representada en el obispo) para que ella intervenga sometiéndole a penitencia (si se arrepiente) o expulsándole (si permanece obstinado en su pecado).

         Con la exclusión (= excomunión) de la comunidad, el pecador pasará a ser considerado como un pagano o un publicano (en ámbito judío), es decir, como un extraño a la comunidad o excomulgado. Ésta es la medida más severa. Pero un excomulgado no significa "un rechazado para siempre", sino "un rechazado mientras" persista en su pecado y no acepte la conversión.

         Luego la excomunión, aun siendo una pena muy dura, no deja de ser una medida temporal y revocable. Más grave sería que lo excluido en la tierra quedara definitivamente excluido del cielo (que es lo que trata de evitar la excomunión, a través de la más fuerte de las medicinas correctoras).

         La excomunión, por tanto, separa para hacer recapacitar y evitar la definitiva separación del que se ha puesto en trance de perdición, lo cual sucedería si lo atado en la tierra (la excomunión) quedara definitivamente atado en el cielo (condenación). La excomunión es una atadura temporal, por supuesto, pero no es eterna, y por eso puede ser desatada (en la tierra, no en el cielo) con el perdón y la reconciliación. La misma Iglesia que tiene el poder de atar tiene también el de desatar.

         La eficacia de nuestra corrección se manifestará en sus frutos. Si da como fruto la serenidad, la confianza, el deseo de mejorar y la superación, habrá sido afortunada. De lo contrario, habrá sido fallida. Con todo, siempre será una práctica aconsejable, de modo que su olvido puede revelar un claro síntoma de indiferencia o comodidad.

 Act: 06/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A